Las batallas de Barcelona, por Daniel Rosell

Las batallas de Barcelona, por Daniel Rosell Daniel Rosell

Letras

Jordi Amat y las cenizas de la ciudad democrática

El ensayista catalán esboza una historia de los imaginarios de Barcelona a partir de una colección de referentes culturales que ilustra pero no profundiza en las causas y los responsables de la expulsión de los ciudadanos de la Ciudad Condal

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La obsesión por la grandeur produce monstruos. Igual que las frustraciones no resueltas. Sobre todo en el ámbito de la historia cultural de las ciudades, esos artefactos hechos con las capas que deja el tiempo sobre un lugar, la historia de quienes lo han habitado —y todavía lo habitan— y la condensación de anhelos y esperanzas que explica que individuos muy diferentes, incluso antagónicos, compartan un mismo espacio que, gracias a la acumulación, adquiere algunos de los atributos de lo sagrado.

Cualquier urbe es, al mismo tiempo, un enclave prosaico y una suerte de templo religioso, ya sea desde el punto de vista sentimental o en el aspecto simbólico. La ciudad señala nuestro origen —todas las biografías constan de un nombre, dos fechas (el nacimiento y la muerte) y los dos lugares donde tienen lugar ambos sucesos— y albergan el instante nuestro ocaso. Del mismo modo que ocurre con los individuos, las ciudades nacen por unas determinadas circunstancias, evolucionan —no siempre a mejor— por otras distintas y desaparecen o se estancan, que es una forma pasiva de aceptar que nadie puede ganarle la batalla decisiva al tiempo.

La democracia en la ciudad

Barcelona es un excelente ejemplo de este proceso de mutación —la segunda urbe española es esencial para explicar la España de los dos últimos siglos, aunque fuera irrelevante en las etapas históricas anteriores— y representa una metáfora del devenir de las ciudades en la era digital, entregadas a un flujo interminable de capitales, mercancías y personas que está dejándolas sin alma y robándoles el latido de la auténtica vida.

De la constatación de este último fenómeno ha partido Jordi Amat (Barcelona, 1978) para escribir un ensayo —Las batallas de Barcelona (Tusquets)— que pretende resolver una incógnita: ¿Puede considerarse democrática una urbe que expulsa a los habitantes que han nacido en ella?

Portada del libro 'Las batallas de Barcelona'

Portada del libro 'Las batallas de Barcelona' TUSQUETS

La pregunta es pertinente. Y el dramático punto de partida del libro —el tormentoso desalojo de la Casa Orsola, un episodio que Amat convierte en categoría del serio problema de la vivienda, señal de un hondo malestar ciudadano e indicio de un fracaso de orden generacional— también, aunque en este ensayo haya optado por ilustrar pero no desentrañar las causas y a los responsables de este quebranto urbano, que implica una gran paradoja: nacer en un determinado sitio no otorga el derecho de ciudadanía si el mercado (inmobiliario, laboral, familiar) decide que la rentabilidad importa mucho más que el sentimiento de pertenencia.

Imagen de Casa Orsola

Imagen de Casa Orsola AYUNTAMIENTO DE BARCELONA

La intención de Amat al enhebrar los imaginarios culturales de la Ciudad Condal es establecer un itinerario que permita visualizar la evolución que discurre desde la ciudad heredada (burguesa y obrera) a la Barcelona de la dictadura para, a continuación, llegar a la urbe del presente, previa escala en su proceso de reinvención en el año 92 y sus posteriores secuelas, como la triste comedia del Fórum de las Culturas.

El ensayista barcelonés —vecino del Consell de Cent desde 2003 e inquilino de un predio de su familia, que se presenta como un “pequeño burgués” (imitando al Chaves Nogales de A sangre y fuego)— ha elegido un método singular para escribir esta historia subjetiva sobre las distintas interpretaciones de su ciudad. Su libro combina los eventos y sucesos culturales –cada momentum histórico se ejemplifica con referentes literarios, teatrales, cinematográficos o artísticos– con los elementos sentimentales (vivencias, confesiones y algún desahogo autobiográfico).

La mezcla de estos dos registros parece haber sido pensada para acercar el libro a los lectores de su generación —en busca de ese ejercicio de identificación que está implícito en toda lectura— y, desde luego, sirve para trazar un canon tentativo de la cultura catalana de las últimas décadas, además de introducir reflexiones de orden político.

Amat se ha documentado siguiendo el método académico: obras e ideas de otros autores, tanto narrativas como ensayísticas, tesis y estudios universitarios, publicaciones y abundantes artículos de prensa. Pero esta selección de materiales, todos librescos, que sin duda ayuda a fijar la cronología de lo que cuenta y a refrescar determinados hechos, como los fastos del 92 y sus antecedentes, sobre los que, por su edad, no tenía una conciencia absoluta, resta a su relato la experiencia de lo que el propio Amat sitúa como el nudo de su obra: la idea de que una ciudad es y debe ser, sobre todo, su gente.

