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La olvidada Tarraco, capital de Hispania

La olvidada Tarraco, capital de Hispania

El nacionalismo buscó las diferencias de la historia de Cataluña respecto a la de España, y en este contexto Tarraco estorbaba, era una similitud demasiado incómoda

28.01.2018 00:00 h.
7 min

Con la pomposa denominación de Colonia Iulia Urbs Triumphalis, y después de la reforma administrativa de Augusto (27 a.C.), Tarraco se convirtió en cabeza de conventus y en la capital de una de las provincias más extensas del Imperio romano: la Hispania citerior o tarraconensis. Visitada en fechas muy tempranas por el propio Augusto, donde residió durante casi un año (26-25 a.C.), la ciudad se transformó con la construcción de magníficos edificios y la apertura de nuevos espacios (foro, teatro, circo, vías, etc.). Durante los tres siglos siguientes fue un lugar clave en la dinámica política del Imperio, un punto de encuentro de delegados de más de trescientas ciudades.

En un país como Cataluña, con tantos ciudadanos ansiosos por conocer sus orígenes, causa cierta sorpresa el olvido de Tarraco, no por su patrimonio arqueológico de excepcional valor sino como referente histórico. Ni romanos ni visigodos participaron, al parecer, en la fundación de la nación catalana. Iberia, Hispania o Gothia, tres han sido los nombres con los que se denominaron las tierras por debajo de los Pirineos, y de los tres sólo el romano se impuso y de ahí derivó la variante España. Sin embargo, no parece que nadie tuviese en Hispania una conciencia diferente que la de ser ante todo romano.

Habrá que esperar al siglo XV para que los humanistas reivindiquen la Hispania romana ante el primitivismo ibero, los visigodos bárbaros y los vecinos musulmanes. En 1572 la publicación del Libro de las grandezas y cosas memorables de la metropolitana insigne y famosa Ciudad de Tarragona de Lluís Pons d’Icart fue el intento más conocido para situar a Tarraco en la historia: "Tarragona era reina y diosa de España, y gloria del pueblo romano, y émula y competidora de Cartago".

Incómoda para el regionalismo

El romanismo en la construcción identitaria catalana tuvo un recorrido corto y lleno de obstáculos, impuestos por un regionalismo entusiasmado con la época medieval y la idea de raza. En las últimas décadas del siglo XIX, los historiadores buscaron las diferencias de la historia de Cataluña respecto a la de España, y en este contexto Tarraco estorbaba, era una similitud demasiado incómoda. En la tesis esencialista del espíritu nacional, tal y como la formuló Prat de la Riba, el sustrato catalán --sardos e íberos-- resistió a griegos, a cartagineses y a romanos. Consideraba que estas “dominaciones” no supusieron la desaparición del ethnos catalán, sino que el pueblo lo amoldó en cada momento a su carácter.

Para esta historiografía la Tarraco romana fue un paréntesis, una anormalidad en el destino imperial de Cataluña. Pero no pudo negar que los romanos habían llegado a estas tierras antes que a cualquier otra del resto de la península ibérica, que fue aquí donde su dominio se mantuvo más tiempo y que Tarraco fue la capital multisecular de la provincia más extensa, desde Galicia a Granada.

Tergiversación de la historia

En las primeras décadas del siglo XX el Noucentisme se interesó por la estética clásica y la tradición grecolatina. El apoyo de Eugeni d'Ors y, desde 1907, el impulso del Institut d’Estudis Catalans permitió el desarrollo de la arqueología en Cataluña con Pere Bosch Gimpera como profesional más destacado. Son años en los que se revaloriza la colonia griega de Empúries, y se equipara su impacto con el de Tarraco y la dominación romana. Pero siempre con el enfoque medievalista como horizonte, de ahí que Ferran Soldevila llegase a afirmar que la provincia Tarraconense fue un precedente de la Corona de Aragón. Aún más, Roma al fijar los populi puso los fundamentos de la organización y distribución de los condados medievales. Como ha recordado Jordi Cortadella, en estos años previos a la guerra civil Bosch y sus arqueólogos se centraron en el estudio de la prehistoria con un supuesto sustrato étnico catalán, y los formados con Rubió i Lluch se volcaron en la continuación de aquellos pueblos primitivos en la época medieval. En medio, ahí seguía la incómoda Tarraco en tierra de nadie.

Pese a todas las investigaciones realizadas durante el franquismo y en épocas más recientes, la importancia de Tarraco quedó reducida a excavaciones y a brillantes estudios muy técnicos. Joan Francesc Mira afirmó que Miquel Tarradell, maestro nacionalista de la arqueología en Cataluña, había asegurado en 1991 que el marco geográfico de los Països Catalans ya tenía una personalidad histórica definida antes de la llegada de Roma. De ser certeras esas palabras habría vencido el nacionalismo a la ciencia, porque solo cinco años antes Tarradell había propuesto que lo más prudente era eliminar, "fins que no en sapiguem més, tots aquests problemas de substrat".

Aunque las evidencias insalvables impiden hablar de unos Països Catalans anteriores al menos a Roma, el nacionalismo ha optado por inventarse una Cataluña imperial romana, capital Tarraco. El argumento es simple y fiel a la idea histórica de Prat de la Riba: el sustantivo es previo al adjetivo o, como ha afirmado Fernando Wulff, "la Antigüedad se fabula como un espejo invertido del presente" para legitimar las posiciones políticas de las elites nacionalistas.

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