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José Antonio Bueno opina sobre la crisis migratoria de Ceuta

José Antonio Bueno opina sobre la crisis migratoria de Ceuta

Pensamiento

Una olla a presión

Para armonizar ambos derechos, lo primero es volver al punto de partida, que quien entró de manera irregular y casi como un juego vuelva a su casa. Y las leyes, nuestras leyes, no pueden ser un problema porque están para el bien de la sociedad.

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En Ceuta se dan todas las circunstancias para que la crisis actual tenga una solución muy difícil y que las cosas puedan ir a peor.

Es una ciudad pequeña, con un territorio de apenas 18 km2, es decir, de superficie similar a Sant Pere Pescador o Puigcerdá, en el que viven 83.000 personas censadas y un número indeterminado de personas en situación irregular, se habla de entre diez y quince mil.

Por población censada sería la decimoquinta de las ciudades catalanas, escalando a la posición 12 o menos si damos por buena la cifra de 10.000 personas o más en situación irregular.

Pero el problema no es de densidad de población, sino de en qué condiciones viven, o sobreviven, sus habitantes “temporales”.

En Ceuta hay sobre todo una crisis humanitaria que deriva de otras muchas crisis: migratoria, social, diplomática, política… Los ciudadanos de Ceuta, ejemplo de convivencia y de multiculturalismo, ya no pueden más.

Les han quitado las plazas, los parques, las playas, los polideportivos, el puerto, se ha retrasado el inicio de las clases… Pero, sobre todo, la tranquilidad y la sensación de seguridad.

Los comercios tienen que estar protegidos, lo mismo que los niños para ir a la escuela. No pueden ir a la playa, adiós a las actividades en el centro de hípica, en nada un centro minoritario. No es seguro salir de noche. La salud pública está en entredicho, lo mismo que la seguridad.

A los ceutíes no se les puede achacar xenofobia ni racismo. Hace tiempo que conviven varias comunidades sin ningún problema.

Solo la población musulmana supone ya más del 40% de la población censada, y no ocurre absolutamente nada. Lo que ocurre es que no caben más personas en situación irregular, porque los servicios no dan para más.

Una ciudad europea no puede convertirse en una especie de campo de refugiados.

Tras la “invasión” de los medios de comunicación, casi todas las radios y bastantes televisiones abrieron temporada en Ceuta, conocemos algo más de la situación, y no es nada buena.

Para empezar, como no, todo se ha cubierto de un baño, o mejor dicho de un lodo, político, empezando por el uso del lenguaje. A los inmigrantes se les llama migrantes o invasores, según el bando, a los menores, niños, aunque la gran mayoría están más cerca de los 18 que de los 12 años. El lenguaje se sigue usando como arma de largo plazo para que los mensajes vaya calando.

El adoctrinamiento es constante. Pero la realidad es tozuda, muchas de las calles y playas no son reconocibles bajo un estándar europeo, y Ceuta es Europa.

La realidad es que hay muchas, muchísimas personas en la calle sin nada que hacer y sin otra esperanza que ser enviados a la península.

10.000 personas o más, para una población de 80.000 es equivalente a tener más de 600.000 sin techo en el área metropolitana de Madrid o Barcelona, quién sabe si la mejor aproximación sería un millón: algo absolutamente ingestionable.

Es normal que se proteste y que tras más de un mes la gente, y los policías, y los militares, pidan soluciones para volver a la normalidad.

Las medidas extraordinarias, como el mando único o la toma del puerto, se han hecho hasta el 31 de diciembre, prorrogable. Ceuta va a estar en esta situación, o peor, durante medio año si no es más.

Ceuta se incorporó a la corona portuguesa en 1415, por eso su bandera es la de Lisboa y su escudo es casi idéntico al de Portugal. Cuando Portugal y España se unieron, pasó a ser española y, al separarnos en 1580, sus habitantes optaron por seguir siendo españoles.

Ceuta, y Melilla, son tan españolas como Granada, que se unió a la Corona española en 1492, o Navarra, en 1515. No hay lugar a ninguna otra discusión.

El valor estratégico de Ceuta es evidente. Gracias a Ceuta un barco puede entrar o salir del Mediterráneo por aguas españolas y, por tanto, europeas y de la OTAN. Sin Ceuta habría que ponerse de acuerdo con países que ni son europeos ni de la OTAN y, por tanto, hoy pueden estar en un lado y mañana en otro.

El problema diplomático estriba en cómo reforzar la frontera y cómo devolver a los nacionales marroquíes a su país, porque Marruecos es un país donde la figura del asilo no cabe, al ser un país seguro y plenamente homologado por los estándares europeos.

Lo que ocurre es que tiene un colectivo de jóvenes que ven en la emigración una manera de prosperar, lo mismo que hicimos los españoles en los sesenta.

Lo que hay que hacer es ordenar esta emigración y eso no es sencillo si no hay un entendimiento pleno entre las partes. España necesita mano de obra, como la necesitaba Alemania en los años sesenta.

Para agravar la situación, el país vecino usa la emigración, propia y la de paso, para presionar a toda la Unión Europea y, además, no podemos olvidar que se encuentran en plena campaña electoral, por lo que las soflamas nacionalistas no van a bajar, sino todo lo contrario.

Los inmigrantes, todos, son personas y tienen sus derechos, aunque no todos son iguales.

Unos parecen haberse metido en este lío conscientemente, aunque desconocemos sus motivos reales; otros solo buscan pasar a la península y otros aprovechan el momento de confusión para cruzar la frontera sin saber muy bien a dónde van. Unos tienen móviles y parecen organizados, otros no tienen qué comer.

Pero si los inmigrantes tienen derechos, también los tienen los ceutíes. No es un tema de prioridad nacional, es un tema de sentido común, lo mismo que ocurre cuando a alguien le okupan su casa: el propietario tiene unos derechos que, en ocasiones, parecen subordinados a los de las personas que okupan su propiedad.

Para armonizar ambos derechos, lo primero es volver al punto de partida, que quien entró de manera irregular y casi como un juego vuelva a su casa.

Y las leyes, nuestras leyes, no pueden ser un problema porque están para el bien de la sociedad. Y si hay que cambiarlas, se cambian. En este caso sí tiene sentido tirar de decreto ley, porque la solución es urgente. Cuanto más tarde en normalizarse la situación, más riesgo hay de que la cosa se complique aún más.

Convertir Ceuta en un centro de acogida de inmigrantes durante meses es condenar a la ciudad a su desaparición porque la vida cotidiana se ha esfumado.

Los inmigrantes tienen que regresar a dónde vinieron como primer paso y, me temo, no estamos en eso.

Luego, cuando los partidos de izquierda saquen votos “a devolver”, no cabrá lamentarse. La radicalización de los votantes no será por méritos de los extremos sino por errores de los partidos centrados.

Y si no, que se lo pregunten a los alemanes.