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Eugeni d'Ors: el hombre de las mil caras

Eugeni d'Ors: el hombre de las mil caras

El polifacético intelectual hoy es despreciado por el nacionalismo catalán y olvidado por la cultura hispánica

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Eugeni d'Ors es el intelectual catalán del siglo XX de las mil caras. 72 años de vida poliédrica con una capacidad para el transformismo absolutamente genial. El Xènius recorrió todos los perfiles de la política con extrema naturalidad y sin grandes desgarros. Estudió derecho en la Universidad de Barcelona, donde se doctoró en Madrid en 1909. Hasta 1920 fue un catalanista hombre de confianza de Prat de la Riba, que le hizo secretario general del Institut d'Estudis Catalans y director de Instrucción Pública de la Mancomunitat, entre otros cargos.

Participó con su protector Prat de la Riba del sueño imperialista catalán: la conquista de España con plena conciencia de la superioridad de la Cataluña "apolínea, armónica y ágil de colores" sobre la Iberia "incivil, perezosa y trágica". Quizás entonces compartió el sueño de su amigo Francesc Pujols de "como catalán poder ir por el mundo con todo pagado". El narcicismo catalán se rompió a lo largo de la Primera Guerra Mundial, que le llevó a posiciones neutralistas y pacifistas distanciándose de intelectuales como Maurras, de actitudes beligerantemente reaccionarias.

Iberista, nacionalista, comunista, fascista

Frustrado por no sacar una oposición para la cátedra de psicología superior de la Universidad de Barcelona, y enfrentado a Puig i Cadafalch, cuando murió Prat, se fue a Madrid donde vendió muy bien su imagen de dandy seductor de formas estéticas espléndidas y con capacidad para ofrecer su propia obra como la del genio asfixiado por las limitaciones provincianas. Cuando rompió con la Lliga, había manifestado sus simpatías hacia el sindicalismo de Layret y su identificación con las expectativas soviéticas. De ello se olvidaría pronto para ser miembro de la Real Academia en 1927 y presidente de la Asociación de Periodistas de España, para culminar su carrera política en 1937 al servicio del gobierno franquista de Burgos, y es nombrado máximo responsable de la jefatura nacional de Bellas Artes en 1938.

A estas alturas, D'Ors, había sido iberista, nacionalista catalán, sindicalista, comunista, republicano de Marcelino Domingo, amigo de Alba y de De La Cierva, simpatizante de Primo de Rivera, fascista sentimental... Algunos de sus biógrafos, como Maximiliano Fuentes, dan mucha importancia al viaje que hizo a Argentina en 1921. Escritor de textos cortos, inventor del género glosario, sublimó valores como la tradición y el humanismo universitario, soñó con un Estado capaz de garantizar la educación, la selección y la autoridad, se meció en las ansiedades del regeneracionismo moral distanciándose de la burguesía corrupta y al mismo tiempo con plena conciencia de su adscripción elitista exquisita. A la postre, su mayor contribución a la cultura hispánica fue la de aportar sus esfuerzos para rescatar de Ginebra una buena parte de las obras de El Prado que habían ido a parar allí en el marco de la guerra. Algunos de sus críticos le han llamado "filósofo de píldoras". Otros han visto en él la talla de Ortega o de Maeztu.

Despreciado por el nacionalismo

Enamorado de la cultura clásica grecolatina, inventor del término noucentisme con el que se identificaba frente al modernismo, D'Ors rompió siempre la línea recta de sus cánones artísticos con la curva de sus ambiciones y excesos. Hoy es un catalán despreciado por el nacionalismo catalán por considerarlo como traidor y al mismo tiempo está olvidado por la cultura hispánica por considerarlo fuera de los suyos por más que cambiara su catalán por el castellano como lengua escrita partir de 1920. Ciertamente la nómina de catalanes infieles a las presuntas esencias nacionales catalanas es muy abundante y son muchos los que exigirían una operación de rescate de sus valores más allá de su ideología postrera.

Lo que más me impresiona de D'Ors en cualquier caso, a través de la imagen trazada por Varela, es su soledad encerrado en su bucle estético aficionado a los pseudónimos (el último, Octavi de Romeu) como una manera de disfrazar su propia identidad, a la busca permanente de un mundo distinto al de su presente en el que la cultura humanística fuera el norte de las conductas. Murió en 1954 convencido de que su vida había sido un constante ensayo de proyectos frustrados.