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El diario de Helga

El testimonio de Helga Weiss en un campo de concentración no tiene nada que ver con los artefactos de la industria kitsch del Holocausto como 'El niño del pijama de rayas'

Imagen de la portada del libro 'El diario de Helga' / SEXTO PISO
Imagen de la portada del libro 'El diario de Helga' / SEXTO PISO

Acaba de publicarse El diario de Helga. Testimonio de una niña en un campo de concentración, de Helga Weiss (ed. Sexto piso), libro que algunos periódicos extranjeros han definido como “el diario de una Anna Frank checoslovaca”.

Aunque como artefacto narrativo no puede compararse con el diario, tan articulado, elocuente, meditado e inteligente de la niña holandesa que pasó varios años oculta en una casa de Amsterdam, hasta que ella y su familia fueron detenidos y llevados a Bergen Belsen, donde murió de tifus; y aunque el diario de Helga fue parcialmente escrito o completado en el año 1945, después de que la autora, liberada de Auschwitz, estaba ya de vuelta en Praga, de manera que no es propiamente lo que dice ser, o sea un testimonio puntual tomado sobre el terreno, El diario de Helga es un libro instructivo y honesto.

O sea, nada que ver con los artefactos filisteos de la industria kitsch del Holocausto (películas y novelas como El niño del pijama de rayas, etc). Reitero aquí mi convicción de que sólo las víctimas o sus herederos tienen derecho a contar, testimoniar y novelar determinados traumas colectivos –como el Holocausto--, especialmente cuando están muy cercanos en el tiempo. Actuar de otra manera es incurrir en una “apropiación”, no ya en el orden cultural, sino directamente una apropiación del sufrimiento ajeno, como esos maridos que en las sociedades primitivas de la antigua Grecia se metían en cama y fingían padecer los dolores del parto que estaba sufriendo su esposa. O como aquel farsante de Enric Marco que estuvo décadas pavoneándose de lo mal que lo había pasado en Mathausen, donde en realidad no había puesto los pies.   

Destino final

La edición viene muy oportunamente enriquecida con los dibujos, bonitos, pulcros, de aire tintinesco, de “línea clara”, con que la niña, muy precoz y dotada para las artes plásticas, documentaba detalles de la vida en Terezín, el primer campo de concentración en el que la familia Weiss estuvo confinada, durante tres años. Incluye,  además, un álbum fotográfico; y un glosario de las palabras alemanas más comunes en Terezin (y en el texto); y también, en fin, una larga entrevista con la autora, realizada en el año 2011 por el traductor de su diario al inglés, en el piso de Praga donde ella nació y donde, nonagenaria, todavía vive, y en la que aclara detalles que en el texto quedan algo imprecisos y explica cuál fue el destino final de los compañeros en él mencionados.

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El libro de Helga Weiss

La primera parte está escrita todavía en Praga y describe los temores con que fue recibida entre los checoslovacos, y sobremanera entre los de etnia judía, la invasión de Checoslovaquia, la constitución del “Protectorado” de Heydrich, la paulatina imposición de medidas antisemitas y prohibiciones cada vez más severas y ominosas entre la compasión de algunos “arios” y la rechifla de otros; los rumores de los primeros transportes, la angustiosa espera de la nocturna citación fatal…

Detalles demoníacos

El enorme campamento de Terezin, en Bohemia, era la “cara amable”, el “poblado Potemkin” del universo concentracionario del Tercer Reich: el que se mostraba a las delegaciones de la Cruz Roja y a otros funcionarios internacionales cuando empezaron a correr los rumores sobre el maltrato del Reich a los judíos. Cuando llegaban visitantes extranjeros, los presos celebraban conciertos, representaciones teatrales y sesiones de ópera, en aulas recién encaladas se impartían clases a niños que sostenían en las manos suculentos bocadillos; y al jefe del campo se le llamaba “tío Hans” aunque fuera un ogro prototípico de las SS. Allí se rodó incluso un documental: El Fhürer regala una ciudad a los judíosLos delegados de la Cruz Roja volvían a Suiza aliviados y contentos.

Entre los quince mil niños que llegaron a este campo ideal y luego, según avanzaba la guerra, fueron transferidos en los temidos “transportes” ferroviarios a Auschwitz, Helga fue uno de los cien que sobrevivieron. Antes de subir al vagón confió a su tío, que gracias a su sangre “mixta” se quedaba, de momento, en Terezin, las páginas y dibujos de su diario, sabiendo que allá donde iba ya no podría guardarlos ni prolongarlos. El tío escondió esos documentos, cuya existencia no trascendió hasta principios de este siglo.

Casi milagrosamente y después de superar penalidades extraordinarias en Auschwitz, en Mathausen y en trenes alucinantes abarrotados de presos que avanzaban y retrocedían por Polonia y Alemania, cambiando de vías para alejarse del avance de los ejércitos rusos y americanos, la niña pudo volver a casa, convertida en una adolescente que había visto demasiado.

Lectura recomendable, llena de detalles demoníacos