El poeta y escritor irlandés Oscar Wilde

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Las entrevistas de Oscar Wilde: “Todo innovador ha de ser indestructible”

La editorial Montesinos publica una recopilación de las mejores entrevistas del poeta y escritor irlandés Oscar Wilde

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Debo mi primer contacto serio con Oscar Wilde a un momento concreto de mi adolescencia en el cual empecé a leer un pequeño opúsculo blanco, editado por Espasa-Calpe, que se titulaba El crítico como artista. Me acuerdo bien porque se fue la luz en todo el edificio y tuve que seguir leyendo (no podía parar) con un diminuto flexo a pilas. Creo que no solo fue un primer contacto, más allá de un puñado de cuentos en la infancia, con los ensayos de Wilde, sino una iniciación al pensamiento filosófico. Muchas de esas ideas aparecen en embrión en estas entrevistas que acaba de recuperar la editorial Montesinos en el volumen La importancia de ser honesto.

La importancia de ser honesto, libro con las mejores entrevistas de Oscar Wilde

La importancia de ser honesto, libro con las mejores entrevistas de Oscar Wilde Editorial Montesinos

La gran mayoría de estas entrevistas fueron publicadas en prensa norteamericana entre el 3 de enero y el 28 de diciembre de 1882, durante un viaje agotador en el que el poeta dictaba una conferencia casi a diario, acompañado por un criado negro y un agente literario. En casi cada hotel, Wilde fue acometido por toda clase de reporteros ávidos de ver al “Apóstol del esteticismo” y describir su aspecto físico real a un público sobreexcitado por todo tipo de caricaturas y ataques furibundos.

De las declaraciones de esos periodistas, y las del propio Wilde, podemos inferir una enorme cantidad de detalles acerca de su vida y sus ideas. Por ejemplo, pronto llegamos a la conclusión de que el autor de Salomé (1896) no sabía hablar en público pero que luego era un conversador privado insuperable. Y es que llegó muy verde a Norteamérica, y se le describe como un conferenciante aburridísimo.

Sabemos que se dejaba engatusar en mesas de juego, de las cuales no salía muy bien parado; sabemos también que llegó a ganar mucho dinero durante esa gira, que repitió decenas de veces su conferencia sobre la decoración del hogar, y que adoró San Francisco y detestó Salt Lake City. California le pareció una “Italia sin arte”, y le impresionó su naturaleza gigantesca; se dio cuenta de que Nueva York era especialmente cosmopolita, pero deploró las imitaciones de Europa en Nueva Inglaterra. En un juicio se equivocó: dijo que el futuro artístico de la nación pasaría por el cultivo de la escultura, y que nunca destacaría por sus pinturas.

Un recorrido por la vida de Wilde

Otras entrevistas son del verano de 1883, cuando el autor viajó de nuevo a Estados Unidos para supervisar el estreno de una obra suya, Vera, que fue crucificada por la crítica. Y de ahí ya pasamos a los años noventa, con un Wilde muy diferente, con el pelo corto y trajes negros: sombreros de copa y una mayor preocupación financiera. Fue entonces cuando el autor se atrevió con la novela y multiplicó sus estrenos teatrales más sonados. Y precisamente es este aspecto, el de las técnicas teatrales, lo que más sobresale de este grupo de entrevistas.

En 1895, Wilde declara para un periódico londinense: “En el arte todo importa, excepto el tema”, y: “Los críticos ingleses siempre confunden la acción de una obra con los incidentes de un melodrama. Escribí el primer acto de Una mujer sin importancia como respuesta a los críticos que decían que El abanico de Lady Windermere carecía de acción. En el acto en cuestión no había absolutamente ninguna acción. Era un acto perfecto”. Wilde se había casado con Constance Lloyd en 1884, y de ese matrimonio habían nacido dos hijos.

En 1894, las ideas de Wilde eran mucho más conservadoras que las de 1882. Para un periódico de Washington DC, dijo que “en cada siglo solo tres o cuatro hombres deberían gobernar, hombres de genio, y a esos hombres se les debería permitir hacer exactamente lo que quisieran”, incluso crímenes. Como los Papas del Renacimiento.

Y un poco más adelante: “Todas las obras deberían contener una enseñanza moral. El teatro no debería instruir a una sola capa de la sociedad, sino a toda la humanidad”. Ya nos encontrábamos en el tiempo de las “Ideas-Fuerza” y las reacciones antidecadentistas, que conducirían a la Primera Guerra Mundial y la guerra civil europea que caracterizó la primera mitad del siglo XX.

