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La opinión de Carlos Mármol

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Pensamiento

Príncipes y mendigos de la edición

"La clase media editorial, y por tanto la profesión literaria, está en proceso de extinción debido a la extrema polarización del mercado del libro, donde ya no se toleran ni los tiempos que requiere la escritura artística ni rige la cultura literaria"

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Existen muchos libros que son olvidados de forma inmerecida, pero ninguno de ellos es recordado sin méritos”. El poeta británico W.H. Auden describía de esta forma la extraña lotería de Babilonia –por usar el título de un célebre relato de Jorge Luis Borges– que, igual que el famoso gesto del pollice verso en el Circus Maximus de Roma, decide la suerte de un gladiador que ha caído vencido sobre la arena tras una ardua batalla: muerte o clemencia.

A una arbitrariedad análoga están condenados muchos de los libros que cada semana llegan a los estantes de novedades (ma non troppo) de las librerías. “El espectáculo de la literatura es de risa. Yo me parto asistiendo a sus canalladas y miserias; es como ver una sesión de teatro del absurdo”, contaba Roberto Bolaño, el último autor en español con una gloria (póstuma) de orden planetario.

Como diría Jaime Gil de Biedma, la verdad amarga asoma en el augurio de Bolaño: “Todos estamos condenados al olvido, a la desaparición no sólo física, sino total: no hay inmortalidad”. Se trata de un hecho indiscutible: todos moriremos un día y no hay obra humana que perdure. Pero mientras el manto del olvido no nos abrace por completo, igual que el sayal de un difunto, los escritores –y el resto de los artistas– aspiran a degustar su breve pero sublime instante de eternidad. Muchos son los convocados; pocos los elegidos.

Antes, en un mundo que quizás esté empezando a dejar de existir, entre el éxito y la irrelevancia literaria absoluta se extendía una Tierra Media. El paisaje vital de los escritores nunca es fértil ni tampoco cómodo, pero algunas veces, si algunos lograban llegar a los oasis que existían en la ruta, diseminados entre las arenas del desierto, podían ir cubriendo las sucesivas estaciones de su particular viacrucis material.

Todo eso, igual que tantas otras cosas, ha pasado a la historia. A comienzos de este año, Ted Gioia, periodista cultural y autor de algunos grandes ensayos sobre jazz y blues, colgó en su blog una reflexión sobre la crisis del sector editorial en Nueva York. En ella decía lo siguiente:

a) Los libros más populares generan cada vez menos interés entre el público.

b) Escritores afamados, incluyendo los premios Pulitzer, apenas venden unos pocos cientos de ejemplares (en Estados Unidos).

c) Las empresas editoriales han concentrado todo su negocio en 50 o 100 autores consagrados (hablamos, claro está, del mercado editorial norteamericano)

Dicho de otra manera: la edición, que junto con la prensa (y en algunos casos también la docencia y los eventos) eran las fuentes esenciales de ingresos de los escritores profesionales, ha entrado en una extraña deriva de orden feudal. En la cima editorial están los príncipes; en los sellos independientes, que por fortuna hacen una labor heroica, con pocos medios y mucho esfuerzo, habitan los mendigos. La clase media literaria, que dependía a su vez de la clase media editorial, está extinguiéndose.

¿Necesitan ustedes pruebas? Gioia explica que, al entrar en una librería, se encuentra con cubiertas de libros muy chillonas (es una costumbre en Estados Unidos) y parecidas. No es lo peor: hay demasiados libros en serie, escritos con moldes similares y sobre asuntos reiterativos. “Las editoriales replican una y otra vez las mismas fórmulas, incluso aunque muchas de ellas ya no funcionen”, escribe Gioia. No se trata de una impresión: las industrias culturales, en general, sean editoras, discográficas o productoras de cine, producen títulos sin parar pero este evidente exceso de oferta no redunda necesariamente en una auténtica diversidad cultural.

