Fotografía del escritor Richard Ford

Fotografía del escritor Richard Ford

Letras

´En palabras sencillas´, las reflexiones de Richard Ford sobre el arte de la novela

La realidad de la sociedad norteamericana, la búsqueda de la felicidad y la necesidad de la calidad literaria para que el mensaje llegue: detrás de la escritura de Richard Ford

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“¿Puede mi novela cambiar el discurso de los lectores?”, se pregunta Richard Ford. Es un modo de plantearse para qué sirve la literatura. En un librito muy juicioso y nada pomposo titulado En palabras sencillas (Feltrinelli) el ya octogenario autor repasa sus influencias literarias, sus inicios en la escritura y el sentido de sus novelas y cuentos.

Portada del libro ´En palabras sencillas´ de Richard Ford

Portada del libro ´En palabras sencillas´ de Richard Ford Feltrinelli Lectures

El volumen se origina en una pregunta que le hace un lector en Hamburgo, durante una gira promocional. ¿Sus libros son políticos?, quiere saber el admirador alemán. Ford cuenta que “mi joven lector alemán de Hamburgo estaba dispuesto a encontrar política en todo, incluso donde no la había (…). No había realismo social en mis relatos. Tampoco política. Solo la vida sensata, honesta y humilde de estas personas y solo de estas personas”, concluye refiriéndose a los personajes de sus narraciones.

Escritura sin política

Ante esta respuesta, de inmediato levantará la mano uno de esos marxistas latosos —¡todavía quedan, cabalgando contradicciones y dando la matraca!— y procederá a sermonearnos con tono admonitorio y resabiado que todo es político. Cuando Ford dice que sus libros no son políticos hace referencia a una cita de Stendhal que encabeza su libro: “La política en medio de una obra literaria es un pistoletazo en medio de un concierto, una zafiedad a la que, sin embargo, no se le puede negar atención”.

Richard Ford es un escritor de vocación realista, alejado por tanto de las piruetas experimentales, del ombliguismo y del onanismo que abundan en la literatura actual. Pero no es un realista chato, ni mucho menos practica nada similar esa bazofia literaria e ideológica que fue el realismo socialista, de obediencia obligatoria en países marxistas, que era un doble atentado: a la libertad y al buen gusto.

Ford pertenece a la ilustre estirpe de autores realistas que jalonan la literatura estadounidense. Por ceñirnos a la segunda mitad del siglo XX y sin vocación enciclopédica: John Cheever, Philip Roth, John Updike, Richard Yates, Flannery O’Connor, James Salter, la rescatada Lucia Berlin o Russel Banks, que nunca acabó de despegar en España, pese al empeño de Jorge Herralde en Anagrama.

En sus inicios, a Richard Ford lo empaquetaron —con ese empeño de etiquetarlo todo para facilitar su digestión— como exponente del realismo sucio o minimalismo, junto con Raymond Carver y Tobias Wolff. El único que en realidad encajaba con claridad en ese marco conceptual, orquestado por el editor neoyorquino Gordon Lish, era Carver. De hecho, el Carver minimalista fue un invento de Lish, como queda demostrado en el interesantísimo volumen Principiantes, que permite descubrir las dos versiones de los cuentos de Carver, antes y después de pasar por la implacable podadora de Lish.

Portada de ´Principiantes´ de Raymond Carver

Portada de ´Principiantes´ de Raymond Carver Anagrama

Lo de Ford y el realismo sucio siempre fue un malentendido, porque solo su primer libro de cuentos, Rock Springs, encajaría en estos parámetros. Sin embargo, Ford, Carver y Wolff sí compartían un elemento en común: su retrato de la América profunda y real. Una suerte de Americana literaria que, a finales de los setenta, empezó a recuperar el pulso de la realidad después de la corriente experimental, ya exhausta, de John Barth, Donald Barthelme, William Gass, Walter Abish y otros, que rebrotaría —porque todo vuelve— con Foster Wallace y La broma infinita.

El Literary Brat Pack

Estos tres autores emergen entre los últimos coletazos del experimentalismo de los sesenta y setenta del pasado siglo y la generación de jóvenes estrellas literarias -más o menos prefabricadas- que en la era Reagan retrataron los excesos —sexuales y cocainómanos— de la juventud urbana y suburbana.

Es lo que se denominó —de nuevo las etiquetas— el Literary Brat Pack, es decir, Bert Easton Ellis, Jay McInerney, Tama Janowitz y, metido con calzador, David Leavitt. Este último, el más inteligente y el único que ha sido capaz de mantener una carrera literaria solvente. La de los otros tres se ha ido diluyendo como un azucarillo, mientras que Ford, Carver y Wolff siguen en su pedestal, con un legado incuestionable.

