Imagen promocional del REM

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Músicas

REM: madurar, escapar, alcanzar la cima

'Automatic for the People', el extraordinario ejercicio musical de introspección y penumbra del grupo de Georgia tras el éxito masivo de 'Out of Time' cumple su trigésimo aniversario

7 agosto, 2022 20:00

Vender veinte millones de ejemplares de un solo álbum ha de significar algo. Este dato por sí solo invita a ubicar Automatic for the People muy arriba, en un lugar especial en el conjunto de la obra de REM, un grupo del que uno diría que tras su adiós oficial en 2011, para entonces con la banda ya reducida a trío, ha sido menos recordado o reivindicado por sus coétanos de lo que fuera de toda duda merece su extensa, admirable y desacostumbradamente consecuente discografía.

Con Automatic for the People (1992), podría decirse, la banda de Michael Stipe, Peter Buck, Mike Mills y Bill Berry consiguió tres cosas, ninguna de ellas ni siquiera remotamente sencilla: esquivar cualquier tentación de entregarse a la inercia y a las comodidades del más vacuo estrellato, romper el techo de la escena del rock alternativo donde llevaban años reinando para llegar a una audiencia muchísimo más amplia (universal, en el sentido menos napoleónico del término) y no necesariamente familiarizada con su espléndido catálogo anterior, y, en un doble tirabuzón final, llevar a cabo ese proceso de seducción con el que era su trabajo más sombrío, introspectivo y en cierto modo desconcertante hasta entonces.

REM

Automatic for the People es en muchos sentidos algo así como el reverso de Out of Time, el formidable disco de 1991 que gracias al impacto de Losing my Religion y sus inolvidables acordes de mandolina le abrió a REM las puertas del mainstream y de la memoria sentimental de medio planeta. Tras este colosal éxito, en la cima de su popularidad hasta la fecha, sus miembros sintieron que necesitaban tomarse un respiro. Por primera vez en muchos años, después de siete discos, con joyas como Murmur (1983) o Document (1987), y con una incesante actividad en directo a sus espaldas, el grupo decidió no hacer gira tras el lanzamiento de Out of Time y se concentró en escribir canciones sin prisas ni ataduras a sus propias señas de identidad para no dejarse esclavizar por las expectativas creadas.

De modo que el cuarteto de Athens (Georgia) se entregó en el local de ensayo a toda clase de experimentos, ese sinónimo pomposo del juego, para lo cual, entre otros métodos, intercambiaban sistemáticamente sus intrumentos. El afán era evitar en lo posible los vicios adquiridos, negarse a sí mismos el recurso al comodín del oficio. Según contó luego Peter Buck, la única consigna firme y explícita era: todo lo que suene a REM, a la papelera. Todos frisaban entonces la treintena y comenzaban a preguntarse de verdad hacia dónde iban sus vidas, por lo que cabe entender el álbum, un profundo y ahora qué estilístico, como una reacción a esa inquietud existencial.

Resulta curioso que la vaga intención inicial de hacer un disco más rockero y contundente que Out of Time, con guitarras abrasivas y crujientes, se deslizase por el contrario hacia la introspección y la melancolía. Los pensamientos sobre la muerte y otras clases de pérdidas, la soledad, el paso del tiempo y sus estragos, la familia o la vulnerabilidad intrínseca del ser humano no eran nuevos en la obra de REM ni en el universo lírico de Michael Stipe, pero aquí hallaron un correlato sonoro más armónico y consecuente que nunca. Producido por los cuatro integrantes del grupo junto a Scott Litt, que venía trabajando con ellos desde el espléndido Document (una de los documentos fundamentales de lo que en aquel entonces se dio en llamar Nuevo Rock Americano), el álbum cogió con el pie cambiado a no pocos de los seguidores de REM desde sus comienzos.

Sonido en penumbra, abundantes medios tiempos, escasa presencia de la batería, pianos, órganos eléctricos, profusa instrumentación acústica y protagonismo de los arreglos de cuerda de los que se encargó John Paul Jones, quien fuera bajista de Led Zeppelin y al que la banda reclamó por la admiración que les había despertado siempre su trabajo en canciones como Kashmir o al servicio de Donovan, el cantautor lisérgico. Sorprende, hoy muchísimo más que entonces, todo sea dicho, que un disco amargo y triste, sin concesiones a la galería ni hits pegadizos, un trabajo exquisito y detallista pero austero y carente de pegada inmediata y por tanto no particularmente accesible para el gran público, fuese el enorme éxito comercial que fue. Eran otros tiempos.

R E M AUTOMATIC FOR THE PEOPLE CD MINT PRESSING

Que el primer sencillo que se lanzó fuese Drive, la canción que abre el disco, constituía ya una declaración de intenciones en toda regla: atmósfera nocturna, raíces folk, sentido dramático, contenida belleza épica, ausencia de estribillo. Acerca del disco llegó a afirmar Bono –de U2, aunque suponemos que no era necesario aclararlo– que era “el disco de country más grande jamás grabado”, boutade que no hay que asumir en términos literales, pero que en última instancia nombra un aspecto cierto que tiene que ver con el poso del disco y su agridulce espectro emocional.

Tan sólo The Sidewinder Sleeps Tonite, una canción de pop diáfano que el grupo incluyó para colorear algo el tono sombrío del conjunto, e Ignoreland, una andanada contra las políticas del Partido Republicano que remite al sonido más fresco y urgente de la obra temprana de la banda, ejercen de recordatorios de los anteriores REM en la que es, con todas las letras, una majestuosa obra de madurez, un ejercicio de clasicismo que todo el mundo recuerda principalmente por dos de sus joyas: el tratado de pop-soul minimalista que es Everybody Hurts y Man on the Moon, el precioso homenaje de Stipe al enigmático comediante Andy Kaufman, que tuvo también algo de broma privada, pues el propio vocalista confesó que la escribió pensando en fastidiar a su buen amigo Kurt Cobain: el reto era superar los yeah que tan a menudo sonaban como muletillas en las canciones de Nirvana.

Ya que ha salido a colación uno de los grupos que representan con mayor precisión el zeitgeist hegemónico en el rock de los años 90, justo es añadir que otro logro en absoluto menor de Automatic for the People fue el ensanchamiento de las posibilidades expresivas de REM, la conquista y la reafirmación de una voz propia e intransferible, personalísima. No pocas bandas que emergieron de su mismo caldo de cultivo de campus y radios universitarias de los años 80 fueron perdiéndose entre la ebullición del grunge y el fenómeno arrollador del brit-pop, ya fuera porque la coyuntura los hiciese sonar repentinamente desfasados o, casi peor, por sus forzados y vanos intentos de confundirse y mimetizarse con el nuevo paisaje. “Hey kids, rock & roll / Nobody tells you where to go”, canta Stipe en Drive nada más comenzar el disco.

Alguien escribió que parecía decirlo, atisbando ya no tan lejos su llegada a la mediana edad, con una mezcla de recelo y envidia. Puede ser. Pero lo que es seguro es que él mismo y sus compañeros se aplicaron también el cuento, y al hacerlo alumbraron uno de los discos verdaderamente indispensables de aquella década y un clásico del pop-rock contemporáneo inasequible al desgaste.