Guillem Bota y un hombre leyendo un libro el día de Sant Jordi
Sant Jordi no está mal, pero le sobran los libros
"Se impone un cambio drástico en la celebración de Sant Jordi. Puesto que los lectores de verdad, los pocos que quedan, ya adquieren durante todo el año los libros que les interesan, sería mucho más cómodo para todos que el 23 de abril se destinara sólo a las dedicatorias"
Costaría encontrar una jornada más alejada de la cultura que el día de Sant Jordi, con pequeños escritores luchando por ser quienes más venden, con ciudadanos intentando conseguir la firma de un libro —el que sea, si ahí hay demasiada cola, intentaré con otro—, con librerías preocupadas por las ventas y con políticos haciendo declaraciones patrióticas, o eso creen.
Con Sant Jordi empieza a suceder lo mismo que con los sanfermines: si los pamplonicas aprovechan esas fiestas para huir de su ciudad, los catalanes que de verdad aman la cultura aprovechan la festividad de su patrón para largarse al campo, a leer un libro bajo la sombra de un pino.
Uno llega a pensar que lo que intentó el pobre Eduardo Mendoza con sus declaraciones previas a Sant Jordi fue salvar lo poco que queda de lo que una vez fue una fiesta cultural. A ver si llamándole “día del libro”, como propuso, la gente recuerda que esta jornada un día fue eso, una fiesta de la literatura y no una competición para ver cuánta gente sale a las calles y quien firma más libros.
Lo único que tiene todavía de fiesta literaria es que no son pocos los autores de entre los más vendidos que producen más literatura firmando libros que escribiéndolos. No es por señalar, pero sé de algunos que demuestran más talento escribiendo en la primera página “Para Marisol, con afecto”, que el que poseen las 300 páginas que siguen, cosa que, por cierto, a Marisol le importa un bledo, porque lo único que piensa leer, si es que alguna vez encuentra tiempo para ello, es precisamente la dedicatoria.
Se impone un cambio drástico en la celebración de Sant Jordi. Puesto que los lectores de verdad, los pocos que quedan, ya adquieren durante todo el año los libros que les interesan, sería mucho más cómodo para todos que el 23 de abril estuviera dedicado solamente a las dedicatorias, sin ningún molesto libro detrás de ellas. Así, los escritores se situarían igualmente en puestos callejeros, pero sin libros detrás, solo con hojas en blanco para escribir dedicatorias, de forma que, tras hacer la preceptiva cola, Marisol llegaría hasta un David Uclés que le escribiría el preceptivo tópico, arrancaría la hoja de la libreta, y se la entregaría a su señora fan. Ésta se la guardaría en el bolso y, si Dios quiere, tendría todavía tiempo de ir a por otra bonita dedicatoria, sin tener que cargar con ningún molesto libro, que después una no sabe qué hacer con él, parece mentira cómo una cosa tan pequeña molesta tanto en casa, acabas encontrándotelo por todas partes. Por si fuese poco, en el mismo bolso le cabrían por lo menos una docena de otras firmas de autores de Sant Jordi, llegaría a casa mucho más contenta y sin acarrear peso inútil.
Además de este beneficio para Marisol, el leve cambio en la jornada sería también positivo para los autores, que no tendrían que perder su precioso tiempo escribiendo libros, y podrían dedicarlo a elegir correctamente un vestuario que parezca literario -básico hoy en día-, a ser entrevistados y a declarar solemnemente que las guerras son malas, que es todo lo que se espera de ellos. Los negros de las editoriales que a menudo se los escriben, perderían su empleo, pero la vida es así, todo avance de la humanidad exige unas víctimas colaterales. Por si fuese poco, el nuevo sistema supondría, asimismo, un provecho para las editoriales, que se ahorrarían dedicar recursos a la impresión, distribución y promoción de los libros, lo cual es un engorro.
Como se ve, la idea sería beneficiosa para todos, pero en especial para el prestigio de la literatura, que por culpa de Sant Jordi se ve arrastrado por los suelos.