Carmen Laffón trabaja en uno de los grandes lienzos de la exposición ‘El paisaje y el lugar’

Carmen Laffón trabaja en uno de los grandes lienzos de la exposición ‘El paisaje y el lugar’ CENTRO ANDALUZ DE ARTE CONTEMPORÁNEO

Artes

Carmen Laffón, la pintura como asombro

El Museo Thyssen-Bornemisza dedica una amplia retrospectiva a Carmen Laffón, la artista que creyó fielmente en la pintura convirtiéndose en una de las cimas del realismo español

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A Carmen Laffón le vendría a suceder como a Morandi, como a Hammeshøi, como a otros pocos: fue una artista a contratiempo. Hablamos en su caso de una creadora obsesiva, de mano lenta, que gastó una autenticidad hecha de sigilo, elegancia y entusiasmo a partes iguales. Su pintura, una de las cimas del realismo español, estuvo siempre más cerca de la concentración que de la nostalgia. No fue una pintora de hallazgos, sino de insistencia. De una sola neurosis: atrapar la luz y el tiempo.

Laffón escogió la senda de la figuración, pero no exactamente de la realidad. O no, al menos, de lo evidente. Su obra es una pregunta incesante que se aloja en el paisaje, en la cacharrería humilde y luminosa, en el rumor cartujo de la escena pobre, esa forma de volar ligero por el arte sin más propósito que volver una vez y otra al enigma que ofrece lo que está delante de los ojos. Despojarse hasta que solo queden los elementos necesarios, los imprescindibles, aquellos que permiten vislumbrar la verdad.

La senda propia de Laffón

Fue una artista de interior capaz de saciar su mirada con todos los matices de la luz mientras contemplaba la desembocadura del Guadalquivir u observaba un teatro de cajas, jarras, botellas, cuencos. Sus primeros pasos en el arte aún tenían un relente (lejano) de lo heredado, pero escapó pronto artísticamente de ahí para hacer senda propia. La inspiración parecía llegarle a Carmen Laffón desde el fondo de los siglos. De algún lugar remoto que no estaba dentro ni fuera de la vida, sino en su cabeza.

Una mujer se detiene delante del lienzo de Carmen Laffón ‘El Coto desde Sanlúcar IV’, realizado entre 1990 y 1992

Una mujer se detiene delante del lienzo de Carmen Laffón ‘El Coto desde Sanlúcar IV’, realizado entre 1990 y 1992 FRANCIS TSANG MUSEO THYSSEN-BORNEMISZA

No fue una creadora secreta, sino discreta. No fue una pintora realista, aunque no perdió detalle. No fue abstracta, aunque sus trabajos finales le sitúan estéticamente muy próxima. Detestaba la exhibición pública y, aun así, en 1982 le concedieron el Premio Nacional de Artes Plásticas. Y la Medalla de Oro a las Bellas Artes en 1999. Laffón era rara. Laffón fue celebrada. Y, con todo, en su pintura y en su existencia apostó por una idea esencial: la belleza está emparentada con el asombro y con el estremecimiento.

Carmen Laffón, Variaciones

Así queda a la vista en la exposición que le dedica hasta el 27 de septiembre el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid, Carmen Laffón. Variaciones. En casi ochenta obras —óleos, carboncillos, esculturas e instalaciones— queda resuelta la singular jurisdicción de la pintora andaluza, nacida en Sevilla en 1934 y fallecida en la localidad gaditana de Sanlúcar de Barrameda a finales de 2021. Desde sus primeros tanteos en los objetos domésticas a la asimilación de la modernidad por el lado sulfúrico de la representación del paisaje de la cal y de la sal.

‘La sal. Salinas de Bonanza (montaña horadada)’, una obra realizada por Carmen Laffón en  2020

‘La sal. Salinas de Bonanza (montaña horadada)’, una obra realizada por Carmen Laffón en 2020 CLAUDIO DEL CAMPO CARMEN LAFFÓN, VEGAP, MADRID 2026

En las piezas escogidas, dispuestas en nueve secciones y fechadas desde 1956 hasta el año de su adiós, la progresión del trabajo de Laffón tiene mucho de memoria licuada, de contemplación casi obsesiva de lo mismo. Las escenas domésticas de los primeros años ofrecen alguna señal de búsqueda, aún sin ese placer explosivo que Laffón parece sentir en la mente cuando llega a sus cuadros de madurez. Pero en esas tentativas iniciales está ya incubándose esa “armonía activa” de la que habló el crítico Kevin Power.

