Pásate al MODO AHORRO
Javier Serrano Copete y el presidente de EEUU, Donald Trump

Javier Serrano Copete y el presidente de EEUU, Donald Trump Europa Press

Pensamiento

La complicidad del silencio en el Bajo Imperio americano

"¿Qué consecuencias tendrá el papel del Gobierno de Sánchez en este conflicto para nuestra seguridad futura? Sin bomba atómica… no puede augurarse"

Publicada

Es un punto común que la historia consiste siempre en un relato y toda crónica es un espejo de subjetividad.

La historia suelen escribirla los vencedores (véase el ejemplo de Bernal Díaz del Castillo y su inexcusable Historia verdadera de la conquista de la Nueva España o la Guerra de las Galias de Julio César), o, en su caso, las potencias rivales o gentes influenciadas por ellas o con rencillas personales (así Bartolomé de las Casas y las interesadas traducciones anglosajonas de su obra…).

Si algo nos demuestran las redes (muy especialmente X [antiguo Twitter], quizá con la letra idónea para apreciarse la pornografía, en este caso, “informativa”) o buena parte de los informativos, sea el medio que sea, es la extrema desinformación, que pareciere ser inherente a esta etapa posmoderna, que caracteriza a todos los sucesos internacionales.

La cada vez más ausente libertad de expresión e información (que nunca existió plenamente, si es que los categóricos existen fuera de lo platónico) hace a cada cual que escribe, en mayor o menor medida, condicionante de la opinión y estar condicionado en sus palabras.

Los hechos existen, por más que sean interpretables. La imagen de un imperio americano triunfante y hegemónico (sea en la versión de péplum sesentero o de caballo de Atila) no se transmite, ni parece existir, en una guerra, la de Irán, que ha querido vestirse de intervención quirúrgica-militar y parece estar derivando, con escaso margen de duda, hacia una mezcla de expedición de Craso (millonario romano que quiso conquistar Partia, estado antecesor de los Sasánidas y de la posterior Irán, y que acabó con oro fundido en su garganta) y una nueva versión de Vietnam, Afganistán, Irak… 2.0.

La Administración Trump esgrime la OTAN como si de una coalición de estados clientelares serviles se tratara (las semejanzas con los estados helenísticos, como Pérgamo, y la República romana son manifiestos), cuando su razón, y origen, fue la de crear una infraestructura de defensa ante el temor del Bloque soviético.

Hoy, cuando Trump y Putin parecen hacer, incluso, frente común respecto de los últimos estertores de poder de una Europa vieja y, aparentemente, moribunda, la Alianza Atlántica parece estar cambiando de dimensión, pese a que el primer quiebro y abuso de la misma, para propósitos no queridos, fue la intervención aliada en Yugoslavia, siendo Javier Solana secretario general.

Por más que el eje Occidente-Rusia se esté queriendo forzar, levantándose un nuevo Telón de acero a raíz del conflicto ucranio, el verdadero eje es el EEUU-China y la redistribución, eterna, de poder en el mundo islámico entre suníes y chiitas.

Poca duda cabe de que las intervenciones en Venezuela e Irán pretenden dificultar el acceso a China del petróleo (materia prima de la que es, curiosamente, escasamente productor), así como forzar la dependencia energética occidental del gas licuado estadounidense (de ahí, a priori, la dejadez anterior de España ante el conflicto saharaui y las tensiones con Argelia).

La postura del Gobierno de Pedro Sánchez es altamente probable que nos conlleve un susto en la frontera sur, si es que es evitable que lo propio suceda (poco serio es reírse del episodio de Perejil).

Sin embargo, más criticable es cuando se discutió la necesidad de un Ministerio de Defensa y cuando en España, como en otros países de nuestro entorno, se empezó a criticar “lo militar” como etiqueta de prestigio (recuerdo a Colau y el Salón de la Enseñanza).

Sin ánimo de loa, y sin seguidismo alguno, la actitud internacional del Gobierno español es digna de algún elogio soberano, haciéndose sentir a uno, al menos una vez, perteneciente a un país con poder internacional y con una imagen ilusionante.

Por paradójico que parezca, la neutralidad española (recuérdese la que tuvimos en la primera guerra mundial), que se une a la italiana entre otras, y, por ilusionante y cuasi primera vez, a la inglesa, está teniendo mayores consecuencias en el mundo suní del islam que entre los chiitas (a los que Irán pertenece).

Sin entrar en explicaciones religiosas, Irán (ya con la poderosa dinastía de los Safávidas) ha sido el abanderado del chiismo y su principal defensor, estando en continuo pulso con Arabia Saudí y el Imperio Otomano (hoy Turquía), países sunnitas por antonomasia.

Una vez cerradas (parece ser sine die) las puertas de la UE a Turquía, los neootomanos desean recuperar el cetro del poder y la influencia sobre la vertiente suní del islam, hegemónica en cuanto a población y poder.

La voluntad del gigante otomano es alcanzar una preeminencia sobre sus estados vasallos (Azerbaiyán) o hermanos étnicamente en origen (los estados túrquicos del Asia Central… acabados en “están” o “país”), consiguiendo la mayor influencia posible en el antiguo territorio del Imperio Otomano, frente a las aspiraciones saudíes y, en cierta manera, también de Egipto (la mayor potencia militar africana).

Con ocasión de la OTAN (y deleznables episodios como el del Yakovlev Yak-42), los antiguos acérrimos enemigos, Turquía y España, acontecen fuertes aliados y experimentan una oleada de “pasión turca” celebrada por las calles de Anatolia por la postura española frente a Trump.

Erdogan, misteriosamente “ausente”, maquina movimientos geoestratégicos ante la atenta mirada de una Israel hostil hacia él y una dependencia europea que hace tolerarle cualquier cosa

Por otra parte, la “entente suní” de España, que no con Irán, se predica, al fin, para con Argelia. Si bien es un país, en apariencia, no confesional, la importancia de las nuevas, y reestablecidas, relaciones de España para con nuestra vecina Argelia es digna de elogio y celebración geoestratégica.

Al apoyo manifiesto que necesita nuestro país frente a reclamaciones de otros países, se le une nuestra dependencia energética y la necesidad de la economía argelina de tener un apoyo europeo de confianza en la comercialización de sus productos y el establecimiento de cauces para la modernidad.

Finalmente, la estrategia, nada proespañola, de romper la alianza hispano-argelina para vender gas licuado americano parece hacer agua… mientras la postura internacional española es celebrada.

¿Qué consecuencias tendrá el papel del Gobierno de Sánchez en este conflicto para nuestra seguridad futura? Sin bomba atómica… no puede augurarse, aunque los silencios pueden llegar a ser cómplices, y siempre sugerentes, sean estos en Estambul, o en nuestras fronteras.