Y es que una de las principales sorpresas que aportan estas entrevistas es la constatación de que las ideas de Wilde eran mucho más cercanas a las de Nietzsche que a las de, por ejemplo, Verlaine. Aunque por cierto, Wilde llegó a ser buen amigo de Verlaine y mantenían juntos una tertulia en el Café Deux Magots de París.

El arte y la belleza

Si pudiéramos resumir y reducir a la mínima expresión la filosofía wildiana, nos podríamos remitir a este párrafo que soltó el 28 de enero de 1882 en Boston: “El deseo de belleza es el deseo de vida. Es la parte esencial en todas las grandes civilizaciones. Sin ella, la civilización, en efecto, no tiene sentido, porque la industria sin belleza se convierte en barbarie”. “Es preferible no tener arte que tener mal arte”, había dicho en Denver el 13 de abril de 1882.

Esa vida embellecida por el arte y la artesanía aún no se había desarrollado plenamente en Estados Unidos, un país que Wilde admiraba por su energía pero al que criticaba por su ausencia de gusto arquitectónico. El autor no se cansó de repetir que toda ciudad de importancia debía tener una buena escuela de Diseño. En materia de arte, Wilde sabía tanto o más que Baudelaire.

El norteamericano que más admiró fue Walt Whitman, al que fue a visitar con devoción, y del que decía que había sabido ponerse a la altura de Homero y los griegos a través de sus versículos. También admiró, según dejó consignado, los músculos de los mozos que cargaban fardos en el puerto y la serenidad varonil de los mineros de plata con quienes conversó en su propio espacio laboral.

¿Estaba el mundo preparado para comprender la ironía wildiana? Lo que más sorprende de estas entrevistas es el sentido práctico de la filosofía del autor, que supo combinar con habilidad el platonismo con el socialismo democrático. El 8 de febrero de 1882, en Rochester, Wilde dijo: “Yo sé que tengo razón, que tengo una misión que cumplir. ¡Soy indestructible! Shelley fue expulsado de Inglaterra, pero escribió igual de bien en Italia. No fue él quien resultó herido, sino el pueblo”.

Los problemas de Wilde con la justicia

Ya hubo una primera crisis seria entre Wilde y las autoridades inglesas cuando Salomé fue censurada en Londres en 1892 y solo pudo ser llevada a las tablas en París. Wilde amenazó hasta con naturalizarse francés, y a decir verdad a partir de aquel momento la Ciudad de la Luz, mucho más mundana y culta que el Londres victoriano, pasó a ser su centro gravitacional. Muchas de las obras wildianas de los años noventa fueron redactadas en francés.

El particular socialismo wildiano se proponía llenar los hogares obreros de objetos de arte, y enseñar a diseñar a los artesanos. Sus ideas no estaban muy lejos que las de los arquitectos modernistas catalanes, estrictamente coetáneos, obsesionados con utopías sociales parecidas y muy atentos, por cierto, al movimiento Arts and crafts que se desarrollaba fundamentalmente en torno a las ideas de William Morris y John Ruskin, que fue el maestro de Wilde en Oxford.

La absoluta fealdad del mundo industrial invitaba a que se desarrollaran esta clase de ideas a favor de la dignificación humana. Wilde recogió todo este ideario social y lo convirtió en un proyecto de Renacimiento espiritual e integral, considerando su propio círculo esteticista como una evolución sofisticada del prerrafaelismo.

Quince años después, Wilde era condenado a dos años de trabajos forzados y, como atestiguan las últimas piezas de esta antología, salió del presidio en muy mal estado anímico y ya no volvió nunca a ser él mismo. También se marchó a Italia, como Shelley, concretamente a Nápoles, con su amante Lord Douglas, pero sus mejores obras ya habían estallado justo antes de su caída en desgracia. Murió físicamente destruido víctima de una meningitis en una habitación de hotel, en la más completa indigencia.

En la actualidad, se organizan rutas turísticas que siguen los pasos parisinos de Wilde, desde una visita a los hoteles de su época gloriosa hasta los antros en los que malvivió al final. Sin embargo, como era un hombre cultísimo, un lector voraz y con una idea muy exacta del mundo que le rodeaba, consiguió ganar y que le sigamos leyendo con interés, seguramente porque supo combinar muy inteligentemente la exigencia intelectual con la divulgación popular. De algún modo sí llegó a ser indestructible por ese camino.