Luis Alberto de Cuenca, en 2025

Luis Alberto de Cuenca, en 2025 Europa Press

Creación

Luis Alberto de Cuenca celebra a Roy Lichtenstein

"Él supo elevar el nivel de los comics a categoría de obras de arte, por el expediente de seleccionar y ampliar las viñetas"

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El otro día, sentado en la antesala de la biblioteca, estuve hojeando una revista de asuntos luterarios de cuya existencia no tenía noticia, y me encontré con un ensayo sobre la “poesía de senectute de Luis Alberto de Cuenca”, o sea, para quien no conozca el término latino, la poesía “de vejez”.

No es incorrecto, ya que Luis Alberto nació en 1950.

Siempre me ha gustado Luis Alberto de Cuenca, un poeta muy reconocido, un poeta y un intelectual de un orden muy escaso en España, pues frecuenta con la misma desenvoltura los monumentos de la cultura clásica más académicos y consagrados y las cosas de la cultura pop, lo mismo traduce del latín un cantar de gesta germánico que escribe letras para Javier Gurruchaga, el de la Orquesta Mondragón, o le dedica un soneto a Tintín.

En el ensayo del que hablaba citaban unos versos de un poema de Luis Alberto (a partir de ahora L.A.C.): “Cuando termine de meter la ropa / En la maleta, volveré a pensar / Por enésima vez qué es lo que pinto / Yo en este mundo, con la patulea / De la gente que lo puebla y esta facha / Cada vez más penosa en el espejo”.

Me parecieron unos versos muy logrados, estupendos. Lo que a mi entender los hace especiales no es la idea que exponen (el desprecio por los demás y por uno mismo, la sensación de que tu tiempo ya ha pasado y estás de más en el mundo: temas ya tratados por otros poetas antes).

Lo que les da ese aire original, y ese movimiento, es el detalle de que, antes de meditar sobre esas cosas, el poeta aún tiene que hacer una maleta, tarea nunca alegre que le da ciertamente movilidad al poema y la atmósfera de un viaje en ciernes, que agrega a esas sensaciones que acabo de comentar un nuevo grado de desasimiento, de partida.

Roy Lichtenstein, en 1969

Roy Lichtenstein, en 1969 Bernard Gotfryd

Me gusta la poesía de L.A.C., y me gusta él especialmente desde el día, hace ya unos años, que en el café El Espejo me dejó manosear los cuadernos o plaquettes del ciclo de Bronwin que Cirlot autoeditaba y regalaba a cien amigos o conocidos que lo merecieran. Momento inolvidable. Que L.A.C. los coleccionase y guardase como oro en paño me encantó.

Su último poemario, Ala de cisne, publicado hace unos meses en Visor, toma el título del apodo que le pusieron a Andersen, el cuentista autor de El patito feo y tantos otros cuentos infantiles que le gustan a L.A.C., ya he empezado diciendo que tiene un gusto muy ecléctico y sin manías ni complejos halla y celebra lo valioso por donde lo encuentra.

Son poemas efectivamente “de senectute”, pero también, algunos, de una sensualidad arrebatada y hasta chocante, en la celebración de la alegría del amor físico, y rememoración de viejos amores.

Algunos francamente conmovedores, como "Pienso en ti a la caída de la tarde": el poeta piensa, a la caída de la tarde, en los encantos y atributos de la amada, en sus fotos de cuando joven, en las fantasías que compartieron, en un poema de John Donne “que traduje durante la pandemia / Para representarlo en el teatro / De nuestras fantasías más recónditas…” y también piensa --a la caída de la tarde--, “en el amor que durará hasta el último / Día de nuestras vidas, cuando empiece / La morfina a inyectar en nuestros cuerpos / El olvido final, definitivo". Que melancólico.

De estos cuarenta y tantos poemas el que los resume mejor a todos se titula "Firenze", 1970. En versos siempre bien medidos, recuerda L.A.C. una ruptura amorosa de cuando era adolescente.

Su padre, a quien va el poema dedicado, se dio cuenta de su tristeza, y para consolarle un poco le invitó a viajar con él a Florencia. Es muy propio de L.A.C. que los paseos por la bella ciudad, las visitas a las iglesias y especialmente al museo de los Uffizi, y la compra y lectura de un poemario de Ezra Pound, fuesen medicinas que aliviasen un poco la tristeza del chico que fue, lo cual le agradece a su padre en estos términos: “Muchas gracias, papá, por lo que hiciste Por mí, que estaba roto, hecho pedazos, Llevándome a Florencia…”.

La escultura 'Cabeza de Barcelona', de Roy Lichtenstein

La escultura 'Cabeza de Barcelona', de Roy Lichtenstein Ralf Roletschek

¡A ver qué otro poeta se atreve a un verso así, “Muchas gracias, papá”!

El otro día estuve desayunando con L.A.C. en la calle Génova (de Madrid) y le invité al juego de los domingos: “¿qué obra de arte te llevarías a casa?”.

Respondió sin vacilar: “algún Delvaux” (refiriéndose, claro está, a Paul Delvaux, el surrealista belga que gustaba de pintar mujeres desnudas en estaciones de tren).

Pero luego se lo pensó y corrigió: “No, mejor algo de Roy Lichtenstein. Él supo elevar el nivel de los comics a categoría de obras de arte, por el expediente de seleccionar y ampliar las viñetas. Por cierto, que le conocí, en el año 1982, en la Fundación March. Era simpático. Desde entonces me gusta aún más.”

De Lichtenstein (1923-1997), que yo sepa, tenemos en España tres obras que podemos ver con la frecuencia que queramos: una, la escultura 'Cabeza de Barcelona', en el paseo Colón de Barcelona, un encargo de Pasqual Maragall cuando era alcalde.

En Madrid hay otra escultura, 'Pincelada', en el patio del Museo Reina Sofía, y, en la Thyssen, un óleo, 'Mujer en el baño', de las tres, con diferencia, la mejor.