Ratas y mosquitos

Ignacio Vidal-Folch
7 min

Decía el Aerolito de la semana pasada: “Recomiendo afectuosamente a la señora Borràs que se suba a su Jaguar y se vaya a algún lugar fresco y tranquilo para serenarse y reponer fuerzas. Las puede necesitar. La semana que viene puede ser aún más borrascosa. Puede ser una semana incluso aborrascible…”.

Y ciertamente, lo ha sido. Ha perdido sus cargos, expulsada por los parlamentarios. Y ahora podríamos hacer leña del árbol caído, ensañarnos con la señora borrascosa y felicitar a los parlamentarios que no tendrán que soportar más su presencia de estricta gobernanta y de lianta máxima. Pero ¿para qué? Apetece más hablar de las ratas.

Y es que hay cierta alarma en Barcelona por la proliferación de las ratas en la vía pública, parece que con inédita desenvoltura salen de las cloacas a la superficie y han sido repetidamente vistas y fotografiadas en la plaza Catalunya y en las calles del Eixample, correteando por aceras y calzada, merodeando los contenedores de basura. Es un espectáculo muy poco edificante.

Hay que decir que las ciudades más distinguidas del mundo también padecen este problema, del que da cuenta la prensa internacional. Ciudades como Nueva York y París también sufren con mucho disgusto la presencia inesperada, y hasta me atrevería a decir que repulsiva, de las ratas en las calles.

Se atribuye esa proliferación insólita a diversos motivos; principalmente a dos.

Uno, la ola de calor, que puede ser que resulte asfixiante para los bichos allá abajo, en las cloacas, y por eso salen a tomar el fresco, precisamente por la noche, cuando baja unos grados la temperatura.

Dos, también puede ser una consecuencia lejana de las semanas en que los seres humanos quedamos confinados, prácticamente sin pisar las calles. En esas semanas en que el espacio público quedó prácticamente desierto no era extraño ver en pleno día a las gaviotas de paseo por las aceras del Eixample como Pedro por su casa, ni a las ratas asomar su cabecita bigotuda por la noche sin miedo a toparse con seres humanos, a lo peor armados con escobas. Los animales se adueñaron de las calles abandonadas. Parece que además en aquella época de inmovilidad forzosa la ciudadanía consumía menos alimentos, o arrojaban menos basura, y las ratas, hambrientas, se acostumbraron a subir a buscarla. De manera que esa proliferación de las ratas sería un último efecto secundario del Covid.

En el Ayuntamiento de París este asunto ha sido objeto de debate y de crítica de la oposición (de derechas) a la alcaldía. Provocando la intervención de la concejala por el partido animalista Douchka Markovic, quien ha salido en defensa de las ratas, a su juicio injustamente denostadas.

La señora concejala se opone taxativamente a la campaña de desratización que reclama la oposición. Pide que se tenga más en cuenta el trabajo positivo de estos bichos en la eliminación de toneladas de residuos en las cloacas, y su benemérita labor al desembozar conducciones y tuberías. En realidad, deberíamos estarles agradecidos: son laboriosas e higienistas cooperadoras del hombre.

De hecho, la señora concejala incluso se niega, e invita a los demás a imitarla, a utilizar la palabra “rata”, proponiendo en su lugar la palabra, de correcto francés, surmulot, que según ella “está menos connotada negativamente”; cambiando el nombre se podría empezar a “cambiar el paradigma” imperante sobre estos roedores. Vamos, se podría empezar a quitarles la leyenda negra. La intervención de la concejala animalista ha provocado un gran regocijo en la prensa francesa.

Por desgracia en lengua castellana no tenemos un vocablo como “surmulot” que pueda suplir al de “rata”, ya que el sinónimo al que se recurre a menudo de “roedor” (“¡Marditoz roedore!”, decía siempre el gato Jinks, persiguiendo a Pixie y Dixie) no es privativo de las ratas, pues son también roedores otros 2.000 mamíferos, como la ardilla o el puercoespín… En español no hay manera de nombrar con una palabra menos “negativamente connotada” a esos bichos repugnantes, lo cual, como es obvio, también hace especialmente difícil “cambiar de paradigma”.

Al mismo tiempo que la señora Markovic desempolvaba la palabra “surmulot”, el periodista animalista Aymeric Caron regocijaba también a toda Francia publicando en su canal de televisión digital un vídeo en defensa de los tan denostados mosquitos. Observa el apuesto y popular Caron, para empezar, que el mosquito es un animal, como lo es el ser humano; y que, como este, merece respeto, aunque claro que a diferente nivel.

Luego cuenta que el mosquito que pica es siempre el mosquito hembra. Y no lo hace por maldad, sino para obtener, con la sangre humana, proteínas con las que alimentar a sus crías que todavía no pueden valerse por sí mismas. Así que debiéramos ser conscientes de que el mosquito en realidad “es una dama que lucha por llevar comida a sus bebés”.

También aquí de lo que se trataba era de cambiar de paradigma. Tarea difícil la que se han autoasignado Markovic y Caron, y en la que les deseamos un improbable aunque sin duda merecido éxito.

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¿Quién es... Ignacio Vidal-Folch?
Ignacio Vidal-Folch

Por desgracia nací huérfano, ya que mis padres fueron aplastados por un aerolito un par de años antes de que yo naciese. Esta tragedia me obligó a formarme como autodidacta. De joven lavé platos en el Soho, fuí maquinista en un ballenero, croupier en un casino, músico callejero en la estación Sebastopol del metro de París, y dí tres veces la vuelta al mundo como inspector de hoteles para la cadena Savoy. Enriquecido por tantas experiencias volví a Barcelona, donde he publicado varias novelas y libros de relatos y colaboro con el diario El País y las revistas Tiempo, Jot Down y otras.