Fotografía de la escritora Margaryta Yakovenko

Fotografía de la escritora Margaryta Yakovenko Jacobo Medrano

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Margaryta Yakovenko: “¿Cómo es posible que siga habiendo países de Europa donde se condena a cada generación nueva a vivir una guerra?”

La escritora Margaryta Yakovenko publica ´Ocupación´, un libro sobre la memoria familiar, Ucrania y Rusia y una vida que empieza y termina en guerra

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“La pérdida, la nostalgia, y ese terrible sentimiento sin nombre en el que lo que te duele es el mundo que ya no existe, el mundo que ya no volverá pero que todavía vive dentro de ti. ¿Qué hacer sino intentar que sea inmortal escribiéndolo, describiéndolo, para poder volver a él cada vez que puedas?”, escribe Margaryta Yakovenko en Ocupación (Seix Barral), su segunda novela tras Desencajada.

Portada del libro ´Ocupación´de Margaryta Yakovenko

Portada del libro ´Ocupación´de Margaryta Yakovenko Seix Barral

Periodista nacida en la ciudad de Tokmak (Ucrania), llegó a España siendo una niña. Desde que empezó la ocupación por parte de Rusia de Ucrania, Yakovenko no ha vuelto a su país, a su ciudad natal, en la que murió su abuelo paterno. Murió tan solo acompañado de la abuela materna de Yakovenko, en la casa de la que poco después el gobierno de Putin les expropió. A través de la figura de su abuelo, Yakovenko reconstruye no solo la historia de una familia, sino también de un país, marcado por la guerra. Su abuelo, recuerda la autora, solía decir que él había nacido con la guerra y moriría con la guerra, como su propio país.

En Desencajada, su primer libro, contaba su llegada siendo niña a España desde Ucrania. Ahora, con Ocupación, mira a Ucrania, no solo mira a la Ucrania bajo la ocupación rusa, sino también a la de su infancia a través de la figura de su abuelo.

Ese primer libro era una novela de iniciación, así al menos la definieron. Yo no era consciente de ello cuando la escribía, pero es cierto que la protagonista era una niña y a través de su mirada se narraban los hechos. No sé si recuerdas, pero en Desencajada ya aparecía la figura del abuelo. Más allá de los padres y de la propia protagonista, el abuelo era el personaje más importante y, de hecho, muchos de los recuerdos de la niña estaban ligados a momentos vividos con él como, por ejemplo, el desfile en Mariupol un primero de mayo en el que el abuelo le dice a su nieta que tiene que dar las flores a los veteranos de la guerra. Yo pasé mucho tiempo con mis abuelos paternos cuando era niña y, por tanto, cuando mi abuelo muere, me doy cuenta de que una parte de mi infancia, esa que había narrado en Desencajada. En este sentido, creo que la figura del abuelo es ese hilo que une los dos libros.

La escritora Margarya Yakovenko

La escritora Margarya Yakovenko Jacobo Medrano

Al mismo tiempo, su abuelo es metáfora de un país condenado al conflicto, a la guerra, a lo largo de todo el siglo XX y parte del XXI.

Empecé Ocupación sin tener muy claro que sería un libro; empecé tomando apuntes, puesto que eran muchos los sentimientos que me surgían a raíz de la guerra y de lo que estaba viviendo mi país. Mientras tomaba apuntes, me di cuenta de que mis padres, mis abuelos, mis bisabuelos... Todos habían vivido algún tipo de guerra o de conflicto, armado. Mis bisabuelos, por ejemplo, vivieron la primera y la segunda guerra mundial, que bien podríamos definir como los dos conflictos bélicos vividos por Europa y que supusieron un daño mayúsculo.

