Van Morrison

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Van Morrison y el estilo tardío: dos discos para un canon vivo

Con sus dos últimas y consecutivas entregas, Remember Now (2025) y Somebody Tried to Sell me a Bridge (2026), el octogenario músico irlandés suma nuevas obras capitales a su particular colección de maravillas discográficas

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Existe una idea bastante extendida según la cual, al final de la vida, el creador de música popular se dedica a vivir de las rentas; que pasados los años de empuje juvenil o la ya lejana madurez a uno solo le queda rememorar los grandes éxitos (los refritos), o languidecer con mayor o menor elegancia (publicar saldos). También quedaría otra, más deseable si cabe, más consecuente y difícil, que consistiría en guardar silencio si uno no tiene ya nada valioso que decir. 

En Sobre el estilo tardío, la obra que el pensador Edward W. Said dejó prácticamente terminada antes de morir, se desmonta ese tópico. Said examina la obra tardía de los grandes artistas y descubre que, lejos de la claudicación o el continuismo, muchas de esas creaciones chocan con el gusto de su tiempo o con la obra anterior de sus propios autores. Señala también la existencia de una suerte deserenidad sobrenatural” en algunas últimas obras. Eso vale para Francisco de GoyaHenry Matisse —y sus magníficos últimos collages, toda vez que sus manos temblorosas le impedían empuñar el pincel— o para Beethoven si me apuran ¿Pero cómo le sentaría el estilo tardío al gruñón de Van Morrison?

En sus clarividentes Seis propuestas para el próximo milenio, Italo Calvino refiere la historia del pintor chino Chuang Tzu para reflexionar sobre la rapidez o lentitud en el arte. La cosa va más o menos así: un rey le pide a Chuang Tzu que dibuje un cangrejo y este le responde con una serie de exigencias técnicas y vitales: necesitará cinco años y nada menos que una casa con doce servidores. Cinco años después, cuando el dibujo no está ni tan siquiera empezado, el pintor solicita al monarca un nuevo lustro para poder completarlo. El rey, sorpresivamente para nosotros, se los concede. Transcurrido el tiempo, Chuang Tzu toma el pincel y en un instante, con un solo gesto, dibuja el cangrejo más perfecto que jamás se hubiera visto.

'Moving in Skiffle'

'Moving in Skiffle'

Algo similar, pero sin apenas periodo de incubación —ni sirvientes, ni rey, ni cangrejo— le sucedió a George Ivan Morrison (Irlanda del Norte, 1945) con su primer single en solitario, el celebérrimo Brown Eyed Girl que, aunque realizado por un chaval de Belfast de no más de veintidós años, parecía sacado del magín de un maestro soul de ochenta años de cualquier encrucijada perdida del sur de Estados Unidos, después de haberle vendido al alma al diablo. 

Pero incluso antes de ese primer tema excelso, en plena adolescencia el arisco irlandés ya se dedicaba a ser multinstrumentista —guitarra, harmónica, teclados, saxofón— en las bandas locales. Con el grupo Them escribió Gloria, otro clásico instantáneo, casi al mismo tiempo que él mismo la descubría, ya que el grupo no era fan de los ensayos. Cuentan que dependiendo del estado emocional en que Van se encontraba la longitud de la canción se podía estirar hasta veinte minutos.

Parece ser que las décadas de observación y esponja —los lustros de la fábula de Calvino— las tuvo de niño. Si Jorge Luis Borges declaraba que el hecho más sustancial de su infancia había sido tener acceso a la biblioteca de su padre, de Morrison podríamos aceptar que ese hecho constituyó el sumergirse en al colección de discos que el suyo había reunido en una estancia en Estados Unidos. Ray Charles, Salomon Burke, Jelly Roll Morton, Lead Belly. 

El gusto del padre era extremadamente ecléctico y el niño se crió a los pechos sonoros del jazz de Charlie Parker, del Woody Guthrie más folk o del soul de Mahalia Jackson. Para acabarlo de arreglar, el padre le compra una guitarra a los once y le hace aprender las canciones de un libro de Alan Lomax, el famoso rastreador de las tradiciones populares. Aquella mezcla —no en vano es hijo de electricista y bailarina de claqué— definió lo que estaba por venir: a los doce años ya tenía banda propia y dividía su tiempo entre trabajillos alimenticios (limpiador de ventanas, repartidor)  y el desarrollo de su talento musical.

