Gonzalo Bernardos con una imagen de Pedro Sánchez de fondo
¿Por qué no convoca elecciones Pedro Sánchez?
"Los intereses particulares de quienes nos gobiernan prevalecen sobre los generales"
En principio, los partidos políticos aspiran a acceder al Gobierno de la nación para mejorar, o incluso transformar, el país. Para lograrlo, cuentan con un magnífico instrumento anual: los Presupuestos Generales del Estado. Sin ellos, solo pueden gobernar y lograr sus objetivos si existe una mayoría parlamentaria dispuesta a aprobar las numerosas leyes que los sustituyen.
Los partidos de la oposición niegan al Gobierno su respaldo a los Presupuestos Generales, pero se lo otorgan a lo largo del ejercicio, cuando quieren elevar el precio político de su aval. Un Ejecutivo sin presupuestos es más débil y propenso a ofrecer más y mejores concesiones a quienes les brindan apoyos puntuales que otro que cuenta con socios parlamentarios estables.
No obstante, si su fragilidad le impide cumplir su programa electoral, descafeína el contenido de las nuevas normas aprobadas o favorece descaradamente a una parte del país en perjuicio de la otra, el partido gubernamental tiene pan para hoy y hambre para mañana. Las urnas le castigarán y pasará a la oposición.
Su única salvación consistiría en un golpe de suerte, generado normalmente por una desastrosa campaña electoral del rival o por tener como contrincante un político sin carisma, incluso para los electores que comparten su ideología. No obstante, si la fortuna le benefició hace cuatro años, es poco probable que vuelva a favorecerle otra vez.
En primer lugar, porque el desgaste del Presidente del Gobierno será mayor. En segundo, porque, si se presenta el mismo rival, será mejor candidato que en las anteriores elecciones. Por una parte, debido a que difícilmente cometerá los mismos errores que cuatro años atrás. Por otra, porque habrá destinado una parte de su tiempo como líder de la oposición a mejorar su capacidad de liderazgo y su ascendencia sobre su electorado potencial. A muchos de ellos probablemente seguirá sin entusiasmarlos, pero ahora sí logrará convencerlos.
En la Unión Europea, los gobiernos que no consiguen aprobar sus presupuestos suelen convocar elecciones. El primer ministro interpreta que ya no tiene el apoyo del Parlamento y, por tanto, no puede cumplir con los objetivos que se había marcado al acceder al poder. En consecuencia, hace un llamamiento a los ciudadanos para que decidan con su voto quién quieren que les gobierne. Sus sufragios decidirán si suspenden al Ejecutivo o a la oposición.
Esta decisión fue adoptada por Felipe González en 1996 y Pedro Sánchez en 2019. A finales de 1995, Jordi Pujol le comunicó al primero que no apoyaría los presupuestos del siguiente ejercicio, sin haber mantenido ninguna negociación previa y, por tanto, sin conocer su contenido. Una medida opuesta a la adoptada en los dos años anteriores.
Los motivos no guardaban relación con los intereses generales del país, sino con los electorales de CiU. Por un lado, Pujol estaba convencido de que no podría obtener concesiones más importantes que las logradas en los ejercicios precedentes. Por otro, consideró que mantener su respaldo al Gobierno de González equivalía implícitamente a avalar la corrupción que asolaba al Ejecutivo y al PSOE (Filesa, fondos reservados, Roldán o Ibercorp).
En 2019, ERC y Junts per Catalunya decidieron no apoyar los Presupuestos Generales del Estado, pues consideraban que el PSOE no había adoptado ninguna medida relevante que facilitara la salida de prisión de algunos de sus principales dirigentes ni el regreso de los que habían huido a Bruselas. No obstante, a diferencia de lo que ha hecho en los tres últimos años, Sánchez decidió convocar elecciones generales. Lo hizo porque las encuestas le eran favorables, justo lo contrario de lo que sucede en la actualidad.
En 1993, González ganó las elecciones, a pesar de que el país padecía una crisis económica. En 1996 las perdió debido a la corrupción, aunque la nación ya volvía a ir bien. El PSOE calificó el resultado electoral como una “dulce derrota” porque el PP no obtuvo mayoría absoluta y la diferencia entre los escaños obtenidos por ambos partidos fue inferior a la pronosticada por las encuestas.
