El sueldo de la parienta es sagrado

Ramón de España
5 min

El silencio sepulcral de Carles Puigdemont ante el pacto contra natura alcanzado entre los sociatas y los de su casi partido (¿tanto les costaría cambiar lo de Junts x Cat por Junts x Puchi?, me pregunto) ha causado un hondo estupor general, tanto entre los indepes como entre las Fuerzas del Bien (Común). Unos y otros esperábamos que se indignara, que se diera a todos los demonios y que adoptara una actitud de Júpiter tonante. En vez de eso, el hombre se ha quedado más callado que un mochuelo. ¿Motivos? Bueno, hay uno evidente: bienvenido sea todo lo que contribuya a hacer la pascua a ERC. Y otro que no resulta muy complicado adivinar: hay que salvar como sea el curro de la parienta, que se embolsa 6.000 euros al mes por hacer un programa de televisión que no ve nadie, pero que depende de la Diputación de Barcelona y en el que también pastorean algunos adeptos al régimen (un día que lo pillé zapeando tuve el privilegio de disfrutar de la verba amena de Màrius Serra y Matthew Tree por el mismo precio).

Uno se imagina a nuestro no presidente en el no exilio cavilando desde su no lugar en Bélgica: “Espero que esos cenutrios posconvergentes se porten, pues si depende de los socialistas, a mi querida esposa le dan una patada en el culo que me la envían de regreso a Transilvania. Teniendo en cuenta que yo cada día estoy más tieso –sobre todo desde que el amigo Matamala volvió a Girona– y que a este paso habrá que trasladar la Casa de la República a un piso cutre en algún barrio de Bruselas lleno de moros yihadistas, no podemos permitirnos perder esos seis mil tronchos que le caen a mi Marcela por presentar un programa de televisión en un idioma que en Cataluña no habla prácticamente nadie. A todo esto, Sánchez no monta gobierno ni a tiros, por lo que cada vez se retrasa más la posibilidad de incrustarme en el Parlamento Europeo como asistente del merluzo que ocupe mi escaño, quien, por otra parte, es muy capaz de enviarme a por tabaco si es que antes no se las apaña algún malvado juez español para impedirme ejercer hasta de tiralevitas de un mediocre que debería estar lamiéndome las suelas de los zapatos. Pintan bastos, KRLS, y no parece que las cosas vayan a mejorar en breve. Bien pensado, lo del traslado a un barrio de moros puede ser una bendición disfrazada: ya estoy harto de recibir visitas de compatriotas empeñados en hacerse selfies conmigo como si fuese Copito de Nieve o la Moreneta, y a lo mejor no se atreven a entrar en zona yihadista. ¡De lo perdido saca lo que puedas! Y, de momento, lo importante es conservar el sueldo de la parienta, que ya no está la pobre para meterse a tarotista, que es lo que hacía antes de casarse conmigo. Así pues, de la diputación ni mú. Ya sé que los míos se van a pillar un rebote del quince, pero aquí el que está más tieso que la mojama soy yo. Así pues, queridos Cot, Alexandre, Antich, Cotarelo y Talegón, solo puedo deciros que San Joderse cayó en lunes”.

Respetemos todos el silencio de un hombre que no tiene donde caerse muerto y que tarde o temprano acabará en el talego. Que no vaya con nosotros ese sarcástico refrán español que afirma: A moro muerto, gran lanzada. Y quien dice moro, dice el conspirador más chapucero de toda la historia de Cataluña. Altura de miras, amigos, altura de miras.

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¿Quién es... Ramón De España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

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