Carlos Mármol y una imagen del filósofo Condorcet
La España binaria y el teorema (democrático) de Condorcet
"El filósofo francés sostenía que la sabiduría de las masas, que crece en paralelo a la participación en unas elecciones plebiscitarias, se convierte en locura frente a la complejidad de las cosas"
El mecanismo maestro que rige la política española es la batalla electoral. No hay más. Ni las estúpidas narrativas de los politólogos ni las terrestres lógicas de poder que devoran a los partidos –organizaciones clientelares que se conducen por la ley de la sumisión y la filosofía del do ut des– importan en exceso.
Sépanlo, queridos indígenas: cuando podamos votar, que eso también depende de los gobernantes, no del deseo soberano de los ciudadanos, la elección nada tendrá que ver con frenar a la ultraderecha, oponerse a la guerra de Irán, simular ser una alternativa al trumpismo o hacer creer a los incautos que aún es posible una revolución.
¿Quiere usted que el Insomne perdure o desea que sea sustituido? La disyuntiva parece simple. Porque eso es lo que se nos dice que decidiremos cuando este Gobierno que no gobierna permita hablar a la sociedad, en lugar de confinarla a golpe de decretos sin aprobar ni un presupuesto en lo que va de legislatura. Ni uno. Pero también votaremos otra cosa mucho más trascendente: ¿queremos seguir siendo tratados como tontos?
No es, pues, nada extraño que la Moncloa y sus colonias pretendan plantear las siguientes estaciones del ciclo electoral –Castilla y León ahora, Andalucía en junio, y las generales cuando convenga– en términos binarios. Eso es la sonrojante campaña del No a la guerra, que pretende instaurar una épica imposible y resucitar el pretérito en favor del señorito del PSOE.
La cosa no dejaría de ser cómica si, al mismo tiempo, no resultase trágica. Apelar al patriotismo para sostener a quien no ganó las elecciones y fue investido tras vender la dignidad de la democracia española a quienes no creen en ella –eso es la amnistía–, resulta de una hipocresía cercana a lo patológico.
Y, sin embargo, en esto andan todos los propagandistas. Como antítodo apelamos a la lección de lógica que estableció en el siglo XVIII el filósofo y matemático Marie Jean Antoine Nicolas Caritat, ilustre Marqués de Condorcet, acerca de las probabilidades de acertar (o no) que tiene un cuerpo electoral.
Condorcet era un girondino liberal que, al estallar la revolución francesa, confiaba en que la razón salvaría a la nación. A él debemos el modelo educativo ilustrado (enseñanza laica), el borrador de una constitución y la firme defensa del voto de las mujeres. Su decisión de oponerse a llevar a la guillotina al rey Luis XVI lo condenó a ojos de los jacobinos radicales. No tardaría –como sucede en todas las sectas primero, y después en los partidos– en ser acusado de traidor. Se escondió e intentó huir del París sangriento de los sans-culottes. Sin éxito. Su sabiduría no lo salvó de morir en la cárcel, tras suicidarse con veneno.
Antes de contemplar el triunfo del irracionalismo revolucionario, Condorcet estableció en un libro –Ensayo sobre la aplicación del análisis a la probabilidad de las decisiones sometidas a la pluralidad de voces (1785)– un teorema en defensa de la democracia y en favor de la inteligencia colectiva. ¿Qué dice su máxima? Básicamente que la probabilidad de que un grupo social llegue a la respuesta correcta ante una decisión entre dos opciones crece con el aumento del tamaño del colectivo si, a la hora de aplicar la regla de la mayoría, el promedio de las probabilidades individuales de decidir con sustento es superior al 50%.
Dicho de otra forma: la mayoría de los individuos tiene más opciones de acertar que de equivocarse si la elección es antitética (A o B). Pero si no lo es, y además cada persona es propensa a fallar, la situación se revierte y la probabilidad de que el grupo acierte tiende a cero a medida que su tamaño aumenta. La calidad de una democracia depende, además de los contrapesos del poder, de la buena información, la madurez cultural y la capacidad de discernimiento de cada elector.
Una suma virtuosa exige previamente la virtud de cada uno de los sumandos. Por eso lo deseable en una democracia digna de tal nombre sea que la abstención sea mínima o, en su defecto, limitada. Porque el problema es que si los términos de la elección trascienden el marco binario (blanco o negro) el margen de error se dispara.
Condorcet era un sabio idealista: su conjetura parte de la creencia de que cada votante decidirá con independencia de lo que hagan los demás –obvia el efecto contagio– y en función de sus convicciones. Con coherencia. De sobra sabemos que la realidad desmiente esta lógica, lo que permite que todos los políticos formulen sus mensajes en términos sectarios –amigos y enemigos, socios o adversarios–, apelen a la sentimentalidad más primaria de las masas electorales y llamen democracia a la simple dictadura aritmética de los plebiscitos.
Porque se trata, en definitiva, de que usted, querido indígena, no piense y actúe de forma impulsiva, igual que si estuviera delante de una máquina tragaperras. Así que ya saben: aunque estén en contra de la guerra, no olviden que la realidad –como decía Antonio Escohotado– se diferencia de las abstraciones y de las pamemas en que éstas son de una simpleza colosal, mientras que la primera atesora un pormenor infinito. La sabiduría es cualquier cosa menos multitudinaria. Pensar antes de hablar o elegir –algo o a alguien– es el único método infalible para que no nos sigan tratando como tontos.