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El unicornio de la catalanofobia

"La catalanofobia es un invento del nacionalismo para victimizarse un poco más cada día. Y, también, puro ombliguismo"

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Se murió Raúl de Pozo y lo que más destacaron los digitales del Ancien Régime es que era un antiindependentista furibundo: más de 50 años de carrera periodística para esto. Supongo que de eso se trata lo que el inefable Víctor Alexandre considera una visión catalanocéntrica del mundo y sus realidades. O igual es una muestra más de la costumbre nacionalista de pasarse todo el día perdido en la contemplación del propio ombligo.

Todos hemos conocido a alguien que no podía ver a los catalanes ni en pintura (aún quedan), pero solía tratarse de un tarugo poco o nada representativo de la realidad española. Coger a ese tarugo y elevarlo a la categoría de representante del español medio es algo que solo puede hacerse desde la más estricta paranoia o desde la pura mala fe. A pesar de eso, la denuncia permanente de una presunta catalanofobia se ha convertido, por lo menos en la prensa lazi, en una costumbre.

Un día es un heladero que no entiende la palabra maduixa, otro día es un camarero ecuatoriano que tampoco se entera de nada y que sigue convencido de que Barcelona forma parte de la madre patria (lo cual es cierto, por otra parte), dos días después es un revisor de ferrocarril que no entiende a un señor de Lérida que pretendía llegar a Barcelona, luego es una cartela de una exposición que no ha hallado gracia a ojos de los procesistas, a veces es una pobre depresiva a la que el médico le habla en castellano…Y así sucesivamente.

La última llantina al respecto me ha llegado al alma: una columnista de El Nacional se queja de que los dos operarios que le traían la lavadora nueva no entendían el catalán y la obligaron, prácticamente, a pasarse a la lengua del enemigo (y cuando se fueron, para más inri, la lavadora estaba medio rota). Dice el refrán catalán que Qui no té feina, el gat pentina. De ahí el sufrimiento de esta pobre gente que sufre la catalanofobia en sus propias carnes.

El líder espiritual de este peculiar colectivo de quejicas profesionales (si no te lías en cuestiones idiomáticas, igual te da tiempo a darte cuenta de que te han endilgado una lavadora que no funciona), Carles Puigdemont, se acaba de rebotar con Pedro Sánchez, víctima habitual de sus chantajes, porque ha dicho que hay que vigilar el odio que destila la red social X; un odio que, según él, ha incrementado su presencia en Can Musk en un 50%.

Clama Puchi que menos preocuparse por el odio en general y más por el que, presuntamente, despertamos los catalanes entre esa chusma de españoles imperiales, hijos del régimen del 78 (y de cosas peores, intuyo), y demás gentuza que utiliza X para ciscarse en nuestra santa madre.

Una muestra más de lo que Félix Ovejero, en su último libro, ha definido como la cultura del agravio, en la que viven instalados nuestros lazis desde los tiempos de Felipe V.

Me temo que un exceso de catalanocentrismo te hace ver la realidad ligeramente desenfocada. Y que también te lleva a considerar que Cataluña es una nación independiente, cosa que no ha sido nunca.

En ese sentido --y más, viendo cómo va descendiendo el uso del catalán en Barcelona sin que lo impidan campañas gubernamentales, inmersiones lingüísticas y demás parches de escasa eficacia--, el inmigrante sudamericano tiene todo el derecho a creer que ha aterrizado en España, sea psiquiatra, camarero o transportista de lavadoras estropeadas.

La insistencia en que si voy a Francia tengo que hablar francés y si a Inglaterra inglés, por consiguiente, ¡en Cataluña, en catalán!, se revela una falsa comparación, dado que Cataluña no es, strictu sensu, un país. Y todos recordamos el último fracaso a la hora de conseguir que lo fuera (fracaso no tan achacable a la represión policial y al artículo 155 como a la falta de quorum).

La catalanofobia es un invento del nacionalismo para victimizarse un poco más cada día. Y, también, puro ombliguismo. No somos tan importantes como para que nos odien: eso queda para Estados Unidos, Rusia y demás potencias mundiales, ante cuyas peligrosas gansadas, lo nuestro cada día se revela más irrelevante, más de problemas de ricos.

Pero, mientras escribo esto, a alguien le están pidiendo que cambie de idioma en un restaurante o en una clínica. Y mañana me contarán su historia en Can Partal o Can Antich.

Cada día somos más cansinos.