La banca industrial (1): la plaza de 'Sant Jaume Castell'

El modelo financiero que lanzó despertó envidias y tuvo imitadores, fueron ideas brillantes, casi siempre ahogadas por circunstancias exógenas

Oficina del Banco de Madrid, entidad fundada por Jaume Castell Lastortras / EFE
10.02.2019 00:00 h.
12 min

Fue en 1974 y gracias a la ayuda de Olivier Giscard d'Estaing​, hermano del entonces presidente de la República francesa. El industrial Jaume Castell Lastortras fundó la Banque Catalane de Développement, una filial del Banco de Madrid, creado mucho antes, bajo la presidencia de José María Martínez Ortega, conde de Argillo, consuegro del general Franco. Castell, un empresario de segunda generación, administró sus empresas familiares, como la textil Gossypium o el Grupo Congost;  y supo estar a bien con las autoridades españolas y francesas, pero sin alcanzar jamás el plácet del Consejo Superior Bancario español. Entre los llamados siete grandes, Castell no inspiraba confianza. Los hombres del senado financiero en la sombra, Aguirre Gonzalo, Escámez o Sanchez Asiaín, le consideraban un parvenu. En cualquier caso, acertó al moverse con agilidad en la maraña institucional del poder, hasta convertir su segunda marca francesa en un modelo de banco industrial, accionista de empresas como Languedoc SA, Comercial de Laminados o el Grupo Soler Palau.

El Catalane de Développement instaló su oficina central en París, en la Avenida Georges V y su inauguración coincidió con un momento de mejoría de las tensas relaciones bilaterales hispano-francesas. La asistencia del subsecretario de Hacienda, Álvarez Rendueles, que sería después gobernador del Banco de España, y del presidente del INI, Claudio Boada, fue todo un síntoma. Una filial española en el corazón de la V República expresaba la cercanía recuperada entre ambos países. París veía ya con buenos ojos la carrera española para incorporarse a la CEE, iniciada años antes con el pacto preferencial de Ullastres y Castiella (Laureano López Rodó, en Memorias; Plaza y Janés). Además, en aquel momento, las entidades mixtas contaban con la sintonía de los bancos centrales de las respectivas divisas, el franco y la peseta.

Castell supo hacer valer su pequeña hazaña. Fundó el vespertino Tele-Exprés, aprovechando el espacio que concedía la Ley de Prensa de Fraga, y les dio la dirección del diario a Carles Sentís y Manuel Ibáñez Escofet. También lanzó en los quioscos la revista Telestel. Jugaba con todas las cartas de la baraja; fue un hombre del Régimen, pero aprovechó los cantos democráticos de los primeros setentas para contribuir, desde los medios, al debate político sobre el fin del franquismo. Situó la sede del Banco de Madrid en la Diagonal de Barcelona (el edificio actual del Grupo Godó)  e integró en el consejo de administración a Juan Antonio SamaranchJoaquín Viola (asesinado por Terra Lliure), José María Porcioles (notario y alcalde), el propio Claudio Boada y José María Martínez Bordiu, hermano del marqués de Villaverde. En la Barcelona convulsa del principio de la Transición y en medio de un clima de reivindicación sindical muy exacerbado, el poder de Castell era muy visible; en los mercados y en las calles, los vecinos parodiaban el relieve del mítico empresario llamándole Plaça de Sant Jaume Castell al ágora del Palau de la Generalitat, ya que en la Diputación estaba Samaranch y en la Alcaldía de la ciudad, Joaquín Viola, dos de sus consejeros y colaboradores del financiero (25 anys de Llibertat, autonomía i centralisme, de Francesc Cabana; Pòrtic).

En la segunda mitad de los setenta, el emporio de Castell Lastortras empezó a descomponerse. En su corporación industrial había reunido su grupo familiar textil con las empresas públicas Intelhorce e Hytasa, situadas en Andalucía. Se convirtió en el primer empresario textil del país al colocar bajo el mismo techo a sociedades como Gossypium, Ter Industrial, Tecla Sala, Ignasi Font SA y a las empresas públicas mencionadas, que se privatizaron en un momento de descapitalización importante. Intelhorce e Hytasa habían sido fundadas en plena Guerra Civil bajo los auspicios de Queipo de Llano, que colocó al frente de estas compañías a altos cargos de Falange, como Raimundo Fernández Cuesta. Ambas sociedades tenían sus instalaciones industriales en las riveras del Guadalhorce, conocida irónicamente en Sevilla con el nombre de Valle de los Tejidos, analogía popular del Valle de los Caídos.

