Portada del libro ´Espejo de sombras´de Virginia Trueba

Portada del libro ´Espejo de sombras´de Virginia Trueba Editorial Cátedra

Letras

Qué hacemos con la vergüenza o el caso de Felicidad Blanc

La catedrática de literatura española, Virginia Trueba, presenta el libro de memorias de Felicidad Blanc, ´Espejo de sombras', en la librería +Bernat de Barcelona

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Escuchar a Virginia Trueba (UB) es siempre un gustazo. Yo tuve la suerte de tenerla como profesora en más de una materia durante mis estudios en Filología. Recuerdo que era de los poquísimos profesores de literatura que no te hacían sentir como Forrest Gump en aquella escena cuando, tras enrolarse en el ejército, sube por primera vez al autocar que le llevará a su destino. Así lo recordamos muchos. Pero con Virginia, que jamás prohibió una lectura, es más, las alentaba, sentías de nuevo que no te habías equivocado del todo de carrera.

Quiero pensar que las cosas han cambiado. Espero. Tanto como que Virginia Trueba sigue en la brecha. Esta vez, nos vino a hablar de Felicidad Blanc. Nos explicó su trabajo de edición del texto y las complejidades que esconde, que se trata de un texto oral que fue dictado a una periodista, Natividad Massanés, y que, para saber más, remito a la entrevista que Anna M. Iglesia realizó para Letra Global. Luego, más interesante, nos ofreció sus reflexiones sobre el personaje. Empezó por negarse a encuadrarla en el estereotipo de mujer maltratada.

Y ahí captó mi atención porque, efectivamente, la mujer maltratada no existe. Todas las mujeres, por el simple hecho de ser mujer, son maltratadas. Unas más que otras. Algunas afortunadas (porque eso es suerte y el azar existe) solo habrán sufrido violencia en sus versiones más leves, otras han llegado a enfrentarse a la violencia física y verbal directa y las hay que ni tan solo sobrevivieron para contarlo.

Angelica Kauffmann, Ariadna abandonada por Teseo

Angelica Kauffmann, Ariadna abandonada por Teseo

Cómo se lidia contra la violencia machista

El asunto no va de que haya mujeres maltratadas y mujeres no-maltratadas, sino de cómo las mujeres solucionan tales agresiones, cuáles fueron o son sus estrategias y, si son del pasado, si acabó en éxito o redundó en fracaso. Ese es el nudo argumental de la biografía de una mujer, lo que hace que en una película o en una novela con un protagonista-mujer te quedes pegado al sillón.

Cómo se lidia contra comentarios hirientes sobre cuerpo o rostro (prueba a hacerles comentarios sobre sus panzas, calvas, enfermedades o condiciones, formas de caminar, lo que sea, ni se te ocurre ¿verdad? intuyes que es mezquino), alusiones vejatorias a desempeños laborales (por cierto, todavía la limpieza sigue siendo un trabajo eminentemente de mujeres) o a los profesionales (la devaluación social y económica de las profesiones cuando se feminizan o las machoexplicaciones por meternos en la microhistoria).

Sin contar con las humillaciones vinculadas a la sexualidad —ahí llegamos al meollo— con su abanico de abusos verbales y, claro está, físico-mentales: desde el meter mano a la violación. No hace falta haberlo sufrido todo varias veces para entrar en la categoría fantasma de mujer maltratada, con una —una vez— basta.

La vergüenza, estrategia de dominación

Y cómo es posible que este sistema haya pervivido tanto tiempo. La piedra angular —que no todo el edificio— que ha permitido esta estrategia de dominación que es la vergüenza. La vergüenza ha sido el anclaje, el brillante punto de partida de la jugada maestra de Gisèle Pelicot. Podría haberse callado, hundirse en la depresión, meterse en un convento o, mejor aún, suicidarse. Así el ciclo de la violencia de género se hubiese cerrado de nuevo sobre sí mismo, impolutamente perfecto, y vuelta a empezar. De hecho, creo que esa fue también la clave del movimiento MeToo.

Georgia O’Keeffe, The Blue Flower

Georgia O’Keeffe, The Blue Flower

Esa idea salió de las feministas de los setenta. Ellas descubrieron el motor inmóvil de todo aquel engranaje. Recuerdo una carta de Montserrat Roig. Un hombre le había escrito —eran los ochenta— para quejarse y decirle que también los hombres sufrían violencia por parte de sus mujeres y que, en cambio, nadie hablaba de ellos. En este caso sí se trata de una minoría y es consecuencia de más de lo mismo. Pero qué le respondió Montserrat Roig. Pues que se quitasen la vergüenza de encima, se organizaran y salieran a la calle. Tal y como ellas habían hecho. Aquel descubrimiento fue el legado más valioso y potente de la historia del feminismo.

