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El dictador Miguel Primo de Rivera

Primo de Rivera y el catalanismo golpista

No hay duda de que hubo colaboración de una parte importante de la burguesía catalana con el golpe de 1923, que al final generó una exitosa reacción catalanista

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No existe consenso entre los historiadores sobre la participación del catalanismo en el golpe del general Miguel Primo de Rivera el 13 de septiembre de 1923, pero sí hay más que fundadas sospechas de que lo apoyaron. Aunque, como recordó Josep Termes, ni la Lliga representaba a todo el catalanismo ni toda la burguesía era catalanista, pero es innegable que tenían intereses comunes, económicos y sociales. Es conocida la foto de la multitud de burgueses despidiendo al hasta ese momento Capitán General de Cataluña en la Estación de Francia, camino de Madrid, aclamándole como nuevo dictador.

¿Cuál fue la lógica de algunas fuerzas y personalidades catalanistas para respaldar el golpe? En su proclama, Primo de Rivera habló solemnemente de la “sospechosa política arancelaria por la tendencia, y más porque quien la maneja hace alarde de descocada inmoralidad”. Citaba al ministro Santiago Alba, para el general un “depravado y cínico”, que para los catalanistas de la Lliga era un regeneracionista castellanista que había osado cuestionar los privilegios fiscales de la burguesía catalana. Pero no sólo Cambó, también la burguesía vasca y el capitalismo español en pleno habían presionado para que los impuestos sobre los grandes beneficios que quiso imponer Alba quedasen en papel mojado. Aunque ese primer proyecto de Alba se frustró en 1916, no por ello se desanimó. El albismo fue también una corriente defensora de la soberanía e integridad nacional y contraria a cualquier favoritismo regional. Cuando se produce el golpe, Alba era ministro de Estado y era el único nombre propio citado en la proclama de Primo de Rivera. Como recordó Ramos Oliveira, ese resentimiento “no lo habían inspirado los cuarteles, sino ciertos consejos de administración de Cataluña”.

No hay duda de que hubo colaboración de una parte importante de la burguesía catalana con el golpe. En concreto, las organizaciones burguesas que dieron su apoyo fueron las Cambres de Comerç i Navegació, el Institut Agrícola Català de Sant Isidre y Foment del Treball Nacional, entre otras. En 1923, ha apuntado Borja de Riquer, los regionalistas apoyaban la presión patronal ante la “tolerancia” del gobierno respecto a las reivindicaciones obreras, y pedían una intervención militar y soluciones corporativas y autoritarias. Lo resumió muy bien en sus Memorias Cambó: “La dictadura española nació en Barcelona y la creó el ambiente de Barcelona ante la demagogia sindicalista”. Y por si quedaba alguna duda, Puig i Cadafalch explicó con claridad por qué habían sido golpistas: “Creíamos que Primo de Rivera resolvería el problema de orden público y lo apoyamos”.

La Lliga no vio con malos ojos los primeros momentos de la dictadura, pese a las recomendaciones que Cambó hacía desde su yate Catalonia pidiendo reserva y contención en el apoyo. Sus prevenciones se confirmaron. El giro de Primo de Rivera fue importante, muy pronto optó por prescindir del apoyo de la Lliga y prefirió aliarse con la Unión Monárquica Nacional, que encabezaba el egarense Alfonso Sala. Puig i Cadafalch dejaba el 18 de enero de 1924 la presidencia de la Mancomunidad y dos semanas más tarde la ocupaba el conde de Egara, que dimitía el 15 de abril de 1925 al iniciarse la liquidación de esa institución seudoautonómica.

El españolismo del Directorio de Primo de Rivera era más que evidente. Se creó la Junta de Acción Ciudadana que vigilaba el uso del catalán, y se cerraron todo tipo de asociaciones sospechosas de catalanistas. El nuevo gobernador civil de Barcelona, el general Milans del Bosch, clausuró locales del Orfeó Català, el campo del Barça, etc. Otro militar, el general Juan de Urquía, fue nombrado gobernador civil de Girona e impulsó una política represiva que resumía en separar lo privado de lo público: “La madre debe enseñar a rezar a sus hijos en catalán, eso lo admite el Directorio. Pero, en cambio, el maestro viene obligado a enseñar a sus alumnos en castellano”. Así en la vida cotidiana el catalán estaba permitido, pero no en la administración ni en la enseñanza ni en las prédicas de la Iglesia ni en la prensa. Las quejas ante esas medidas se compartieron fuera de Cataluña. Incluso la intelectualidad española hizo público en 1924 el famoso Manifiesto de los escritores castellanos en defensa de la lengua catalana . Entre sus firmantes estaban Azaña, Ortega y Gasset, Azorín, García Lorca, Menéndez Pidal, etc.

Las consecuencias de imponer militarmente este modelo españolista fue una exitosa reacción catalanista con la publicación de numerosos periódicos y libros en catalán, la prohibición se quedó en papel mojado. Sin este nacionalismo de Estado es difícil entender cómo el catalanismo se transformó en un movimiento de masas. Desautorizada la Lliga y reprimida la CNT, la pequeña burguesía nacionalista​ fue ocupando progresivamente el centro de la escena. A la política represiva del Directorio de Primo de Rivera se le debe que la lengua y la cultura se convirtieran en aspectos clave de la identidad catalana. Al final y paradójicamente, el catalanismo obtuvo mejores réditos de los que había previsto al apoyar inicialmente el golpe militar. Hasta Cambó se equivocó, la dictadura no fue un paréntesis, y en abril de 1931 tuvo que huir a Francia acompañando a los hombres de Primo de Rivera. La monarquía fue abolida y el catalanismo republicano era el gran triunfador. La burguesía golpista catalana, tan alérgica al maximalismo nacionalista y a las reivindicaciones anarquistas, sólo tuvo que esperar unos años para aupar de nuevo al poder a otra dictadura.