'Remembering Now'

'Remembering Now'

Lo que vino después es conocido por todos. Astral Weeks, Moondance, Avalon Sunset y tantos otros. Morrison encarna una excelencia vocal e instrumental sin parangón. Una síntesis personalísima que contiene el pellizco orginario del blues, el desarrollo del jazz, unas letras que beben del folk y esa manera de aunarlo todo en esa etiqueta propia: Celtic Soul. Una base de música negra atravesada por inflexiones melódicas del norte británico, servida con el brío, la mala leche y el empuje místico y arrebatado del León del Belfast (Van The Man). El tipo hosco que no habla más que para pedir aplausos para su banda en el escenario y que aprovecha ese aplauso para escapar camino del aeropuerto. El mismo que explica que nunca le ha interesado circunscribirse a un género determinado, sino seguir el impulso físico, espiritualm de su propia canción, incluso cuando esta lo ha enfrentado a discográficas, público o a sus propios músicos.

No sabemos que pacto fáustico habrá llegado Morrison con el diablo —tal vez tragarse todas los bulos conspiranoicos respecto al Covid— pero sus dos últimos discos, completando una década espectacular en lo prolífico, son impresionantes. En Remembering Now (2025) especialmente. El single 'Down to Joy', procedente de la banda sonora de Belfast (de Keneth Branagh), es una canción antológica. Entre la nostalgia y el júbilo, en el que la banda  —vientos, cuerdas, Hammond a tutiplén—crea una sensación de celebración casi religiosa.

Otros cortes, como 'Havent Lost My Sense of Wonder', actúan como testamento para llevar una buena vejez: 'Ive got my faith and my joy is still here (repite la letra ese motivo como un mantra). Más introspectivas, 'Stomping Ground' y el tema que da título al disco 'Remembering Now' evitan la nostalgia fácil para convertir el regreso a los lugares de la infancia —calles grises y sin belleza aparente: Shady Lane o Strandtown— en algo parecido a una liturgia personal, un acto de memoria que no se rinde al pasado, sino que lo rescata para siempre. Su mejor álbum de material original en décadas, acaba con subrayando el lirismo de su cierre con 'Stretching Out' y 'When the Rains Came'.

Apenas siete meses después, Morrison entrega Somebody Tried to Sell Me a Bridge (2026), que podríamos traducir como Alguien intenta venderme una moto. un álbum que literalmente se vuelve hacia la fuente que mana y corre del blues, que por otra parte, siempre han atravesado su música. Aquí, los títulos de canciones son referencias directas al repertorio tradicional: desde 'Kidney Stew Blues' y 'King for a Day Blues' —dos temas asociados al jump blues de Eddie Cleanhead Vinson— hasta interpretaciones propias de clásicos como 'Rock Me Baby' (popularizado por B.B. King) y 'On a Monday' (de Leadbelly). 

'Somebody Tried to Sell Me a Bridge'

'Somebody Tried to Sell Me a Bridge'

En estos cortes, la voz de Morrison se asienta en la tradición de los bluesmen: hay gruñidos, arrastres de fras, y un fraseo que, a sus ochenta años, recuerda la manera en que los viejos narradores relatan sus cicatrices con humor y fiereza. Las colaboraciones también son significativas: Taj Mahal agrega armónica y voz en temas como 'Betty and Dupree', mientras Buddy Guy comparte guitarra y voces en el intenso 'Im Ready'.

Chicago y Memphis sin concesiones, un poco como la serie de rescates de Bob Dylan del folklore de Estados Unidos, pasando de la exigencia de rapidez o novedad del oyente contemporáneo. Escuchados en conjunto, ambos discos confirman que Morrison es dueño de ese maravilloso estilo tardío que ensaya Said. No hay urgencia por innovar ni por dialogar con el presente en términos de actualidad cultural. Por eso los discos son vivos y contemporáneos. 

Cuando escuchamos a Van Morrison no solo estamos escuchando al agrio ni al conspiracionista —que sin duda también son él—. El tipo que berrea o susurra no es ese señor que sobrepasa los ochenta años ni el personaje público que refunfuña ante la prensa o da la espalda al público antes de que terminen los aplausos. Lo que escuchamos es otra cosa, algo más antiguo y más persistente: a alguien poseído por el mandato de cantar.

Alguien para quien cantar no es una elección —aunque Morrison lo niegue—, ni un oficio (aunque viva de ello), ni un lujo estético, sino una necesidad urgente, casi fisiológica, comparable a respirar o caminar. Por eso se ha dicho, con razón, que la voz de Morrison es una voz total, una voz que contiene a las demás. En ella resuena la señora que hace la compra con las manos agrietadas por el frío, el obrero que maldice a media tarde, el unionista que trina en la taberna, el místico que murmura una oración y hasta el negacionista cascarrabias al que algunos vecinos no se atreven a saludar.