Los libros de Ford pueden tener un componente sociopolítico si lo entendemos en un sentido amplio, porque, en efecto, aparece en su literatura un retrato de la sociedad estadounidense. Sobre todo en la pentalogía de su personaje recurrente Frank Bascombe, un hombre de clase media, divorciado y con hijos, cuyas peripecias le han servido para plasmar la vida norteamericana a lo largo de cinco décadas, a razón de un libro por década, entre finales del siglo XX y principios del XXI.

Bascombe juega en la misma liga que Harry Conejo Angstrom, cuyas andanzas nos contó John Updike también a razón de un volumen por década. Y que el Nathan Zuckerman de Philip Roth, otro cicerone que nos guió por la realidad de ese país, saltando de libro en libro.

El Bascombe de Ford

Bascombe apareció por primera vez en El periodista deportivo (1986), como un aspirante a novelista de treinta y ocho años, que había publicado un volumen de relatos y se acabaría ganando la vida como periodista, mientras se divorciaba de su primera esposa y se dolía por el temprano fallecimiento de uno de sus tres hijos. Lo reencontramos convertido en agente inmobiliario, con su segunda esposa y lidiando con su problemático hijo Paul, en El Día de la Independencia (1995), que ganó el Pulitzer y el PEN/Faulkner.

Portada del libro de Richard Ford ´El periodista deportivo´

Portada del libro de Richard Ford ´El periodista deportivo´ Anagrama

Siguió una tercera entrega, también con título muy señaladamente americano, Acción de Gracias (2006). Con este libro se suponía que se cerraba una trilogía. Sin embargo, en 2014 apareció Francamente, Frank, que reunía cuatro relatos independientes pero interconectados en un volumen solo en apariencia menor, ya que Ford es un prodigio en las distancias cortas.

Y la pentalogía se cierra …parece que ya de forma definitiva— con Sé mía (2023), en la que Bascombe emprende un viaje al Monte Rushmore, rememorando el que él hizo de niño con sus padres. En este caso lo acompaña su hijo de cuarenta y siete años, enfermo de ELA. Es una suerte de road movie en formato novelístico, un recorrido por la América profunda y trumpista, con paisajes que pasan tras las ventanas del coche y encuentros variopintos.

Portada del libro ´Sé mía´ de Richard Ford

Portada del libro ´Sé mía´ de Richard Ford Anagrama

Al ciclo dedicado a Bascombe, hay que sumar en el corpus narrativo de Ford dos novelas primerizas —Un trozo de mi corazón y La última oportunidad— y otras dos novelas con destacados personajes adolescentes: Incendios (que tiene una magnífica adaptación al cine dirigida por el actor Paul Dano y titulada Lo que arde con el fuego) y Canadá. Además de los volúmenes de relatos Rock Springs, De mujeres con hombres, Pecados sin cuento y Lamento lo ocurrido.

Sociopolítica y calidad literaria

En todos estos libros asoma de fondo la sociedad estadounidense, pero Ford tiene claro que ese retrato sociopolítico solo es válido si está apuntalado por una escritura literaria de altísimo nivel. Dice en En palabras sencillas que “para que una novela sea una gran novela política, al menos en mi opinión, debe constituir en su conjunto un gran logro literario”.

El contexto sociopolítico es solo un trasfondo sobre el que explorar lo que es de verdad esencial en la literatura, algo que comprendió desde sus años de formación: “Me di cuenta de que los seres humanos eran difíciles de entender, pero estaban en el centro de todo lo que me interesaba y consideraba importante (…). Este sería mi tema de aprendizaje: la condición humana”. Para lo cual sigue una máxima de Umberto Eco: “Lo que no se puede teorizar, hay que narrarlo”. Y añade en otro pasaje: “Mi compromiso era con lo subjetivo, con los detalles específicos y fascinantes de la vida”.

Es interesante constatar que la visión que tiene Ford de la misión de la literatura —excelencia en la escritura y capacidad de penetrar en las paradojas del ser humano, en sus emociones y pulsiones— lo expresa con planteamientos muy similares otro gran escritor que fue ciudadano estadounidense, aunque escribía en yiddish: Isaac Bashevis Singer, del que Acantilado acaba de publicar sus estupendos ensayos sobre literatura: Viejas verdades, nuevos clichés.

Más allá del retrato de Estados Unidos, las narraciones de Richard Ford hablan de seres humanos, y esa es su fuerza. Las novelas de Frank Bascombe cuentan la búsqueda que ha regido la existencia del protagonista a lo largo de su vida. Sé mía arranca con esta frase: “Últimamente me ha dado por pensar en la felicidad más que antes.” No es casual, ya que acaso el gran tema de este ciclo novelístico sea esa búsqueda de la felicidad, al menos de una cierta, modesta y tranquila felicidad.