Un ensayo al que le falta realidad

En el libro se echa de menos justamente esto: el ruido de la calle, los testimonios de testigos directos, el pálpito obsceno de la vida real, que es la placenta del verdadero periodismo. La decisión de tejer una historia de Barcelona a partir de discursos y hechos culturales no es, de partida, mala idea, pero tiene ciertos riesgos. El más evidente es creer que dichos imaginarios, que no dejan de ser ficciones o interpretaciones artificiales de la realidad, no siempre desinteresadas, contienen toda la verdad de los hechos.

En general sucede lo contrario: las teorías son posteriores a los sucesos. Muchas de estas reflexiones sobre lo que ha sido, es o debería ser Barcelona, con sus correspondientes traslaciones artísticas, en buena medida pensionadas, responden a los intereses de quienes las promueven y financian para cargarse de razones o justificar sus decisiones.

Más que ser interpretadas como señales en la oscuridad o hitos de un sendero, deberían abordarse con suma prevención y estar alerta ante sus espejismos, dado que la cultura, al entregarse a la política, no es sino una mercancía más para construir una hegemonía social y política. La tesis esencial de Amat es que, tras la Renaixença y el Noucentisme de comienzos del pasado siglo, expresiones complementarias del primitivo catalanismo, el franquismo supuso una involución cultural (en términos catalanes) que las fuerzas políticas nacidas durante la Santa Transición intentaron corregir hasta diseñar una refundación completa de Barcelona, cuyo epicentro fueron los Juegos Olímpicos de 1992.

A juicio de Amat, el triunfo de esta Barcelona, más humana, catalanista de izquierdas, y articulada gracias a una supuesta alianza virtuosa entre los patricios y los movimientos sociales, entre el mundo del dinero y el del trabajo, fue de tal calibre que la satisfacción provocó la desactivación del músculo crítico de la sociedad.

Debido a esta anestesia, y dado el elevado grado de satisfacción general, según su relato, fue imposible darse cuenta de que el resto del mundo seguía cambiando y, cuando estalló la burbuja imnobiliaria y su derivada financiera, emergió la sorpresa: el idílico modelo Barcelona, al que sólo se oponían un reducido grupo de escritores e intelectuales, entre ellos Manuel Vázquez Montalbán, tenía muchas sombras y, años después de la fiesta, éstas no dejaban de crecer.

A pesar del notable ejercicio de orfebrería de ligar la historia urbana de Barcelona a determinados referentes culturales (siempre en catalán), el análisis de Amat resulta lineal y artificioso, igual que una línea trazada con ayuda de un cartabón sobre un papel en blanco. Todo encaja demasiado bien y adquiere una lógica sospechosamente perfecta.

La realidad opera de otra forma: el azar tiene un papel, las personas otro y el interés, ya sea noble o fenicio, forma parte de la ecuación del mundo. Los cambios urbanos de fondo no se deben al impacto de una exposición ni al trasfondo simbólico de una novela, aunque estas obras puedan recoger la atmósfera de una época. La actividad artística siempre es preludio o consecuencia, pero no el motor mismo de las transformaciones sociales.

Además de las decisiones políticas, en su mayoría documentadas por Amat, en la evolución de una ciudad opera la fatal lógica del dinero (ausente por completo en su análisis) y las alianzas, en ocasiones con una sospechosa apariencia contra natura, de actores económicos y políticos que, aunque se presenten como antagónicos, pueden actuar como socios.

El ensayista barcelonés defiende el proceso de normalización (fruto del pacto político del PSC con los nacionalistas para reconquistar los Països Catalans, que contiene evidentes elementos de imposición y uniformidad), habla de la CT (Cultura de la Transición) y retrata a Pascual Maragall y a su corte de ilustrados (incluidos los déspotas) como los heroicos hacedores de esa Florencia de Mediterráneo que debía ser Barcelona.

La Barcelona de la elite

El libro no profundiza, en cambio, en las tensiones sociales provocadas por su decisión de inventar una Barcelona a medida de esta nueva élite que, como escribiera Félix de Azúa en un célebre artículo –‘Barcelona y el Titanic’–, una vez encarrilada la reforma democrática, comenzó a ser adelantada por Madrid después de haber sido, desde la muerte del dictador hasta la entronización electoral del pujolismo, junto a Sevilla, una de las capitales de la emergente España del underground.

