El sector químico catalán (2): La Seda de Barcelona

Samarcanda, ciudad invisible; el contraespionaje de la Guerra Fría en el imaginario de empresa, bajo Alfonso Mortes y la mirada atenta de 'Garbo'

Antigua fábrica de La Seda de Barcelona / ARCHIVO
24.03.2019 00:00 h.
10 min

En los orígenes de La Seda de Barcelona, nadie podía imaginar que la empresa estaría influida por aliadófilos catalanes, como Lorenzo Gascón, que fue su CEO, o el espía Joan Pujol, Garbo, que estuvo pendiente de sus conexiones exteriores. Entre sus gestores hubo falangistas de primera hora, como Alfonso Mortes, y espías de la Red Gladio, encargados por la OTAN de informar sobre la expansión del comunismo en el Mediterráneo. En su última etapa, la empresa entró de lleno en su reconversión química y recibió el influjo de Rafael Español, un ex directivo del Grupo March, que fue consejero de Endesa y de su filial Enersis (Chile), después del Pacto del Majestic, entre Aznar y Jordi Pujol.

Cuando se fundó La Seda de Barcelona, en 1925, su accionista de referencia, la holandesa Akzo, ya tenía intención de polarizar en ella su producción de polímeros destinados al plástico. La conocida empresa con sede en El Prat de Llobregat (Barcelona) es el mejor ejemplo de la reconversión textil de los derivados del petróleo y el mejor cliente intermedio de los alcoholes industriales, que fabrican Dow Chemical o IQS, en el hinterland portuario de Tarragona. Akzo tuvo en sus manos la propiedad y la gestión de La Seda muy marcada, en sus primeros años, por la presencia de técnicos instalados en las llamadas “casas de los holandeses”, pequeños chalets de arquitectura guillermina de madera y forjado, mirando al Delta del Llobregat y a las fincas de La Ricarda, una antigua propiedad de los Bertrand i Serra, sobre la que asienta el viejo club de golf, pegado al mar.

La compañía cultivó, desde el principio, la admiración por la Ruta de la Seda y las ciudades invisibles de Italo Calvino, como la inquietante Samarcanda, la bella Bujará y la fabulosa Jiva. Sus más altos directivos fueron conocedores de la tierra uzbeka que lo ha visto de todo: el ascenso y el declive de los poderosos imperios de Alejandro Magno, Genghis Khan y Amir Temur; las guerras destructivas, el auge del pensamiento científico y la construcción de las obras maestras de arquitectura. A los ojos de los nuevos comerciantes holandeses y catalanes en el Asia profunda, Uzbekistán ya era el gran cruce de culturas y civilizaciones. Por tierra uzbeka pasaron miles de caravanas, que unieron el Mediterráneo y Oriente Medio con la India y China. Los holandeses de La Seda rindieron culto discreto ante el altar de los antecedentes y se consideraron una multinacional abierta al continente Euro-Asia, que hoy analizan politólogos, estrategas y donde hunden raíces los núcleos más avanzados del poder económico del planeta.

El 2 de agosto de 1990, el entonces presidente de Italia, Giulio Andreotti, reconoció ante el Senado italiano la existencia de una red de ejércitos secretos a lo largo de la Europa occidental, conocida como la Red Gladio. Se daba por sentada la existencia de tropas paramilitares no controladas por el poder civil y nadie parecía saber ni cuáles eran los objetivos de estas tropas stay behind, ni quiénes la formaban, ni qué acciones habían llevado a cabo. De todo eso supo mucho Joan Pujol, conocido con el sobrenombre de Garbo, el agente doble hoy rescatado por las crónicas históricas, que estuvo muy atento a las conexiones que utilizaba la alta dirección de La Seda presidida por un hombre de la confianza de Franco, el ex ministro Alfonso Mortes. Se había consolidado el acuerdo de 1953 entre el Pardo y el presidente Eisenhower, que daría paso al Plan Marshall y a las bases de Morón y Rota. El miedo no era Rusia ni su teléfono rojo conectado al Despacho Oval de la Casa Blanca. EEUU temía básicamente una extensión del izquierdismo en el sur de Europa. Y la Red Gladio fue producto de un interés común entre el liberalismo americano y el autoritarismo de la España de Franco; dos cosas que pasaron por el fax y el teléfono de Alfonso Mortes, el presidente de La Seda.

