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Rull, terrorista y confidente policial en la ciudad de las bombas

Joan Rull Queraltó fue un testigo demasiado incómodo para las autoridades y las élites locales de la Barcelona de principio del siglo XX

Rull, terrorista y confidente policial en la ciudad de las bombas
13.05.2018 00:00 h.
8 min

A fines del siglo XIX y comienzos del XX, los barceloneses tuvieron la sensación de estar desatendidos por el Estado. Sólo entre 1884 y 1909 hubo de más de cien explosiones que, en su mayoría, imputaron a anarquistas que utilizaban distintos métodos explosivos. Uno de los más conocidos fue la bomba Orsini, como las que lanzaron el 7 de noviembre de 1893 en el atentado del Liceu que causó veinte muertos, decenas de heridos y seis anarquistas fusilados el 21 de mayo de 1894. Fue también el mismo tipo de explosivo que utilizó Mateo Morral en Madrid el 31 de mayo de 1906 en el atentado contra los reyes el día de su boda.

Después del proceso de Montjuïc de 1897 y hasta la huelga general de 1902, el movimiento anarquista entró en una fase de desbandada y los partidarios de la violencia apenas pudieron actuar. Fueron años en que también irrumpieron en el juego político los catalanistas y el fenómeno Lerroux. Entre 1905 y 1909, la respuesta de los sucesivos gobernadores civiles (Bivona, Manzano y Ossorio y Gallardo) fue conectar policía y delincuencia, de ese modo intentaron reprimir el anarquismo de acción directa y sembraron las complicidades delictivas que dieron lugar al pistolerismo de los años 20.

Pese al fracaso de aquella huelga por las nueve horas, la lucha obrera se intensificó y los anarquistas más violentos retomaron de nuevo sus atentados. Uno de ellos, el zapatero Joan Rull Queraltó, fue detenido en septiembre de 1904 por colocar una bomba en los urinarios de la Rambla de les Flors. Fascinado por su ingeniosa capacidad de disimulo, Eusebio Güell no tuvo inconveniente en presentárselo al gobernador civil, duque de Bivona, para que colaborase delatando a los anarquistas que defendían “la propaganda por el hecho” colocando bombas en la capital catalana. Y así fue, entre diciembre de 1905 y julio 1906 sólo pusieron una bomba, y no explotó. El año y medio en la cárcel y trabajar en la fábrica de Güell le hizo replantearse su futuro como anarquista, optó primero por ser confidente y después amplió su negoció y se convirtió en un peculiar empresario del terror.

Una banda familiar

A partir del verano de 1906, el nuevo gobernador Manzano se negó seguir pagando a Rull y los atentados comenzaron a proliferar. El grupo se conocía como la banda de El coix de Sants, y en ella estaba implicada toda su familia. Su hermano Hermenegildo fabricaba los artefactos y su madre ataviada con su chal de lana y un pañuelo llevaba las bombas que, escondidas en una disimulada cesta de mimbre, depositaba en los portales de las casas. Rull las hacía explotar si no recibía el pago por la confidencia de dónde se hallaban el explosivo. Creaba el problema y después gestionaba la manera de solucionarlo.

Descubierto su engaño, fue condenado por ordenar colocar, al menos, cuatro bombas entre diciembre de 1906 y abril de 1907 alrededor de Las Ramblas, dejando numerosos heridos, entre ellos un tal Miguel Cervantes. El atentado del 8 de abril, cometido en el portal del número 26 de la calle Boqueria, fue el único que causó una víctima mortal: Ramona Farrés Terrés. Durante esos meses el desasosiego se extendió por toda la ciudad, y el gobernador civil ordenó que hubiese porteros en los edificios y que las puertas de entrada se cerraran siempre.

Pese a todo, la policía barcelonesa demostró ser ineficaz y en enero de 1907 Ossorio y Gallardo, nuevo gobernador, aceptó seguir pagando a un Rull cada vez más exigente. Por otra parte, las autoridades catalanas encabezadas por el presidente de la Diputación, Prat de la Riba, y con la anuencia del gobernador contrataron al inspector jefe de Scotland Yard, Charles John Arrow, para que crease un cuerpo policial con el fin de acabar con los atentados y el chantaje. La operación fue un éxito, el clan de los Rull fue detenido en julio de 1907.

Un testigo demasiado incómodo

Detenidos los miembros de la banda, fueron condenados a muerte Rull, su hermano y su madre. El resto a distintas penas que iba de 4 meses a 17 años de prisión. A María Queraltó y a Hermenegildo les fue conmutada la pena de muerte por cadena perpetua. Confiado en sus contactos, Rull esperó hasta el último momento el indulto que nunca llegó. Fue ejecutado con garrote vil el 8 de agosto en 1908 en la cárcel Modelo, el primer ejecutado en esta prisión.

Rull sabía demasiado, era un testigo muy incómodo para las autoridades y demás élites locales. Fue el jefe de policía Tressols quien declaró en el proceso que “detrás de Rull hay otras personas más altas; no sé quienes son”. Poco más tarde, Prat de la Riba impidió que un joven periodista, Eugeni d’Ors, removiese un asunto del que opinó que “el veredicto, más que de lógica, ha sido de pasión popular”.

Lo cierto es que con el arresto de Rull no acabaron los atentados con bombas, solo hubo un respiro hasta diciembre. El día de su ejecución explotó otra y otras nueve hasta la Semana Trágica de julio de 1909 y diecisiete más hasta la caída del presidente de gobierno, Antonio Maura, el 23 de octubre de ese mismo año. Era tal la psicosis que vivían los barceloneses que el ayuntamiento mandó construir un carro blindado para recoger las que descubrían antes de explotar

La policía continuó investigando sin mucho éxito a separatistas, lerrouxistas y anarquistas, y sobre todo al entorno de Ferrer Guardia. Ante la huida de capital y la ausencia de nuevas inversiones, hasta Prat de la Riba había sugerido en 1907 que los cómplices estaban fuera: “surge la duda de si este conjunto de atentados dinamiteros y de perturbaciones callejeras no es enfermedad natural, espontánea de nuestro organismo, sino cumplimiento del programa públicamente formulado por ciertos periódicos que se publican en la capital de España: el programa de arrasar Cataluña, de sembrarla de sal”. Fuera por una imaginaria prensa española manipuladora o por la contrastada incapacidad de la burguesía catalana para negociar con los trabajadores, las costuras sociales de Barcelona saltaron por los aires y Cataluña arrastraba a aquella España --la de la Restauración-- a una crisis política y de credibilidad de alcance internacional, una vez más.

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