Portada de la edición 'extra-brut' de 'Honestidad Brutal', de Andrés Calamaro

Portada de la edición 'extra-brut' de 'Honestidad Brutal', de Andrés Calamaro

Músicas

La vida 'extra-brut' de 'Honestidad Brutal'

El músico argentino resucita el segundo disco en solitario de su etapa española en un 'box-set' donde, además del máster original, incluye nuevos descartes, versiones 'naked' y maquetas

5 febrero, 2023 19:15

Los discos de ruptura sentimental tienen buena prensa. Tal vez excesiva. Su mezcla de sentimiento, vísceras y salseo resulta una mezcla imperecedera para fans, periodistas y diletantes. Representan casi un subgénero independiente dentro de la música rock. El tópico dice que son discos que sangran –ejem— de desamor, pero la verdad es que su poder comercial es mayúsculo en un mundo, el de la música popular, donde, mal que no nos pese, la música no es lo más importante. En el mejor de los casos, la industria musical es una mezcla bastarda de fotogenia y carisma. Mitad talento, mitad Gran Hermano, versión Vasile. Una mezcla bastarda de fotogenia. Así, aspectos tan etéreos como el carisma, las fotografías de prensa o la intuida vida privada de los artistas repercuten sobremanera en la recepción de las obras que nos ocupan.

El ránking de los discos de ruptura en nuestro ecosistema suele encabezarlo Blood on tracks, la obra maestra de la que Bob Dylan asegura que no versa sobre las discusiones con su ex esposa Sara Lowlands. Nos gustan también The Boatmans call donde Nick Cave expone su herida con P.J Harvey, Vulnicara de Bjork o el Back to Black de Amy Winehouse. En versión patria, destaca Diecinueve días y quinientas noches de un Joaquín Sabina de gira de despedida de un amor y de todas las barras de España. Honestidad brutal, el disco de Andrés Calamaro que ahora nos ocupa, ha pasado a la historia como uno de los mejores discos de ruptura –muchos aseguran que el mejor– del rock en castellano. Su filación con Blood on tracks es evidente desde la portada, pero, más allá de la fijación estética –la mímesis de Calamaro a la Dylan es impresionante– el disco tiene su propio universo que trasciende las canciones de desamor.

andres calamaro 03

El disco es de ruptura, sí, pero lo que rompe Calamaro con el disco es la manera de componer y grabar en la industria de los finales del siglo XX. Andrés venía de culminar la gira de Alta Suciedad, tal vez su disco que suena mejor, con mejores canciones, con el carisma por las nubes y alta autoestima. Los de Dro/Warner estaban por concederle todos los caprichos y a fe que lo aprovechó. Es delicioso escuchar las declaraciones –en el podcast La historia extra de Honestidad Brutal– de los encargados de la discográfica, Alfonso Pérez y David Bonilla, persiguiendo a él y su corte polirítmica y politoxicómana, por el mundo –de Miami a Buenos Aires de Buenos Aires a Madrid y vuelta a empezar– como detectives salvajes.

Ahora, más de veinte años después del original, ha salido Extra brut. La edición, diríamos todavía no definitiva, pero sí casi definitiva ya que todavía quedan grabaciones no encontradas ni indexadas por ahí. En esta edición consta de seis cedés y abundante material gráfico. Entre ellos se encuentran el mítico Versión Original, –que salió en doble vinilo en un Record Store Day– y que recoge las diecisiete semillas de lo que después fue el disco. También incluye más de cuarenta tomas nunca antes escuchadas, donde se mezcla lo sonrojante –ahora entendemos porque nunca salió la versión de Negrita junto Alejandro Sanz– con lo valioso: el famoso hit oculto Graciela –la favorita del productor Joe Blaney–,la valiosa Colegio de animales o el nuevo blues-confesión: El fontanero.

Lo primero que rompe Honestidad es el formato clásico de un disco comercial en castellano. Treinta y siente canciones en un cedé doble –recuerden que eran épocas vinilofóbicas– que, en efecto. contienen canciones que hablan de los restos de rotos de una relación extinta, pero también muchas otras cosas. A saber: la importancia de la amistad masculina, la explicitación del legado musical: Pappo, Miguel Abuelo, Moris –¿Calamaro crea a sus precursores?-– la relación con el veneno, la escritura automática, la crónica del mismo proceso de composición y grabación. Pero no solo rompe la unidad temática a lo grande si no que también rompe la coherencia musical de la producción. Honestidad suena a muchas cosas. Algunos acabados son excelsos, los otros crudos. Alta-baja fidelidad. Conviven la sobreproducción y lo austero.

Calamaro / DANIEL ROSELL

Calamaro / DANIEL ROSELL

¿Entonces puede ser considerado un disco o una simple colección de canciones? Lo explica Patricio Pron en el libreto que acompaña a la nueva edición. “Pero si Honestidad brutal funciona tan bien como disco bisagra es porque, pese a la dispersión más que evidente –y mejor documentada– de su creador durante la gestación del disco, éste también puede plegarse sobre sí mismo como las hojas de un libro: Maradona se recuesta en Socio de la soledad y en Hacer el tonto; Prefiero dormir, en Las dos cosas; Paloma conecta con El día de la mujer mundial; No tan Buenos Aires, con Ansia en Plaza Francia; Con Abuelo tiene un vínculo no sólo geográfico con No tan Buenos Aires; El tren que pasa, con Las dos cosas; Mi quebranto, con Eclipsado y con Socio de la soledad; Los aviones, con Aquellos besos; La parte de adelante, por supuesto, con La parte de atrás. Los ejemplos abundan”.

Un disco de una variedad absoluta que tiene varios ritornellos, o tejidos que se repiten y lo dotan de coherencia. Y lo más importante, que sigue sonando como un tiro. Todo cabe ahí. La euforia y la derrota. La confesión y el juego. Es resumen de los discos que ya grabó y de los que todavía estaban por venir. Un disco entre siglos, que une el XX y su nostalgia –nunca más se volverá a grabar en esas condiciones, con ese dinero y sin cortapisas comerciales– y lo que vendrá, el desarrollo de lo-fi, aunque este sea un lo-fi estilizado, un sonido muy propio. 

Las canciones han envejecido bien. Nada suena viejo u obsoleto. La sombra de Dylan, pero también la de muchos otros. Parece que remede a Borges, si este se enorgullecía más de las páginas que había leído que las que había escrito, Calamaro parece poner más énfasis en lo que ha escuchado. Así, los escuchantes adolescentes ibéricos del argentino descubrimos de su mano de la cumbia, de la ranchera y del tango y todo sin forzar nada ni querer ser guay. Más que un disco es una radiografía de la mente de Calamaro en la época, una jukebox ecléctica, fresco, profundo y definitivo.