Virginia Trueba apuntó además, sabiamente, que el relato transpiraba silencios, que es algo común en la narrativa del yo, y junto con Luisa Castro, aludieron al típico tópico “bajo la máscara, el esqueleto”. La máscara como la persona que nos identifica. Esa narrativa que contamos y que no nos creemos del todo que, en Felicidad Blanc, se urde sobre la silueta de una mujer del siglo XIX. El siglo XIX está plagado de fundidos a negro, elipsis, códigos encriptados por sistemas de gestos, por no mencionar los juegos entre metonimia y psicología y un montón de cosas más.

Virginia y Luisa Castro lo mencionaron como un lugar común. Creo que entenderlo así les pareció un tanto el resultado de una primera lectura que no llevaba a una conclusión satisfactoria. También apuntó a la historia conflictiva de este país que no se libró de lo que pasó en todas partes tras la Segunda Guerra Mundial, aunque aquí ocurrió por partida doble, primero con unos, después con los otros, y la segunda vez tuvo lugar demasiado tarde.

Estas memorias se publicaron originalmente en 1977. Tras la muerte de Franco salieron carretadas de libros de testimonios y memorias, grandes editoriales inauguraron colecciones enteras. Fascistas de todo pelaje, personajes del entorno de Franco y sobre su familia; comunistas, republicanos, anarquistas, exiliados de todo tipo. Todos con su historia a cuestas y sus silencios. La vergüenza golpeó de nuevo a España.

Haber tenido un padre, una madre, un abuelo fascista después de casi cuarenta años de fascismo, ¿cómo se iba a solucionar eso? Sus intelectuales fueron desplazados hacia el olvido, como lo habían sido otros treinta y pico años antes. No fueron los únicos y la cosa es más complicada de lo que ahora cuento. Pero esa es otra historia.

Francis Picabia, Bahia

Francis Picabia, Bahia

Republicana casada con un fascista

Felicidad Blanc, devota esposa de un poeta fascista, se presentó como republicana y de izquierdas. Si así fue, la cantidad de silencios y narrativas con las que tuvo que llenar tanto vacío no puede, a mi modo de ver, dar lugar a alguien que no sea, a lo menos, fantasioso. Recluida en su mundo mágico, atrapada en la disonancia cognitiva, ocultar a toda costa —empezando por sí misma— lo que no encajaba con esa idea burguesa de la familia perfecta.

Amante marido, bella y refinada esposa deseada por todos, musa de poetas —Virginia Trueba señaló que eso particularmente le encantaba—, con hijos fuertes, sanos y con éxito en la vida, esa idea, en fin, tan decimonónica, debió serle una razón vital. La vergüenza —como todavía pasa hoy— confundida con lo que la salvaba del fracaso. Era todo lo contrario.

El Talón de Aquiles del patriarcado

Madre de los hermanos Panero (poetas), como esta no es su historia, solo diré que Leopoldo María la acusó públicamente de encerrarlo en un sanatorio mental. Felicidad escribió de cabeza el guion de su vida —estas memorias— y no se exponía al público (pensemos en la película El desencanto) sin antes urdir la trama de la narración de sus experiencias, nos contó Virginia.

Cuando las feministas del grupo de Vindicación feminista la entrevistaron —nos explicó—, la trataron algo así como a una niña mayor, con tono condescendiente. Es comprensible. Para esas feministas, que habían encontrado el talón de Aquiles del patriarcado, que estaban reseteando la historia larvada por el fascismo, Felicidad Blanc debía representar el negativo de todo lo que significaba ser mujer. En lugar de enfrentarse a la vergüenza, se valió de ella.

Espejo de sombras (Cátedra, 2026), con edición a cargo de Virginia Trueba Mira, es una lectura necesaria, que da qué pensar. De primeras, cabe cuestionarse qué sale de aferrarse a una imagen idealizada de mujeres nacidas libres de maltrato, de fantasear con que obedecer o no al patriarcado se reduce a una mera decisión personal o que ser víctima de machismo es cosa de tontas. Qué sale de la vergüenza. Qué sale.