Joaquim Coll
La Diada de las tribus
"El separatismo ya no pelea contra España. Pelea contra sí mismo"
La Diada de 2026 no ha servido para mostrar una Cataluña unida. Ha servido para exhibir las tribus de un movimiento que prometió un país nuevo y ha acabado en resentimientos, rivalidades y pugnas por un espacio simbólico cada vez más estrecho.
El separatismo ya no pelea contra España. Pelea contra sí mismo. La primera guerra civil es antigua y no ha cicatrizado. Junts y ERC arrastran desde el procés una enemistad visceral que va más allá de las discrepancias tácticas. El 1-O y el 27-O produjeron dos relatos incompatibles sobre quién fue valiente y quién claudicó. Esa herida se reabre cada Diada, cada negociación presupuestaria y cada encuesta que muestra el desgaste de ambos.
Mientras tanto, el “nosotros” independentista se ha reducido a un club de veteranos que se vigilan.
La segunda guerra es más reciente y fea. En la vigilia de la Diada, en el Fossar de les Moreres, la izquierda independentista y Aliança Catalana estuvieron a un paso de las manos. Solo el despliegue de los Mossos evitó que el escenario de los “mártires” de 1714 se convirtiera en un campo de batalla entre esteladas de signo contrario.
Unos 2.000 convocados por el entorno de la CUP y entidades “antifascistas” frente a unos 500 de Sílvia Orriols. Gritos, objetos lanzados, cargas, trece agentes heridos leves y tres detenidos.
El odio no era hacia Madrid. Era hacia la catalana que ha osado ocupar el mismo altar con un discurso identitario más crudo, más étnico y antiinmigración. El separatismo descubrió tarde que su propio marco —pueblo, tierra, autenticidad, amenaza exterior— admite lecturas que no encajan en el catecismo de la izquierda soberanista.
Orriols no ha inventado el nacionalismo romántico; lo ha llevado a una consecuencia que muchos preferían no mirar. De ahí la rabia. La manifestación de la tarde no desmintió el diagnóstico.
En Barcelona, la Guardia Urbana, siempre generosa cuando cuenta independentistas, cifró en unas 45.000 personas la marcha unitaria de la ANC y Òmnium: un rebote respecto al mínimo de 28.000 del año pasado, insuficiente para hablar de resurrección y muy lejos de las muchedumbres del procés. En Girona y Amposta, algo más de calle, ninguna unidad real. La CUP hizo su propia manifestación y Orriols apareció en la de las entidades.
ERC contra Junts; CUP contra Aliança; Orriols contra Junqueras y Puigdemont; Junts contra Orriols. Luchas tribales. Y en medio de este espectáculo, el Govern del PSC no acaba de capitalizar la evidencia.
Salvador Illa es un presidente previsible, serio y competente en algunos aspectos, pero un pésimo comunicador.
Le falta pulso político para imponer un relato y convertir la gestión cotidiana en alternativa al ruido identitario. Mientras Junts y ERC se pelean, y Aliança les adelanta en todas las encuestas, los servicios básicos siguen lastrados por años de desinversión y de prioridades simbólicas: una educación deteriorada, con resultados mediocres, metida en un callejón por la radicalidad de las exigencias laborales; una sanidad con listas de espera y atención primaria tensionada; un transporte —Rodalies a la cabeza— aún precario.
Los presupuestos más expansivos de la historia no se notan todavía en la vida ordinaria de quien espera un tren, una cita médica o un aula en condiciones. Illa habla de convivencia y de que “nadie es más catalán que nadie”, una frase insuficiente si no va acompañada de resultados visibles.
El independentismo de 2026 ya no es un bloque. Es un archipiélago de tribus.
Y el Govern socialista, que debería representar la salida pragmática de esa década perdida, no consigue que la mayoría sienta que la política vuelve a ocuparse de lo que importa.
De ahí que las encuestas sean también malas para el PSC. La Diada se ha convertido en el termómetro de una comunidad política que no logra superar su propio mito. Mientras unos se pelean por quién es el heredero legítimo de 1714, Cataluña sigue esperando que alguien gestione el presente con eficacia y transmita un proyecto ilusionante.