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Teresa Berganza: timbre cálido, tono sostenido

La ‘mezzosoprano’ madrileña, bendecida por el don de la naturalidad, una de las grandes voces de la ópera, interpretó a Rossini, Bizet y Mozart y fue la voz de un pueblo que quiere y sabe sentir

'Homenot' Teresa Berganza / FARRUQO
'Homenot' Teresa Berganza / FARRUQO

Fue la mezzo que llegaba una sola vez al Si y varias al La, según mandan los cánones para el papel de la mítica gitana, empleada en la fábrica de Tabacos de Sevilla. Carmen exige registro grave, personalidad y capacidad para el baile. Teresa Berganza, fallecida en Madrid a los 89 años cumplía todas las condiciones de la diva suprema, María Callas, con la que trabó una gran relación y a la que ella ha recordado, en alguna ocasión, casi acunándose en las rodillas de Traviatta.Quiero irme sin hacer ruido”, dijo anticipando el epílogo; y la verdad, Berganza deja un vacío en lo humano y en lo artístico. Ha sido la mezzo de Rossini, Bizet y especialmente de Mozart para los muy mozartianos, amantes de la ruta de Salzburgo, la ciudad del Castillo de la Sal, hecha de calles empedradas, pisadas tantas veces por uno de los mayores genios que ha dado la música.

Ella interpretó Ah se fosse intono, Ah perdona al primo affetto o Deh per questo instante, representando a Vittellia, amante de Seso y aspirante a esposa del emperador, en La clemenza di Tito, con aquel rey de reyes en el papel destinado a un castrato, residuo del pasado, memoria indeleble de la ópera. Desaparece Teresa y recoge los frutos su hija, Cecilia Lavilla Berganza, de cuna mecida en la mejor melodía; madre e hija han actuado juntas en muchas ocasiones. Berganza debutó en los cincuenta en el Ateneo de Madrid y saltó al gran escenario poco después, en Aix-en-Provence, en el papel de la Dorabella mozartiana de Cosi fan tutte, la historia de dos hermanas que se reparten los pretendientes e intercambian sus amantes siguiendo los consejos de la sirvienta, Despina.

La soprano resplandeció en el brindis, canon a cuatro voces, de E nel tuo, nel mio bicchiero, y en la escena final, con V’ingannai ma fu l’inganno, alto desideratum del engaño amoroso. Su éxito fue tan rotundo que empezó a dar vueltas por los teatros de ópera de todo el mundo, olvidándose casi de su origen. Berganza había estudiado piano, armonía, composición, órgano y violoncelo, pero se dedicó al canto gracias al empuje del aula de Rodríguez Aragón. Tuvo su propia predilección por los más grandes: Solti, de Karajan, Abbado y Karl Böhn, este último marcado por su relación obsesiva con la ciudad wagneriana de Bayreuth.

Tuvo un estreno centelleante en Dallas, junto a la Callas, en la Medea de Cherubini, con libreto de Hoffman, inspirada en las tragedias de Eurípides y Séneca. Todo encajó, como un deportivo regalado llave en mano. La obra llegó a España en el estreno de 1976 en el Liceo, de la mano de Carlo Zangarini, dejando tras de sí el éxito recordado de la maga poderosa, esposa repudiada del príncipe de Tesalia, enamorado de Glauce. Pero no estaba Berganza. Ella coronó la música del barroco y entró en el bel canto, de la mano de Alfredo Kraus en El Barbero de Sevilla de Rossini.

La proximidad musical y sensible al compositor la convirtió en especialista. Y así llegaron La Cenerentola, La italiana en Argel, Languir per una bella y otras. Un repertorio de larga duración que Berganza solo interrumpió para volver a Mozart, en Las Bodas de Fígaro. Fue en Viena y bajo la batuta de Karajan, el director al que ella se había atrevido a negar en su primer encuentro; esperó y, en este segundo caso, la ocasión lo mereció. Hoy toca recordar además que su magistral Cenerentola es la que el empresario de Barcelona, J. A. Pàmias, le encargó por su debut en el Liceo, en febrero de 1971. No volvió más al Gran Teatro barcelonés.

A la mezzo del siglo XX –ahí es nada, cuando empezaba la hegemonía de Montserrat Caballé– le costó años volver a casa. Lo hizo en el teatro de la Zarzuela de Madrid, templo de la lírica  española –allí tiene un palco con su nombre, como rótulo conmemorativo– con el país entero rendido a sus pies. Los aficionados saben bien que ella ya no nos abandonó; sintetizó con extrema facilidad la universalidad de su arte y las gotas de casticismo necesarias. Recuperó su esencia madrileña –nació en la Calle de San Isidro– con ocasión de la reapertura del Teatro Real y, al conocerse su fallecimiento, el director escénico del mismo Real, Joan Matabosch, manifestó contundente que “Teresa Berganza ha sido una de las más grandes cantantes de la historia de la música. Por la maravilla de su voz y de su técnica, pero sobre todo por ese canto de una naturalidad desarmante. Todo sonaba natural, sencillo, expresivo, incluso cuando se trataba de las vocalizaciones pirotécnicas de una partitura de Rossini. Lograba que en su canto no existiera la más mínima voluntad de artificio gratuito. Ha cantado Mozart como nadie, ha sido crucial en la reivindicación del repertorio rossiniano olvidado durante décadas, y también fue esencial su interpretación de Carmen”.

Berganza actuó en los Juegos del 92 en Barcelona y en la Expo de Sevilla. Conoció a fondo su rol en el mundo del canto. No apostó por el virtuosismo sino por la expresividad; alertó de las confusiones en las voces femeninas: “Las sopranos ligeras se meten en repertorios dramáticos, lo que acorta sus carreras”. En 1991 ganó el Premio Príncipe de Asturias de las Artes y poco después fue nombrada académica de número de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando; fue la primera mujer en obtener la distinción, coincidiendo con el 250 aniversario de la institución. Denunció la ausencia de auténtica maestría en los teatros de ópera; apostó por el canto para todos, marcada por los principios de liberales y laicos que le contagió su padre, encarcelado por rojo, en la difícil etapa de posguerra.

Desde las altas cumbres del arte absoluto, Teresa Berganza ha sido también la voz de un pueblo que quiere sentir. Nunca le provocó un sarpullido su piel fina pegada a los colgantes, los tules y las sedas: ella cantó de joven con Carmen Sevilla y aprendió mucho y también lloró al lado de Juanito Valderrama, porque la copla está solo alcance de los divinos. Muchos han dicho que su Carmen hubiese sido la preferida de Bizet, por delante de Callas. Teresa, timbre cálido y tono sostenido, era una mujer dotada para amar desaforadamente, aunque supo proteger su latido, demasiado expuesto a los ojos el público. Cuando dice canto por amor, se alinea con el cruce metafísico-carnal del soneto de Quevedopolvo serás mas polvo enamorado– dedicado a Lisi.

Ha sido rigurosa hasta la extenuación, sin parecerlo. No se subió a la escena con la Callas cuando esta la invitó a cantar la Norma de Puccini; lo ha lamentado, pero en aquel momento no se sentía preparada. También lamentó no haber interpretado La Traviatta, un escalafón de honor que nunca le discutió a La Divina de origen griego, nacida en Estados Unidos. No la olvidaremos fácilmente; aunque se hacía esperar años y hasta décadas, ahora pondremos toda la atención a las grabaciones de la “voz sin fisuras”, como la llama el enciclopedista Roger Alier.