Hablamos de un territorio, Ucrania, que ha sido expuesto a lo largo de su historia más reciente a la violencia más bestial y al derramamiento de sangre más bestial, así como a un régimen totalitario en el que las libertades habían sido coaccionadas. Lo que quiero decir es que, mientras tomaba apuntes, me di cuenta de que toda mi genealogía está atravesada por el conflicto, incluso hoy. Aparentemente, ahora, esos conflictos que habían definido Europa a lo largo del siglo XX son cosas del pasado, sin embargo, Ucrania sigue siendo víctima de conflictos similares. Y la pregunta que me hago es cómo es posible que siga habiendo lugares en el mundo y, concretamente en Europa, donde se condena a cada generación nueva a vivir una guerra, un conflicto.

Y esto termina marcando a los habitantes.

Es determinante para la identidad del país y es determinante para quien ahí vive, puesto que, inevitablemente, condiciona saber que tus bisabuelos, tus abuelos y tus padres vivieron la guerra, porque significa ser consciente de que tú también puedes vivirla en cuanto la historia es cíclica y está condenada a repetirse.

De hecho, tu propio abuelo decía que había nacido con la guerra y que moriría con la guerra.

Yo creo que hubo un momento en el que mi abuelo pensó que la guerra no se iba a repetir. Hay que tener en cuenta que mi abuelo creció envuelto de esos discursos propagandísticos que decían que los soviéticos eran los vencedores y que gracias a su presencia la guerra no se repartiría. Son discursos, evidentemente, provenientes de Moscú y promovidos por el estalinismo, pero mi abuelo, como tantos otros, se los creyó, los asumió, por lo que para él fue particularmente duro observar que el agresor era ese país hermano con el que, años atrás, habían luchado en la Segunda Guerra Mundial. Mis abuelos eran muy soviéticos, por lo que el sentimiento de traición de mi abuelo al ver a Rusia atacando Ucrania fue enorme.

Cuando comenzó la invasión rusa, él no entendía qué estaba pasando, para él era inconcebible y vivió la ocupación como si fuera una guerra civil y no el ataque de un país extranjero a Ucrania. Durante años, la propaganda soviética inculcó la idea de que Ucrania y Rusia eran el mismo país y mi abuelo se sentía muy orgulloso de este gran imperio eslavo. En efecto, cuando la Unión Soviética cae mis abuelos se sienten muy perdidos, no entienden la democracia que surge.

¿En qué sentido no la entienden?

La democracia que se instaura en Rusia y la que se instaura en Ucrania en los años 90 es una democracia neoliberal muy agresiva y lo único que mis abuelos ven de este cambio político es la pauperización tremenda de la gente, la caída de las estructuras de estado por las que ellos habían trabajado y la ausencia de un estado que ya no vela por ellos: ya no da medicinas gratis, ya no hay apartamentos cedidos... A todo esto, se suma el hecho de que la democracia viene acompañada de una corrupción absoluta, que ha sido y es una de las mayores lacras de Ucrania.

Prueba de ello es que, incluso ahora, en plena guerra, sigue habiendo corrupción, sigue habiendo personas que se quedan con fondos destinados a la ayuda y a la reconstrucción. Mis abuelos pensaban que, si bien era cierto que antes no tenían la libertad de palabra, el estado les permitía vivir y trabajar y se preguntaban para qué sirvió obtener la palabra si nadie los escuchaba y vivían peor que antes en términos económicos. Mis abuelos se sintieron abandonados con la democracia.

Es muy significativo que sus abuelos, cuando usted nació, le regalaron una alfombra, porque consideraban inútil comprar algo que no se pudiera utilizar a lo largo de los años.

Yo nací en medio de una crisis económica tan tremenda que mis abuelos deciden que me van a regalar algo que pueda usar durante décadas y no un juguete que solo sirve para unos pocos años. Ellos quisieron regalarme algo que pudiera acompañarme hasta los cincuenta años y más, siempre. Lo que no previeron, era imposible hacerlo, todo lo que pasaría después y que haría imposible recuperar nuestras cosas.

La casa de sus abuelos expropiada por los rusos se vuelve el espacio de la memoria.