Los casos de corrupción llevaron al PSOE a la oposición durante ocho años. No obstante, probablemente habrían sido algunos más si el gobierno de Aznar no se hubiera empeñado en atribuir a ETA la autoría de los atentados del 11 de marzo de 2004. La voz temblorosa y la actitud dubitativa de Ángel Acebes pasarán a la historia de España, al igual que la posterior frase de Alfredo Pérez Rubalcaba: “los ciudadanos españoles se merecen un gobierno que no les mienta”.
En la actualidad, el Gobierno no puede gobernar, pues ni ha conseguido aprobar los presupuestos en los tres últimos años ni cuenta con una mayoría parlamentaria que le respalde. Los presuntos casos de corrupción y escándalos políticos que afectan al Ejecutivo y al PSOE son más numerosos que los de hace tres décadas. Además, afectan en mayor medida al entorno familiar y político del inquilino de la Moncloa de lo que lo hicieron los de entonces.
No obstante, a Sánchez parece que no le importa ni lo uno ni lo otro. Da la impresión de que busca atrincherarse en la Presidencia del Gobierno y resistir en ella el máximo tiempo que le permita la ley, a la espera de un milagro electoral. En otras palabras, le interesa mucho ostentar el cargo y poco aprovecharlo para actuar en beneficio de los españoles.
A Sánchez no le asusta una moción de censura y hasta podría celebrar que el PP la presentara. En primer lugar, debido a que sabe que no prosperará, incluso si la Audiencia Nacional decide investigar al PSOE por financiación ilegal. En segundo, porque su debate en el Congreso mostraría que Alberto Núñez Feijóo continúa teniendo menos respaldo parlamentario que él. Por tanto, el Presidente del Gobierno no saldría noqueado, sino reforzado, y aguantaría en el cargo con más legitimidad que la actual hasta el final de la legislatura.
Para convocar elecciones, no tiene ninguna presión de los partidos que apoyaron su investidura. En primer lugar, porque los dirigentes de Sumar saben que les espera una larga travesía en el desierto y desean disfrutar de un año más en el Ejecutivo. En segundo, debido a que los partidos nacionalistas vascos y catalanes son plenamente conscientes de que difícilmente otro presidente del Gobierno estará dispuesto a pagar tantos y tan caros peajes para mantenerse al frente del Ejecutivo.
En definitiva, en la actualidad los intereses particulares de quienes nos gobiernan prevalecen sobre los generales. Por ello, ni el Presidente del Gobierno tiene intención de convocar elecciones anticipadas ni los partidos que le apoyaron de forzar un adelanto electoral. Ante los escándalos políticos y los presuntos casos de corrupción que afectan a su partido y a su entorno más próximo, Sánchez mira hacia otro lado y se limita a esperar un milagro electoral.
Una actitud que hará que España desperdicie un año más, después de haber desaprovechado numerosas oportunidades en los tres ejercicios anteriores.
Dicho milagro únicamente ocurriría si numerosos votantes sufrieran una repentina amnesia y otros muchos consideraran que el concepto de responsabilidad política es un vestigio del pasado. En concreto, habrían de olvidar los problemas judiciales que afectan a la esposa y al hermano de Sánchez, a dos de los secretarios de organización de su partido y a destacados miembros del mismo.
Una vez más, también ayudaría que los simpatizantes que conservan la memoria siguieran creyendo que todo vale, y vale todo, para impedir la alternancia política, pues un cambio de gobierno podría abrir las puertas del Consejo de Ministros al lobo (VOX). Sin embargo, en la política el cuento de Caperucita tiene una vigencia limitada, sean quienes sean sus protagonistas y por mucha imaginación que tengan los que lo narran.
Así pues, pronto el PSOE pasará al rincón de pensar. Cuando eso suceda, surgirán tres incógnitas: si el partido habrá aprendido la lección, cuántos años permanecerá en la oposición y si una dura batalla entre sus dirigentes provocará la aparición de una nueva formación en su espacio político. Ni mucho menos descarten que, si Sánchez logra continuar como secretario general, aparezca en los próximos años un Ciudadanos de ideología socialdemócrata.