William Shakespeare
William Shakespeare: un solo hombre y mil leyendas
Siruela reedita 1599, el excelente ensayo de James Shapiro sobre la vida, las obras y las circunstancias históricas del gran dramaturgo y poeta inglés
De los grandes misterios –es el caso de la maldita muerte o del arte más sublime– acostumbra a escribirse mucho. Casi se diría que demasiado. En exceso. Tiene fácil explicación: si supiéramos de verdad qué sucede tras el largo viaje de donde nadie regresa o descubriéramos los sortilegios de la creación, de la que somos consecuencia y causa, no escribiríamos ni una línea. Es la ignorancia, y a ratos una inconsciencia suicida, la madre de la mejor escritura literaria.
Esta regla puede aplicarse también a muchos de sus autores mayúsculos, de cuyos hechos vitales no sabemos demasiadas cosas, o bastante menos de lo que desearíamos, y es esta inmensa laguna la que explica que pasemos tanto tiempo dando vueltas sobre un círculo hecho de vacío. Nadie, a veces si siquiera algunos de los mayores genios de la humanidad, puede explicar cómo crearon, desde la nada, un mundo de ficción, un personaje, una determinada forma de contemplar la máquina del mundo.
Shakespeare es un ejemplo: hay quien se ha vuelto loco —la leyenda habla de un matrimonio inglés, el de Hulda y Charles Wallace, que dedicaron toda su fortuna a indagar en bibliotecas y archivos los rastros que dejase en vida el dramaturgo y poeta inglés— por reconstruir sus días exactos sobre la tierra y otros no dejan de resucitar, cada cierto tiempo, la vana teoría de que nunca existió, y que no es más que el espectro (afortunado) de otro hombre que no pudo triunfar de forma abierta y directa.
Un genio que vivió y murió en la vulgaridad
La tesis Marlowe, que no se sostiene, es una muestra de cómo una fábula puede contaminar los hechos y tratar de reescribir, con dosis de misterio, una historia que, si algo tiene de asombroso, es justamente su ausencia de épica y su reiteración en la vulgaridad.
Shakespeare era un genio, pero también fue un poeta de provincias que, con el dinero que ganó con sus negocios —que entonces carecían la atribución artística del presente—, se volvió a Stratford-upon-Avon, su pueblo, se compró un terreno para tener la casa más grande de la localidad y se dedicó a vivir de las rentas, hasta el día que —aquí de nuevo la ficción entra en escena— murió por haber bebido, después de una borrachera, de un manantial contaminado.
En la lápida de su tumba se lanza, de forma preventiva, una maldición ante los posibles profanadores de su sueño eterno. Acaso sea una señal de que Shakespeare, o quien quiera que decidiese el epitafio, intuía lo que le esperaba. Lo que no pudo imaginar nadie es que tantos siglos después, situado en el centro del canon occidental inglés —nuestro sol particular es Cervantes, más rico y complejo— seguirían escribiéndose libros no ya acerca de sus dramas y comedias, sino sobre su misteriosa vida.
Los hechos realmente documentados sobre quién pudo ser Shakespeare, limpios de adherencias, invenciones y mixtificaciones, caben en el tratado breve publicado por Samuel Schoenbaum (Oxford University Press, 1975). No son muchos, pero existen.
Abundan, en cambio, las interpretaciones biográficas de sus obras, desde las comedias al ciclo de las tragedias, pasando por los misteriosos Sonetos. Shakespeare no inventó ningún género nuevo, al contrario que Cervantes, que sí creó la novela moderna y fundó la estirpe del antihéroe, pero refulgió, como Lope de Vega, en el arte del teatro, el espectáculo más popular de su siglo y, por tanto, también un fabuloso negocio no exento de riesgos y ruinas.
La biografía más ajustada de Shakespeare
De todo esto —Shakespeare, sus obras y su tiempo— nos habla James Saphiro, catedrático de la universidad de Columbia, en 1959. Un año en la vida de Shakespeare. Una obra, que acaba de ser reeditada por Siruela, con traducción de María Condor, y que quizás sea una de las monografías mejor entreveradas sobre las máscaras del Bardo.
'1599, un año en la vida de William Shakespeare' Siruela
Está escrita con un notabilísimo sentido de la composición, sólidamente documentada, llena certezas y contexto. Nada más puede por tanto pedirse a este libro, que tuvo fortuna editorial desde su primera versión en español —Siruela lo publicó en 2007— y ha quedado como una de las reconstrucciones más brillantes de Shakespeare y sus circunstancias.
No es un libro erudito, aunque esté lleno de erudición y sabiduría, y mucho menos una obra académica, aunque atesore hallazgos nacidos de una investigación meticulosa. Se trata de un modélico ensayo sobre literatura altamente creativo. Sirva como muestra la manera elegida por Saphiro para explicar uno de los grandes misterios shakespearianos: ¿Por qué no le sacó más partido, o escribió una obra completa, a Falstaff?
La razón queda tan a la vista que es de una simpleza extraordinaria: no fue por falta de capacidad —el año que da título al libro de Saphiro nos muestra al escritor en su cénit creativo– o prudencia. Sencillamente se enemistó con Will Kemp, el actor para el que lo había concebido —en el First Folio las acotaciones, los parlamentos y muchos diálogos aparecen adjudicados al nombre real de sus cómicos, prescindiendo de la referencia al personaje–.
Y esta ruptura, que hizo que el dramaturgo inglés se separase de la placenta original donde aprendió a actuar, comenzó a escribir profesionalmente y logró dar gusto al vulgo (pues lo pagaba) para situarse en un espacio sublime, obligó al abrupto desestimiento y, también, quizás a concebir la escena en la que Hal –el rey Enrique– reniega de su amigo: “No te conozco, anciano. ¡Qué mal sientan los cabellos blancos a un loco y a un bufón!”.
La tramoya de las obras de Shakespeare está llena de este tipo de detalles, que desmienten los castillos en el aire de muchos de sus (falsos) biógrafos. Otra cosa que Saphiro supo hacer como nadie cuando compuso este ensayo es cuestionar las leyendas y situar su literatura en el marco de la Inglaterra isabelina, dividida por las delaciones y la violencia religiosa, temerosa de ser invadida por España, y castigada en Irlanda en una de sus sucesivas guerras de dominio.
Saphiro incluye todas estas perspectivas en su ensayo de forma natural, rica y compleja, creando una perspectiva panorámica sobre un mundo y una figura literaria convertida en inmortal. Un hombre que tenía un soberbio talento literario, inteligencia comercial y habilidad para los negocios, tanto los escénicos –como la construcción y explotación del teatro The Globe, donde se estrenaría su Julio César– como los puramente inmobiliarios, sin olvidar sus inversiones en las cosechas de malta, capitales para la fabricación de cerveza.
Imagen de los teatros The Bear Garden y The Globe en Londres (1616)
El autor de La tempestad, su última obra en vida y la primera del First Folio, cofrade del mundo de los irreverentes cómicos y hábil accionista de Lord Chamberlein’s Men, su compañía teatral, satisfacía al populacho londinense –que iba los teatros tanto como las tabernas– y a los cortesanos de Whitehall. Todo esto es lo que Saphiro entrelaza en este magnífico libro que nos habla de un solo hombre y de sus mil leyendas.