Si no llega a ser por la tenacidad del periodista inglés especializado en temas de espionaje Nigel West, probablemente Joan Pujol seguiría siendo un perfecto desconocido. Sin embargo, las pesquisas de West y la información que reunió del MI5 británico le llevaron a desvelar en 1984 uno de los secretos mejor guardados de la II Guerra Mundial: Garbo fue decisivo en la trama del Desembarco de Normandía. Al finalizar la contienda, Garbo había desaparecido de la circulación. Cuando West lo identificó era un español discreto que vivía retirado en Venezuela. Su peripecia vital se remonta a 1941, cuando Pujol se marchó a Lisboa como espía alemán, pero pronto logró convencer a los británicos para trabajar como agente doble. De entrada, su nombre en clave fue cambiado de Bovril a Garbo, porque su capacidad como actor impresionó a sus superiores del MI5 británico. Desde la capital portuguesa hizo creer a los alemanes que estaba en Gran Bretaña. Inventaba informes falsos sobre movimientos de barcos ingleses y se valió de una guía de ferrocarriles del Reino Unido para urdir toda una trama de viajes y misiones por el país. Finalmente en la primavera de 1942 llegó de verdad a Inglaterra, desde donde siguió operando hasta el final de la contienda.

Andreotti se llevó a la tumba la conexión española de la Red Gladio, cuya sede estaba en La Seda de Barcelona, bajo la presidencia de Alfonso Mortes, exministro de Franco y un hombre muy vinculado a Falange. La Gladio ha pasado a la historia como uno de los ejércitos secretos de la OTAN de los que han escrito extensamente periodistas como Daniele Ganser o Allan Francovich, autor de un reportajes sobre el tema en la BBC. Los ejércitos secretos tenían como objetivo luchar contra el comunismo en Europa Occidental y seguir a los núcleos revolucionarios en plena Guerra Fría, después de comprobar que la URSS tenía más interés en mantener su esfera de influencia que en expandir la revolución mundial. Para el Departamento de Estado de EEUU el enemigo ya no estaba fuera de las fronteras de la libertad, sino dentro de ellas. Italia se convirtió en la referencia dado que en el país transalpino convivían la Democracia Cristina y el Partio Comunista Italiano de Enrico Berlinguer.

La presencia de un partido comunista en las diferentes elecciones generales que se produjeron en Italia entre el fin de la II Gran Guerra y el año 1980 convirtió cada escrutinio en un tema de ámbito internacional, focalizado en el sur de Europa. Y precisamente, en 1980, el año de las primeras elecciones autonómicas en Cataluña, la presencia del PSUC convirtió a las urnas en un escenario de correlaciones, acuerdos diplomáticos y presiones de los servicios de inteligencia. La victoria de Jordi Pujol y su pacto de legislatura con la ERC de Heribert Barrera calmaron las aguas enrarecidas por una campaña electoral en la que la gran patronal, Fomento del Trabajo Nacional, jugó a fondo la carta del miedo a la izquierda.

La Seda de los ochenta se fue deslizando en resultados con pérdidas y balances en los que el pasivo era la nota dominante. En la última década del siglo XX, La Seda hizo frente a un proceso concursal y acabó siendo vendida al precio simbólico de una peseta. La Generalitat, la Seguridad Social y la Agencia Tributaria salvaron el hundimiento a cambio de un plan de viabilidad en el que las instituciones afrontaron una quita dolorosa a cambio de que no se produjeran pérdidas de puestos de trabajo. Empezó entonces un proceso de salvación y reconversión que ha situado al grupo químico-textil en el momento actual.

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