La carrera de Castell como líder financiero e industrial se constriñe a las dos décadas expansivas de sus bancos, entre 1955 y el 1975. Al final de este periodo, empezó su decadencia. La apuesta fallida del sector público y la caída de un gran grupo privado convergían en sus manos, con la España de UCD en el decorado de fondo. Su implosión era inevitable y acabó arrastrando a sus matrices accionariales, el Banco de Madrid y la Développement . Castells, que en 1977 todavía fue destacado como el mejor empresario catalán  por la revista Fomento de la Producción, liquidó su grupo y empezó su último tramo vital. En 1978 se fue a vivir a Suiza, desde donde administraba  su división internacional, el Intercontinental Bank de Miami y La Banque Internationale de Gestion, con sede en Lausana y oficina en Nassau (Bahamas). Murió en 1984.

Castell fue un hombre poliédrico. Son conocidas sus relaciones con el Palacio del Pardo, concretadas a menudo en cenas con el marqués de Villaverde y su esposa Carmencita Franco, hija del general, a las que acudía a menudo Juan Antonio Samaranch. (Los catalanes de Franco; Plaza y Janés, de I. Riera). Fue Samaranch precisamente quien le secundó en muchos momentos y aprendió de Castell a modular una visión complaciente de la política española, mezclada con la firme voluntad de conectar con el futuro. El expresidente del COI mostró ese talante de aceptar sin ceder, cuando, como presidente de la Diputación de Barcelona y bajo un Gobierno de Arias Navarro, decidió cambiar el rótulo de Diputación Provincial de Barcelona por el de Palau de la Generalitat de Catalunya.

En el teatro de operaciones de la política, los gestos le ganan la partida al discurso. Castell se mostró un serio defensor de las formas en su etapa argentina, cuando abrió negocios en el Cono Sur y trabó una buena relación con los altos cargos del peronismo. El papel cuché de la época describió ampliamente su amistad con el actor Alberto Closas y las andanzas de ambos con Evita, la viuda de Juan Domingo, convertida entonces en el símbolo de una patria victimizada por los excesos de su clase política. El país calificado como la despensa del mundo por su producción cárnica empezaba su declive acosado por altísimas inflaciones y sumido en una política de tipos de cambio, que liquidaría su anterior pujanza. Los negocios de Castell en ultramar nunca prosperaron. Su energía vital y su versatilidad se pusieron a prueba cuando escribió una comedia ligera que interpretó Closas en un teatro de París. Después de heredar el grupo de empresas fundadas en Manresa por su padre --las textiles citadas y otras como Manufacturas de la Piel (Pielsa), alimentarias, como la Piara, o farmacéuticas, como Laboratorios Funk-- gestionó durante un tiempo el legado, pero pronto optó por el sector financiero. Sabía que un banco le abriría puertas y líneas de liquidez incesantes.

Su vocación de financiero estaba escrita en letras de molde en su cabeza, pero en la España de su tiempo, la banca era un club con númerus clausus. Recién entrado el medio siglo, Castell descubrió que la única manera de crear una entidad era comprando una ficha ya existente. Encaminó sus pasos hacia un pequeño banco de Ripoll, controlado por los Suñer y Ferrer y creado en el ochocientos por el pionero del núcleo, Lorenzo Suñer Clot. La antigüedad de la ficha y la influencia de uno de los miembros de clan, Tomás Suñer, subsecretario de Asuntos Exteriores y embajador, consiguieron rehabilitar a la Banca Suñer, reconocida en el registro del Banco de España.

En 1953, Jaume Castell adquirió la ficha del pequeño banco nacido en Ripoll por siete millones y medio de pesetas. Tenía lista su plataforma de lanzamiento: sobre la base de una entidad provinciana y minúscula, levantó el Banco de Madrid, la pieza distinta, la entidad de expansión vertiginosa, que desagradaba a los grandes del statu quo bancario. A la hora de la verdad, demostró altura de miras. Sin saber exactamente como funcionaría el conjunto, Castell entendió que unir bancos y empresas para fundar corporaciones industriales era la única forma de sortear la indolencia de los Banesto, Central o Hispano Americano, pegados la gestión del pasivo e incapaces de mostrar el sentido del riesgo, que requieren los auténticos negocios.

La aventura financiera de Castell fue en realidad una permanente huida hacia adelante. Navegó por el Mediterráneo; conoció los puertos de Taormina y Capri. Vivió el Paris del Folie, que narra el arquitecto y esteta Óscar Tusquets, en su libro Contra la desnudez (Anagrama); tuvo tiempo de tomarle el pulso a la City de Londres y al Manhattan de Andy Warhol. Atesoró una colección de arte contemporáneo perdida en la diáspora de sus bancos, auténticos contenedores de joyas pignoradas. Glosó más de lo que hizo; su sello cosmopolita destacaba en la España triste de los años de silencio; supo vivir al calor del poder establecido, pero aprendió a predecir el futuro. El modelo de la banca industrial española, lanzado por Jaime Castell, despertó envidias y tuvo imitadores. Fueron ideas brillantes, casi siempre ahogadas por circunstancias exógenas.

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