Pásate al MODO AHORRO
Ignacio Vidal-Folch y Paquita la del Barrio

Ignacio Vidal-Folch y Paquita la del Barrio

Pensamiento

¡Resucita, Paquita la del Barrio!

"En el escenario político catalán, hemos sido educados para tratar a determinados individuos tóxicos y las ideas perjudiciales que éstos sostienen como dignas de ser tomadas en consideración dialéctica. Así, sin percibirlo, por delicadeza, hemos naturalizado cosas monstruosas"

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Me educaron en escribir sin insultar, y me parece bien, he procurado seguir esa norma siempre que me ha sido posible, pues si uno se pone de entrada a llamar a otro “imbécil”, o “miserable”, no es que no haya ya conversación posible, es que con el mismo epíteto se mancha uno. Se rebaja uno al nivel del fango y pierde credibilidad, se enfanga también el texto con palabras feas, y como consecuencia se degrada al lector, metiéndole en una bronca tabernaria, a la que asiste, a lo mejor, encantado al principio, pero luego con sabor a ceniza en la boca.

La exasperación y el vituperio no confieren razón. Es famosa la anécdota del parlamentario (creo que británico) que insultaba a su adversario, el cual, dando muestras de tener un buen dominio de sí mismo y hasta de ironía, o sea de inteligencia, respondió así a los insultos: “Eso, señor, es una digresión. Ahora espero sus argumentos”.

Schopenhauer recomendaba, en El arte de tener razón, según leo en la traducción de Álvaro Cortina: "Cuando se pierde el argumento, el insulto se convierte en la herramienta del perdedor". Eso: del perdedor.

En ese mismo, divertido ensayo, recomienda con cinismo Schopenhauer: "Si adviertes que tu adversario es superior y vas a perder, entonces vuélvete ofensivo". Claro que Schopenhauer recomendaba estos recursos (a los que él se negaba a recurrir, pero hoy muy habituales en la brega política y periodística) a quien quisiera participar en debates miserables: las aconsejaba como trucos de tahúr, funcionales aunque no dignos de respeto intelectual.

Sobre este asunto recuerdo también la anécdota de Valle-Inclán (no sé si apócrifa, pues se le atribuían muchas anécdotas graciosas, pero no todas eran ciertas), según la cual, un día se encontró de frente con su detestado Echegaray (¿o era Benavente?) en una calle de aceras estrechas, en el Madrid de los Austrias. Uno de los dos debía bajarse de la acera para que pasase el otro, y Valle dijo: “Yo no le cedo el paso a loz hijoz de puta”. (Transcribo “loz hijoz” porque Valle ceceaba). El otro, bajando inmediatamente a la calzada, respondió: “Pues yo sí”. Con tan lapidaria réplica, sin pronunciar una palabra de más, Echegaray ganó el… “debate” para la eternidad.

A todos nos parece graciosa Paquita la del Barrio cuando llama al hombre que la ha decepcionado “rata de dos patas”, “animal rastrero”, “adefesio mal hecho” y demás lindezas, pero estaremos de acuerdo en que con estos epítetos no es fácil empezar un diálogo enriquecedor. Vamos, es casi imposible.

Para exponer tu punto de vista, para argumentar, también para criticar con la mayor severidad, es mejor prescindir de los insultos y de las palabras gruesas. Son recursos que causan desagrado en los espíritus civilizados. Son propios de “perdedor”, como dijo Schopenhauer.

Pero esta contención, esta civilidad, tiene también un lado malo: la urbanidad y el trato respetuoso nos lleva a considerar como normales y aceptables cosas y personas que a lo mejor no lo merecen, que son claramente dignas de oprobio, de la reprobación y las injurias más virulentas. Por la puerta del respeto se cuela todo. El discurso civilizado, moderado, normaliza, legitima lo inaceptable.

Durante las últimas décadas, en el escenario político catalán hemos sido educados –para no degradarnos, ni degradar al lector, para mantener la posibilidad del diálogo, que como acabamos de exponer se quiebra cuando se cruzan los insultos— para tratar a determinados individuos tóxicos y las ideas primarias y perjudiciales que éstos sostienen como respetables, razonables, dignas de ser tomadas en consideración dialéctica. Así, sin percibirlo, por delicadeza hemos naturalizado cosas monstruosas.

Pensaba en estas cosas ayer, viendo en El Mundo una foto de Otegi y Junqueras sentados en los dos extremos de una mesa, sonriéndose afectuosamente. Estaba tomada la foto en Barcelona, adonde el secuestrador ha venido para encontrarse con el golpista, y negociar con él algún programa  político que lleve a hacer de España “un Estado plurinacional”.

Y pensar que ese jefe etarra fue recibido con aplausos en el Parlament, en los años del máximo oprobio… Pensar que aquellos parlamentarios incalificables siguen en sus escaños o se fueron a casa de rositas… Y pensar que estos dos… señores son hoy los más firmes sostenes del Gobierno de España. En pura justicia, deberían seguir en la cárcel, donde han pasado los años menos dañinos para esta nuestra querida comunidad.

En pura justicia, ya que no se les puede encarcelar otra vez, y ya que la educación y la urbanidad y el respeto al lector me impiden referirme a ellos y a los parlamentarios del aplauso en los términos que merecen, ojalá que por lo menos Paquita la del Barrio resucitase y les dedicase una canción.