La situación –dentro de los parámetros de un mercado más humilde, como es el hispánico– es idéntica en España, donde algunos mandarines justifican el carrusel de la sobreproducción y otros confunden los libros en depósito de una librería concreta –véase la reciente polémica provocada por los datos de Cegal, la patronal de las librerías, que ha dado lugar al bulo de que la mitad de los títulos que se publican en España no vende ni un ejemplar– con los índices de lectura o el interés real de los lectores.

El problema es de fondo y tiene un rostro distinto: en muchas editoriales, igual que en otros muchos ámbitos de la empresa, se ha instalado un síndrome: la aversión al riesgo. Mejor dicho: determinadas industrias culturales favorecen prácticas que, igual que en su día sucedió en el ámbito de la prensa, que primero confió sus ingresos a la publicidad y después los entregó a las redes sociales y a los buscadores de internet, con resultados calamitosos en ambos casos, cualquier grado de incertidumbre (cosa natural en cualquier negocio), por mínimo que sea, es directamente insoportable. Hay que jugar siempre a lo seguro.

¿Qué es lo seguro? Pues ver todos los días en los datos de la consultora GFK, encargada de certificar las ventas reales de los libros, qué títulos sobrepasan un determinado número de ejemplares –en España la cifra puede oscilar entre los 3.000 y los 5.000 ejemplares– y tentar a sus autores con el señuelo del prestigio que aún atesoran determinados sellos (el fondo de comercio construido por editores independientes y autores profesionales), para que repliquen una y otra vez la misma fórmula. Hay otro camino aún peor: publicar libros de tertulianos y presentadores de televisión. Libros malos de gente famosa. Una contribución indudable a la cultura.

Como explica Gioia, el mayor riesgo que corre una editorial digna de semejante nombre no es fracasar al elegir sus títulos –una tarea en la que invierten poco dinero, a juzgar por cómo pagan los informes de lectura–, sino aceptar que su negocio pasa por no asumir riesgo alguno. Las editoriales españolas –dos grandes grupos multinacionales (Planeta y Penguin Random House) controlan la mayor parte del mercado, después existe una galaxia de sellos de menor tamaño, muchos de ellos incluso unipersonales– dedican menos recursos a los autores que contratan que en actividades paralelas (publicidad y marketing) o en construir, al ritmo que necesita la buena literatura, su catálogo.

La dualización del mercado condiciona la calidad editorial y compromete la diversidad del libro, aunque esta situación (con implicaciones financieras, en las que participan las distribuidoras) se camufle bajo el carrusel de novedades, que otorga a bastantes títulos una vida útil de apenas días, semanas o meses. El libro es un producto que, una vez cubiertos los costes fijos de producción (inferiores a otras industrias: los escritores siempre cobran, si es que lo hacen, haya o no adelanto, en concepto de regalías), a partir de una determinada tirada (la cifra dependerá de la estructura de costes de cada sello), arroja una rentabilidad alta. Tras la primera edición sólo se requieren reimpresiones.

La sobreabundancia de títulos –90.000, según las cifras oficiales en España– no significa que exista un criterio, sino lo contrario: la edición en español libra una carrera acelerada, basada en el método del ensayo y el error. Además es impaciente: si el cisne blanco –ese libro que, sin promoción y sin casi publicidad se convierte en un éxito (sostenido) de ventas– no aparece cada trimestre todo se considera un fracaso.

Ted Gioia alerta de la contradicción a la que aboca la desaparición de la clase media editorial en su país y, en consecuencia, cómo afecta a los escritores que aspiran a tener una carrera literaria). Tres de los títulos de Random House más rentables en Estados Unidos –El ascenso y la caída de las grandes potencias, de Paul Kennedy, Medianoche en el jardín del bien y del mal, de John Berendt o Colores primarios, de Joe Klein– nunca hubieran sido contratados. Cada uno de ellos salió al mercado por primera vez con una tirada discreta. A priori ninguno parecía destinado, según las cábalas de sus propios editores, a tener excesivo éxito.