Esta condición contracultural, perdida tras la llegada del nacionalismo a las instituciones, decidido a impulsar un proyecto de ingeniería social que era y es alérgico al cosmopolitismo, y que pretendía salvar la cultura catalana, genéticamente mestiza, por el procedimiento (nada democrático) de hacer tábula rasa con la indiscutible condición española de Barcelona, marca el comienzo de una decadencia espiritual que tardaría en percibirse pero que, tras el 92 y sus coletazos, se ha consumado, sin remedio, en las décadas posteriores, hasta conducir a la Ciudad Condal al pozo del procés.

No deja de ser un hecho llamativo, circunstancia en la que Amat no se detiene en exceso, que en el arco temporal que discurre desde 1979 hasta 2026, todos los alcaldes de Barcelona (Serra, Maragall, Clos, Hereu y Collboni), salvo Trías (CiU) y Ada Colau (Comunes), militasen en las filas del socialismo catalán. ¿No tendrá el PSC alguna responsabilidad, por acción o por omisión, en el profundo malestar que, a juicio del autor, sienten los barceloneses que están siendo expulsados de su propia ciudad?

¿Qué pasa con la política del PSC?

Amat no entra en el fondo de este bosque. Hubiera debido hacerlo. Su libro sería mejor, y su análisis más profundo, si hubiera hecho una crónica de cómo el PSC adormeció y desactivó al movimiento social y vecinal en la Barcelona periférica, del mismo modo que el PSOE hizo lo mismo en otras grandes ciudades españolas hasta conseguir una perfecta democracia de políticos. La desactivación de la disidencia social también es un hecho cultural. Parte de este tejido civil, tan activo en el franquismo, se incorporó a las filas del progresismo institucional. Se hizo realista.

No es que hubiera un consenso social pleno sobre la Barcelona del 92. Es que el antídoto contra el despotismo ilustrado de Oriol Bohigas y Cía, santones progresistas de la Barcelona moderna, había sido pertinentemente desactivado. El fenómeno de terciarización urbana, desde luego, no es un problema exclusivo ni diferencial de la Ciudad Condal, aunque haya quienes, por ingenuidad o pura ignorancia, sientan que únicamente les sucede a ellos y se imaginen como víctimas, antes de admitir que quizás en algún momento votaron a los impostores de la ciudad democrática.

El Moll de la Fusta

El Moll de la Fusta AYUNTAMIENTO DE BARCELONA

El urbanismo de los fondos de inversión en la era de la globalización replica un mismo modelo. Primero se hace creer a la población que un gran proyecto permitirá transformar la ciudad y resolverá, de golpe y para siempre, las desigualdades. Después se captan recursos públicos en favor de la iniciativa. Más tarde se construye un discurso que diluya las críticas y se crea un imaginario que convierta cualquier disidencia en una frivolidad. Se representa, si hace falta, El enemigo del pueblo, de Ibsen.

Los inversores y contratistas se enriquecen de forma súbita en todos estos procesos gracias a la vanidad de los políticos, los costes se socializan y las ganancias se privatizan. El ciclo se repite hasta que la credulidad de la gente se agota y las generaciones que vienen detrás descubren que alguien, cuyo nombre desconocen, les ha robado su particular idea de prosperidad.

La creencia de que una ciudad mejora de forma automática tras estas grandes operaciones de imagen, que son un puro negocio inmobiliario, no queda lejos del espejismo que alimenta el independentismo: prometer el paraíso si se alcanza la desconexión con España, hacer negocio con los sentimientos de pertenencia y esperar, con las ganancias en Andorra o en cualquier otro paraíso fiscal, a que llegue la inevitable hora del desengaño.

La ruta del dinero

Cuando sucede, los beneficiados por el saqueo están salvo y no queda memoria de los responsables del malestar de una ciudad, como Barcelona, en manos de un capitalismo global que opera con la lógica del Monopoly. Amat nos habla de los expats y de la Barcelona de Almodóvar o Woody Allen, que es la misma que la de Roures, pero se queda en la epidermis del problema.

Si hubiera seguido el rastro del dinero, que es una ruta infalible, hubiera descubierto que, en paralelo al discurso de humanización de la ciudad, lo que ha sucedido en la Barcelona del PSC, igual que en otras ciudades, es un encarecimiento súbito del suelo, la conversión de la vivienda en mercancía y un incremento demencial del coste de la vida.

No existen tanto imaginarios en disputa como conflictos concretos con ganadores y perdedores. La Barcelona del presente es consecuencia de una rendición. La guerra estaba perdida de antemano el día en el que los generales (socialdemócratas) se pasaron a las filas del enemigo. La Ciudad Condal dejó de ser una urbe abierta para convertirse en una marca registrada donde los figurantes sobran porque, en términos empresariales, son costes. La ciudad democrática se torna así en un trampantojo colosal.