La exposición del Thyssen-Bornemisza ahonda en los temas y los motivos que acompañaron a Carmen Laffón durante décadas —los armarios, las naturalezas muertas, el coto de Doñana, el río Guadalquivir y sus orillas…— y a los que regresó una y otra vez para reinterpretarlos o para, simplemente, añadir una pincelada más. Esta fórmula del trabajo señala, “más que una continuidad estilística, sucesivos hallazgos poéticos, cada uno con sus exigencias”, en palabras del crítico Juan Bosco Díaz-Urmeneta, sin duda el mejor intérprete de su obra.

Una joven observa la serie de carboncillos y la instalación dedicada a la viña por Carmen Laffón, en el vestíbulo del Museo Thyssen-Bornemisza

Una joven observa la serie de carboncillos y la instalación dedicada a la viña por Carmen Laffón, en el vestíbulo del Museo Thyssen-Bornemisza FRANCIS TSANG MUSEO THYSSEN-BORNEMISZA

La obsesión de plantear todos los días la misma escenografía, variando levemente la tonalidad del paisaje ribereño o la disposición de los objetos es la dificultad y la atracción del trabajo de Carmen Laffón. Nada es exactamente lo mismo cuando lo miras de cerca, cuando lo intervienes con la luz, con las manos, con los ojos. Esta es también una forma más de intentar quitarse la muerte de encima, de reducirla a la fugacidad de un atardecer o a la sombra de un cuenco vacío.

Del realismo a la metafísica

Ocurre así con el ciclo Marcelina (1964-1967), la primera de las series de la artista sevillana que surgió a raíz del descubrimiento de una antigua muñeca en la casa de una amiga, y con los lienzos dedicados a las piezas domésticas: la cuna, la radio, el costurero, la mesilla de noche, la canasta de la ropa y la máquina de coser. En esta revisión se descubre cómo estos objetos pasaron de ser, con el transcurrir de los años, un elemento más de la composición a convertirse en protagonista de la obra, ocupando todo el espacio de la tela.

Luego están los bodegones, en los que asoma la artista de interior capaz de saciar su mirada con todos los matices de la luz mientras mira el jarrón con flores, el cuenco con fresas y el plato rebosante de granadas, y los armarios, cerrados, entreabiertos o de par en par, que pasan por ser uno de los proyectos de la artista más extendidos en el tiempo, de 1973 a 2018. Si en los primeros intentos la concepción es claramente realista, poco a poco va incorporando un fondo neutro y contornos cada vez más difusos, donde el mueble parece flotar en el espacio.

‘Bodegón del galletero’ (1991-1992), de Camen Laffón, perteneciente a la Colección CaixaBank

‘Bodegón del galletero’ (1991-1992), de Camen Laffón, perteneciente a la Colección CaixaBank CLAUDIO DEL CAMPO CARMEN LAFFÓN, VEGAP, MADRID 2026

A través de las salas, Carmen Laffón se va quedando más sola. Más despojada. Las telas dedicadas a las salinas de Bonanza son de una esencialidad desasosegante. Cada vez más lejos de la ortodoxia, su pintura va abundando más en la metafísica que exige mirar más allá, dejar atrás la quietud para interpretar otras variaciones de mirar, de pensar, de estar y de ser. Porque ante la representación de esos paisajes de sal, el espectador se va desmoronando lentamente hasta diluirse por completo en esos blancos rotundos.

Es lo que hace de ella una artista actual, inmune al zigzag de las indecisiones del arte. Nunca dulcificó su camino. Ni hizo de sus trabajos una gimnasia seriada. Su enseñanza es otra: creyó ciegamente en la pintura. En el calambre de pintar. En las preguntas que esa labor ensancha. La obra de Carmen Laffón no arrastra melancolía sino ráfagas de asombro, de estremecimiento, de algo similar a la poesía. Acaso ahí esté el mejor secreto de su obra: pintar aquello que no se puede contar, lo que es un agua de sueño para los anónimos y los desvencijados.