¿Cuándo cambió el paradigma editorial? A comienzos de este siglo en Estados Unidos. Desde allí los cambios se han ido extendiendo a otros mercados, como el español. Se impusieron nuevas prácticas: menos variedad, más cantidad, repetición y escasa capacidad de sorpresa. Gioia conoce de primera mano la coyuntura previa: su primer libro vendió en la década de los años noventa unos pocos miles de ejemplares (hablamos, de nuevo, de Estados Unidos), pero esto no impidió que su editor le encargase el segundo –que tuvo ventas también modestas– y hasta un tercero, con el que logró mayor notoriedad y vender muchos más ejemplares.

El sistema editorial permitía hasta ahora a un escritor hacer varios intentos antes de asentarse o renunciar. ¿Es posible ahora? Parece cosa difícil: “No sucedería”, responde el periodista norteamericano. “Ahora los editores se comprometen con un único libro y éste debe venderse en grandes cantidades. Los autores que no cumplen con las expectativas son descartados más rápido que una mala cita en Tinder. Editar se parece más a jugar a la lotería que a construir una trayectoria”.

No es un mal exclusivo de las editoriales. Tampoco es nuevo: John B. Thompson ya lo pronosticó en su libro Merchants of Culture (2010). La rentabilidad media del negocio editorial tradicionalmente no solía superar el 4%. Los grandes grupos necesitan que esta cifra alcance el 10%. En consecuencia, los escritores en tránsito –aquellos que todavía reportan una rentabilidad discreta a sus sellos– tienen difícil no ya triunfar, sino poder intentarlo, a pesar del colosal número de títulos publicados y la intensa rotación en librerías. “La cultura literaria”, explica Ted Gioia, “no puede sobrevivir en un mundo con aversión al riesgo, fórmulas manidas y portadas de libros ridículas”.

Gioia, por supuesto, se refiere a la auténtica cultura, no al circo cultural o a la cultura oficial y subvencionada. El Premio Aena –cuya ganadora tiene fijada su residencia fiscal en Alemania– ha logrado la gesta de pagarle (en ventas de libros) a Seix Barral, perteneciente a Planeta, el importe del próximo premio ídem. Negocio redondo por donde se mire. Hasta 2025 la ganadora publicaba con Penguin Random House.

El ministerio de Cultura repartirá este 2026 entre todos los proyectos editoriales, que deben competir entre sí con independencia del tamaño y de los recursos de cada sello, ayudas a la edición por valor de 805.000 euros. Es una cantidad ridícula si la comparamos con lo que recibe el cine (153 millones en subvenciones), aunque –¡oh, maravilla!– ha sido incrementada en 345.000 euros más (hasta sumar 1,1 millones de euros) tras esa estupidez de que Leer es volar (con Aena).

Las ayudas estatales a la traducción entre lenguas cooficiales no superan los 200.000 euros. La Generalitat gastará sólo este año hasta dos millones de euros en subvencionar la producción editorial en catalán, que prima –por criterios políticos– sobre la que pueda hacerse en otras lenguas (a razón de 10 millones para títulos publicados en catalán frente a los 6 que van a otros proyectos de editoriales con sede en Cataluña).

Las multinacionales privadas exigen éxitos editoriales rápidos y masivos sin correr riesgos. Las instituciones catalanas alimentan con dinero público a un sector editorial que carece –por la vía natural del mercado– de suficientes ventas para autofinanciarse. Las editoriales españolas facturaron el pasado año 1.500 millones, un 4% más, pero la cultura literaria cada día es más pobre y estrecha. Barcelona suele presumir de su condición (histórica) de capital editorial (en español), unos laureles que le disputan desde hace tiempo Madrid y México D.F. La decadencia de la clase media editorial pone seriamente en cuestión este título. Convendría regresar pronto al principio de realidad.