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Josep Maria Cortés y una imagen del presidente de Foment, Josep Sánchez Llibre

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Pensamiento

Emprendedores y villanos

"La política y la economía no atinan a la hora de distribuir recompensas y castigos"

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“Los ciudadanos aman según su voluntad y temen según la voluntad del Príncipe”. El estigma de Maquiavelo se manifiesta esta semana en dos informes económicos: uno de ellos, el de la Cambra de Comerç de Barcelona, asegura las empresas catalanas asumirán los 35.000 millones de euros y crearán 10.000 empleos con los fondos europeos destinados a Defensa. El segundo informe es un memorial de agravios de casi 60.000 millones en déficit de infraestructuras, presentado por Foment del Treball, siguiendo el estilo clásico de la queja ante la insuficiente inversión del Estado.

La política y la economía no atinan a la hora de distribuir recompensas y castigos. La Cambra mira al futuro con aplicaciones duales –en lo civil y lo militar–, abriendo una ventana para que las empresas catalanas aprovechen el aumento del gasto anunciado por el Consejo Europeo.

Foment se queja de un pasado cicatero que deja un presente magro. La batalla de las infraestructuras —el puto ladrillo— es un defecto secular por incumplimiento del sistema de financiación autonómica, una queja que cumple medio siglo animada por los contratistas de obra pública, el frente conservador de la patronal, o la imposibilidad de conciliar acción y decisión.

Las COPISA, COPCISA, COMSA, San José, COBRA o Certis son, en resumen, la antigua maquila de Pacote Mas Sardà, que exige solares disponibles y dinero público, una grandeza dentro de la claudicación.

En el campo político, el Gobierno traspasa la mala financiación autonómica, siempre en el aire, a despecho del Govern de Salvador Illa. Por su parte, Feijóo, heraldo de sí mismo, señor de 11 comunidades autónomas huérfanas del privilegio catalán, deconstruye el pensamiento liberal en la figura de su secretario general, Miguel Tellado, un púgil sin argumentos, hombre de sonrisa sandia —santo Dios— representado en la calle por un innombrable joven escuadrista, experto en molestar al prójimo, al grito misógino: ¡Qué paréis, charos!

A la oposición española le urge un Lincoln Project, como el de los republicanos críticos con Trump, que se avergüenzan de sus amigos (evangelistas y neocatólicos) y tratan de llevarlos a la moderación sin deshumanizarlos. El Lincoln Project es una fuerza crítica del pensamiento moderado, algo que desconoce la derecha española, asilvestrada en materia de principios y pompier en cuestión de estética.

Por su parte, la izquierda a la izquierda de Sánchez es contumaz en el error; languidece entre banderías y liderazgos vanos. No se ha enterado de que el Banco Central Europeo teme que el último modelo de Anthropic pueda causar estragos en el sector, dejando desnudas las cuentas de millones de personas. Si el tecnofascismo es el enemigo principal, ¿cómo es que estos líderes izquierdosos luchan todavía contra el neoliberalismo de hace medio siglo?

La grafomanía de la comunicación, en el bloque de la derecha y en la izquierda desunida, solo contribuye al arte de vivir, terreno baldío. Ambas practican el dopaje de la curiosidad; buscan la conformidad del Príncipe y no apuestan. Frente a ellos, las iniciativas conectadas a la Cambra representan a los emprendedores que desplazan al villano.