A lo largo de la historia, hemos asociado la casa, en tanto que lugar físico, con el concepto de hogar. Por tanto, cuando te arrebatan el lugar en el que tú vives y consideras tu hogar, sientes que te están quitando el suelo bajo los pies. A esto se suma el hecho de que la casa de mis abuelos era una especie de museo de sus propios recuerdos, pero también de la historia de un país: pienso en los muebles de los años setenta o en los viejos modelos de electrodomésticos, que ya eran viejos entonces. Esta doble dimensión de la memoria —la íntima y la colectiva— de la casa, del hogar, hace que mi padre, a pesar de que hayan transcurrido ya cuatro años del comienzo la guerra y de la expropiación de esa casa, siga comentando en qué cajón está su álbum de sellos o en qué otro cajón se guarda tal cosa.

Yo le recuerdo que todas estas cosas ya no están ahí, que la casa ha sido expropiada y para él es duro escucharlo y asumirlo. Sus recuerdos no tienen una salida, es decir, nunca va a poder volver a encontrarse con esa casa y con todo lo que había dentro y que era tan importante para él.

Cuando leía su libro, tenía muy presente Una habitación y media de Joseph Brodsky: los recuerdos inscritos en una casa a la que no se puede regresar.

Al final, todas las historias de inmigración tienen algo en común y que es universal: el recuerdo vinculado a lo que se ha perdido y sentir nostalgia incluso de aquello que te parecía terrible y que hizo que decidieras irte, emigrar. Saber que no puedes volver y no existe más ese lugar donde volver es un drama.

Al respecto, usted comenta la diferencia que hay entre sus padres, que decidieron emigrar, y sus tíos y primos, que se vieron obligados a venir a España como refugiados.

Por parte de madre, llegaron como refugiados de Ucrania dos tíos con sus parejas e hijos. Los primeros han conseguido más o menos asumir que no van a poder volver durante un largo tiempo; los segundos, por el contrario, viven en una nostalgia constante, atrapados en una depresión muy fuerte por haber sido arrancados de su país y de su ciudad. Es decir, incluso entre los refugiados, encontramos distintas maneras de vivir y afrontar el exilio forzado. Lo que sí es cierto es que mis padres y, mi hermano y yo con ellos, llegamos a España como inmigrantes, porque mis padres tomaron la decisión de irse, pues creyeron que era mejor marchar. El hecho de ser tú quien toma la decisión de marchar hace que, en mi opinión, no veas el país al que llegas como un lugar hostil y, por tanto, te resulta más fácil la adaptación.

Cuando veo a mis tíos, me doy cuenta de que por mucho que vean las cosas buenas de España nada es suficiente para compensar la pérdida de su casa y de su país. De hecho, mi tío suele decir que preferiría comer pan seco en su casa antes que jamón en España. Esta añoranza y la conciencia de que no puedes regresar por culpa de la guerra impide poder tener una vida plena en un nuevo país.

Y, ¿usted? ¿Piensa en Ucrania como en una Ítaca a la que no podrá volver?

Yo la pienso como algo perdido, pero solo de momento. Sé que es una cuestión de tiempo, que yo pueda regresar, porque el conflicto se acabará resolviendo en el momento en el que una de las dos partes desaparezca o quede completamente derrotada. Sé, además que el imperio ruso actual no es eterno, porque no lo es tampoco Putin: habrá un momento en el que el conflicto desaparezca simplemente porque él desaparecerá. Entonces, podré volver, pero sé también que cuando regrese, Ucrania ya no será el país que yo recuerdo y que conocí.

Y quizás cuando pueda regresar tampoco estará ya mi abuela, por lo que será encontrarme con un país muy distinto al que dejé y todos estos años en los que no podemos ir son años que estamos perdiendo, tiempo que no podemos compartir con nuestros seres queridos.

Además, Ucrania es hoy un país partido en dos, entre la zona ocupada y zona todavía libre.

