Ilustración sobre 'Los últimos días de Mussolini'

Ilustración sobre 'Los últimos días de Mussolini' Daniel Rosell

Letras

Los últimos días de Benito Mussolini: telón y drama

Antonio Scurati cierra su serie narrativa sobre el triunfo y la caída del fascismo con ´El fin y el principio´, la quinta entrega de su ciclo novelístico

También: Métodos, formas y variantes del arte de componer versos

Leer en Castellano
Publicada

Ocho años después llega la hora de bajar definitivamente el telón. No hay un final feliz. La función teatral termina de forma sangrienta y trágica, en una suerte de ritornello que nos recuerda la venerable advertencia bíblica incluida en el sabio libro de los Gálatas: “Todo lo que el hombre siembre, eso también segará”. Antonio Scurati (Nápoles, 1969) acaba de publicar en español El fin y el principio (Alfaguara), la quinta y última entrega de su gran novela documental, a medio camino entre la crónica histórica y la recreación literaria, sobre los orígenes del fascismo italiano.

Portada de 'El fin y el principio'

Portada de 'El fin y el principio' Alfaguara

Y lo hace, de nuevo, con un portentoso relato sobre los últimos días de Benito Mussolini, el dictador pionero, inventor del primer totalitarismo que inspiraría todos los demás, a excepción del comunista, nacido al calor de la Revolución Rusa, considerado tradicionalmente como su antónimo ideológico, pero inquietantemente similar en su desprecio a la vida, a la libertad individual y la condición humana.

Un retrato exigente

El cierre de la obra, que desarrolla y amplía la trayectoria biográfica de Mussolini y su movimiento político, desde sus inicios como delincuente a su paso por el socialismo, antes de convertirse en su verdugo, no se aparta de la ambientación de época. En ella se apoya Scurati para levantar, desde la nada, sólo con la fuerza de las palabras y un rigor histórico memorable, la fascinante ópera wagneriana de la Italia anterior a la Segunda Guerra Mundial.

El Duce fue un mito trágico. También fue un hombre de carne y hueso, histriónico, cómico, fanfarrón y desmesurado, que acabó siendo ajusticiado por los partisanos y ultrajado junto a su amante –Clara Petacci– en la Plaza de Loreto de Milán, donde una turba tan infame como él, en la que sin duda habría bastantes de sus antiguos partidarios, los colgó de los tobillos en una gasolinera. El autocoronado emperador de la Italia fascista, que hizo suyos los honores y las ambiciones de conquista de la antigua Roma, acabaría como un mendigo destrozado por la ira popular.

Mussolini no tuvo valor para suicidarse, como hizo Hitler, y murió fusilado. Sus días de gloria, el fascinante ascenso y triunfo (temporal) de sus camisas negras y sus escuadrones de combatientes, sus largos años de dominio y terror, es lo que Scurati cuenta con todo lujo de detalles documentales, ritmo y talento, en los cuatro títulos anteriores de esta pentalogía, escritos con un estilo eficaz que ha conseguido que sus libros tengan un importante éxito tanto de crítica como de ventas.

Al escritor italiano sólo se le puede reprochar que haya amplificado su plan inicial –tres novelas que después, a la vista de su aceptación editorial, se han convertido en cinco– y que, en lo esencial, no se haya movido en exceso de su primera fórmula de composición. Citas pórtico, referencias concretas y documentales, capítulos breves, una lógica narrativa concebida en escenas y estampas sucesivas, al modo de un gran guión cinematográfico, y la constancia y obstinación de un buen cirujano.

Las variantes del fascismo

Esta quinta entrega, igual que las anteriores, incluye las lógicas licencias literarias, aunque ninguna de ellas pueda competir con la realidad desnuda. El escritor italiano toma desde principio partido expreso, dado que establece un vínculo entre el fascismo histórico y sus variantes políticas posmodernas, e interpreta el presente —por ejemplo a través del testimonio de Liliana Segre, una superviviente de los campos de concentración— como una encrucijada equivalente a la que se vivió en Europa hace casi un siglo.

La historia —y sobre todo la literatura— facilita estas analogías, aunque la perspectiva histórica baste y sobre para que sean los lectores, en lugar del autor, quienes deban validar (o no) esta clase de asociaciones de forma mucho más natural y, sobre todo, voluntaria.

En cualquier caso, es meridiano que quienes han seguido los sucesivos actos dramáticos de M, el nombre general del ciclo narrativo de Scurati, que se extiende durante más de tres mil páginas, deben albergar ya escasas dudas sobre cuál es la perspectiva del escritor italiano, que al reconstruir la placenta, crianza, madurez y calamidad del fascismo quiere alertarnos sobre el deterioro de las democracias cuando caen en manos del populismo. El fin y el principio se centra en los dos últimos años de Mussolini, un crepúsculo que acompasa su deterioro con las derrotas políticas y sucesos como la República de Saló.

El hombre de la providencia ha desaparecido por completo de la escena. Igual que el Rey Lear de Shakespeare, su heredero carnal es ahora un monarca destronado que cruza el erial en el que se ha convertido su primitivo reino, ahora devastado. Sus devotos se esfuman —en realidad se camuflaron entre la multitud— y el tirano se nos aparece delgado, solo y abandonado, como un Dios caído. En esta ausencia de apoyos no sólo late una honda lección moral, sino algo más turbio: la complicidad de una parte de la sociedad con determinadas pesadillas colectivas, de las que las masas abjuran cuando su fracaso —nunca antes— se torna inevitable.

Scurati sitúa el agujero negro del fascismo en Milán, hogar de la espiral violenta de Mussolini y estación término de su trayecto. Escenario de la angustia que antecede al non plus ultra. Todos los caminos del drama conducen al instante de la muerte del fundador del movimiento, que destroza su épica y derriba su estatua con una serie de decisiones fruto de la desesperación y de su voluntad de supervivencia.

El líder termina convertido en una marioneta, no sin antes sugerir, igual que la figura del padre asesinado en Hamlet, que los muertos nunca se van del todo ni por completo, sino que cualquier noche oscura pueden reaparecer bajo la inverosímil forma de los espectros. “Ya no soy el Duce. Soy el alcalde de un pueblo de fantasmas”. Telón y adiós.