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Ramón de España opina sobre la situación de Carles Puigdemont

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Manicomio catalán

El silencio de Puigdemont

"Su último gran momento fue cuando apareció por Barcelona, soltó unas sentidas palabras y volvió a darse a la fuga (probablemente, con la colaboración del Gobierno central). Desde entonces, la vida triste, solitaria e irrelevante del tuitero"

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Josep Lluís Alay, notable energúmeno independentista, tiene un trabajo envidiable: jefe de gabinete de un político fugado que no tiene gabinete, ni mando en plaza, ni gobierno en el exilio (pese a esa entelequia conocida como Consell de la República), ni poder alguno ni nada de nada.

El hombre cobra cada mes por emitir unos tweets de vez en cuando quejándose de algo para él inaceptable. El último que le he leído consiste en llamar traidores a la cocinera Carme Ruscalleda y al artista Jaume Plensa por haberse retratado junto al Rey (con más gente) tras haber aceptado su propuesta de integrarse en la lista de embajadores de la marca España.

Alay señala con el dedo, espera (inútilmente) que se solidaricen con él todos los catalanes de bien y se vuelve a tumbar a la bartola hasta que aparezca el siguiente réprobo al que insultar. Y qui dia passa, any empeny (o también, Qui no te res a fer, el gat pentina).

El gato de su jefe, si es que dispone de él y lo acaricia en su regazo como Ernst Blofeld, el líder de Spectre, la organización criminal a la que combate infatigablemente James Bond, debe ser, en estos momentos, el felino mejor peinado de toda la Unión Europea, dado que, si Alay no se mata precisamente a trabajar, lo de Puigdemont es un caso clarísimo de absentismo laboral: dice que es el auténtico presidente de la Generalitat, pero la presencia en Barcelona de Salvador Illa lo desautoriza totalmente.

Su corte (de los milagros) se reduce al folklorista Lluís Puig i Gordi (metido ahora en un contubernio de exconsejeros de Cultura de la Generalitat para intentar que nos quedemos con los frescos de Sijena, diga lo que diga la justicia) y al político chaquetero Toni Comín, con el que ha dejado de hablarse (se acabaron los relajantes conciertos de piano a cargo del secuaz) a causa de su tendencia a la sisa de dinero público y su propensión al acoso sexual con asistentes renuentes a intercambiar fluidos con él.

Al igual que Alay, su jefe se ha convertido también en tuitero profesional. Lleva un tiempo callado, pero supongo que ahora dirá algo sobre la eliminación de la inmersión lingüística a cargo del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña. Unas frases que dejen bien clara su indignación ante la medida y santas pascuas (nunca mejor dicho en las fechas que corren). Y eso si no se ha levantado perezoso y se ha limitado a enviarle un whatsapp a su valido diciendo: “Alay, haz algo”.

Hace tiempo que pasaron los años dorados del pobre Puigdemont, cuando declaró la célebre independencia de los ocho segundos y pudo asistir a la insania programada del noble pueblo catalán, que desembocó en la batalla de Urquinaona, el asalto al aeropuerto y el asedio al cuartel general de la Policía Nacional en la Vía Layetana.

Su último gran momento fue cuando apareció por Barcelona, soltó unas sentidas palabras y volvió a darse a la fuga (probablemente, con la colaboración del Gobierno central). Desde entonces, la vida triste, solitaria e irrelevante del tuitero.

En España ya casi nadie habla de él. En Cataluña le quedan algunos fieles, aunque cada vez más escasos. Hasta empiezan a colarse en los digitales del Ancien Regime columnas insinuando que tal vez no vale la pena ni que vuelva a Barcelona, dada su actual irrelevancia y falta de peso político (lo mismo que le ocurre a su amigo Lluís Llach, que se ofrece cansinamente para seguir al mando de la ANC cuando más le valdría reemplazar al piano a Comín en las frías y solitarias soirées de Waterloo). Se le ha muerto la tieta Montserrat y no ha podido acudir al entierro por miedo a que lo detengan.

Toda su carrera política posterior al golpe de Estado, de hecho, está marcada por el miedo cerval a acabar en el trullo. Lo mejor para ser alguien habría sido dejarse detener en Barcelona y crear un incidente de narices que habría puesto a Sánchez y a la justicia española en un brete. Y confiar en que su arresto despertara a los de Urquinaona, el aeropuerto y la comisaría de Vía Layetana, y se echaran de nuevo a la calle a liarla parda en vez de estar en casa despotricando (o dormitando).

Nunca se atrevió a semejante gesto. Y así ha quedado convertido en una especie de mueble feo y anticuado que, como diría Aznar, va por ahí ladrando su rencor por las esquinas. Y escribiendo tweets. Y adoptando una actitud permanentemente contrariada que no tiene ninguna aplicación práctica.

Aspiró a ser el primer presidente de la Cataluña independiente y ha acabado convertido en el Scrooge del soberanismo: Carles Puigdemont, de profesión tuitero.