Sí, es un país dividido en dos y, por tanto, en el momento en que el conflicto cese y haya una reunificación, habrá que hacerlo bien, muy bien, porque lo más probable es que haya algún tipo de violencia entre ambas partes del país. Lo digo porque, incluso ahora, aparecen ciertos discursos que subrayan cierta hostilidad entre ambas partes. Por ejemplo, hubo gente que, aunque tuvo la oportunidad de irse, se quedó en la parte ocupada y son ahora considerados unos traidores de la patria. Aunque minoritarios, estos discursos existen y evidencian unas hostilidades que deberán resolverse políticamente, porque, de no hacerlo, se podrán acrecentar aún más las divisiones que ya existían dentro de Ucrania.

Usted es periodista y ha escrito sobre Ucrania, sin embargo, Ocupación es un libro personal, en el que, independientemente de los datos histórico-políticos que ofrece, hay un ejercicio de memoria y una voluntad de fijar el recuerdo a través de la escritura.

Creo que era necesario escribir un texto reposado sobre la guerra, pues tenía la sensación de que todo lo que se había publicado, sobre todo al inicio de la guerra, era muy circunstancial y también de que algunos de los periodistas que han escrito, artículos o libros, habían hecho sí un cursillo sobre Ucrania —de su historia, de su política, de su gente...—, pero no habían terminado de entender el país. Esto lo percibía en la representación de ciertos tópicos o la exaltación de ciertas actitudes; por ejemplo, el elogiar siempre la resistencia del pueblo ucraniano.

Me molesta mucho este hincapié en el concepto de resistencia, porque hablamos de gente que sufre porque está en medio de un conflicto y no tiene otra opción que intentar sobrevivir. No se puede hablar de resistencia heroica cuando estás obligado a vivir en una guerra y sufrir sus consecuencias. Desde una perspectiva más personal, necesitaba escribir este libro, porque sentía que mis recuerdos de mis abuelos y de la historia de mi familia acabarían desvaneciéndose, si no los dejaba por escrito. Pero, evidentemente, soy periodista y hay partes del libro más periodísticas en la que intento buscar la razón o la verdad de ciertas cosas. Si el periodismo no me hubiera contaminado tanto, las partes líricas habrían predominado más en mi escritura.

Lo que hay de periodístico es que usted pone en el centro a su abuelo. Es él quien habla y cuenta, usted solo pone el altavoz.

Desde el inicio, tuve muy claro que mi abuelo debía estar prácticamente solo en el libro. Además, me interesaba reflexionar sobre cómo percibimos y conllevamos lo que nos toca vivir. La vida, al fin de cuentas, es esto. Si hubiera contado esta misma historia desde la perspectiva de mi abuela, de mi padre o de mi madre hubiera sido distinta, porque cada uno de ellos ha vivido todo lo que ha pasado y pasa de manera distinta. Para mí, todas estas experiencias e historias son las más interesantes, porque no hay ningún tipo de afán por parte de sus protagonistas de fingir y manipular nada. Son historias de gente común, cuyos nombres no aparecen en prácticamente ningún lugar, nombres que nadie conoce, que no marcan el futuro, pero son historias reales, auténticas.

En medio de la violencia y la crueldad de la guerra, usted narra un episodio de extraordinaria humanidad: su abuela materna acompaña a su abuelo paterno en sus últimos días de vida.

Mi abuela materna sufrió mucho por no ser capaz de darle a mi abuelo nada más que no fuera acompañamiento. Ella intentó conseguir un médico y, a pesar de que tenía muchos contactos porque había trabajado en el hospital como gerente, no lo consiguió. No consiguió que un médico fuera a ver a mi abuelo y en las farmacias no había apenas medicamentos. Así que lo único que pudo hacer es estar a su lado, darle conversación, apoyo y cuidado. Y lo hizo. Lo hizo muy bien.