Ilustración inspirada en la obra teatral ´El hijo de la cómica´

Ilustración inspirada en la obra teatral ´El hijo de la cómica´ Farruqo

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Sacristán, el niño que quiso ser Tyrone Power, relata a Fernán Gómez en Bellas Artes

Pepe Sacristán se desdobla en ´El hijo de la cómica´ para llevar al escenario las memorias de Fernán Gómez, su amigo y maestro

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El azar fue un destino al que Fernando Fernán Gómez (1991, Lima) tributó una devoción fervorosa. Mientras escribía El tiempo amarillo (1990), le tapiaron la vista de la Sierra de Guadarrama levantando un chalé faltón delante de su ventana. Tardó una década en terminar su autobiografía y se confesó deudor de “...un día se pondrá el tiempo amarillo/ sobre mi fotografía”, de Miguel Hernández, el poeta heroico de La nana de la cebolla.

Dijo que no le gustaban los libros gordos porque es mejor no fiarse de la memoria, pero nos dejó una herencia de 600 páginas y, en la segunda edición, añadió una comentada cita de Santiago Ramón y Cajal, como aviso a navegantes veteranos: “Rasgo característico de la vejez es pensar que con nuestra ruina debe precisamente coincidir la del Universo”.

En el relato de su vida, Fernán Gómez lo recrea todo y se parodia a sí mismo de forma inocentemente tragicómica e insegura como era, a pesar de las apariencias, la vida de
un grande de nuestra escena. Se empapa de biografías internacionales como las de Alec Guinness, Lauren Bacall, Ingrid Bergman o María Asquerino. No revela su vida sexual y se sorprende ante la franqueza de Laurence Olivier o Chaplin, dos desnudos de la profunda cultura puritana del mundo anglosajón.

El hijo de la cómica

Desde el pasado 23 de mayo, cuando se apagan las luces de la sala en el Teatro Bellas Artes de Madrid, asoma la voz rotunda de Pepe Sacritán: “Yo soy un cómico, que viene a contar la historia de un cómico que era, a su vez, el hijo de una cómica”. Es el comienzo de El hijo de la cómica, la obra con la que el genial Sacristán —de niño quiso ser Tyrone Power, tras verlo montones de veces en el cine de su pueblo, Chinchón— ha llevado al proscenio su particular visión de El tiempo amarillo, la vida de su maestro y amigo, Fernán Gómez, el hijo de Carola. Es un largo monólogo interrumpido por voces lejanas que hacen de la palabra el eco de la escena.

Cartel de la obra ´El hijo de la cómica´ en el Teatro Bellas Artes de Madrid

Cartel de la obra ´El hijo de la cómica´ en el Teatro Bellas Artes de Madrid Teatro Bellas Artes

Sobre un minimalismo escénico de sillas y cartones, hay un perchero sobre el que se mece el enjuto Sacristán, ¡sobresaliente!, hasta llenarlo todo de recuerdos sobre la base de su figura con distintos timbres de voz; es el Fernán Gómez niño, es su madre cómica y hace la voz de los familiares y amigos de su autobiografía. Son muchos a la vez para un solo interprete que se desdobla.

Sacristán lleva más de 150 películas a sus espaldas, algunas de ellas con los mejores: Berlanga, Sáenz de Heredia, José Luis Garci, Mario Camus, Pilar Miró, Gonzalo Suárez, Eloy de la Iglesia o Fernando Trueba. Es el hombre de las mil caras y de todos los sexos.

Sobre la escena, es como el Picasso de Ambroise Vollard, al que le bastaban unas pocas ideas al azar del marchante para entregar series de cuadros deslumbrantes, como la dedicada a La obra de arte inacabada de Balzac. Sacristan, sobradamente reconocido, comparte la trilogía actual que reina sobre la escena de nuestro tiempo, junto al shakespeariano, Josep Maria Pou, y el barroco José Luis Gómez.

No toma por causa lo que no lo es. En los últimos años ha trabajado con directores del laissez faire cinematográfico -así trataba Fellini a Marcelo Mastroiani- como Carlos Vermut, (Magical girl, 2014), Kike Maíllo (Toro, 2016), Isaki Lacuesta (Murieron por encima de sus posibilidades, 2014) o Pau Durá (Formentera Lady, 2018). No olvidamos sus series en TV y una obra de teatro única que une palabra y declamación, a mejor memoria cervantina: Mujer de rojo sobre fondo gris, un Miguel Delibes que queda para el futuro.

Sacristán es un forjador de conceptos escénicos en busca de palabras que sobreviven en la memoria colectiva, a la espera de que alguien las encuentre. Habla en glosa con un estilo extraño al uso urbano actual, utiliza palabras muertas porque el fin lo rodea todo y sin embargo lo hace con una dramaticidad larvada en la conciencia de lo viviente. La autobiografía de un viejo siempre prematuro aunque vitalista, como fue Fernán Gómez, se cierne continuamente a lo largo de la obra; anuncia una pulsión de muerte, que une miedo y atracción.

El actor es aquí la presencia física y sensible del representado a través de una red de posibilidades afectivas. Sacristán es Fernán Gómez, pero también es su parentela.

La vida de Fernán Gómez de cerca

En la vida real, Sacristán siguió de cerca a su amigo Fernando, “feo y pelirrojo”, el mejor entre los perdedores en los años del hierro, con una infancia de trasiegos permanentes en compañías de teatro. Pepe y Fernando son los hijos respectivos de Nati y de Carola; el actor cumplió su sueño de ser actor gracias a los esfuerzos de Nati en los años del pan negro y el puré de harina, en su pueblo natal, viendo cine mal doblado y formando parte del grupo de teatro aficionado de Educación y Descanso.

Su padre, Venancio, se pasó la posguerra en prisión por rojo y le puso de nombre José a su hijo, en honor de José Díaz, el fundador del Partido Comunista de España. Por su parte, Fernán Gómez había nacido años antes pegado la escena de la Cómica; fue un niño de camerino y autobús repleto de maletas, con llantas de amianto. En El Tiempo amarillo, remarca su infancia republicana y abre un puente largo entre la salida de Alfonso XIII de España, que él celebró con su abuela, y la entrega honorífica de un premio recibido de manos del nieto real, Juan Carlos de Borbón, el emérito hechizado.

A partir del arranque del Hijo de la cómica, Pepe Sacristán es fiel a sí mismo; es el de Yo me bajo en la próxima, ¿y usted? La guerra de nuestros antepasados; ni La muerte de un viajante en el Centro Dramático Nacional; Miserias de un infierno conyugal, en el Albéniz. Es el mejor Sacristán, mejorado; mejor incluso que el de la película El muerto y ser feliz, dirigida por Javier Rebollo, el Goya de 2012 dedicado por Pepe al productor que confió en él, Pedro Masó.

El hijo de la cómica es un plato nada ampuloso, un menú simple entre amigos, la cita que se ajusta al recuerdo poético de juventud, con el lastre del tiempo dando lustre. La teatralidad concreta y aparentemente humilde que te hunde en la confortable platea de Bellas Artes, sin suspiros ni lágrimas, como eran las tertulias en el Gijón a las que Fernán Gómez nunca renunció; te deja respirar y sentir al actor que da vida al pasado y sostiene el testimonio de una generación.

El escritor Fernán Gómez de El tiempo amarillo es un genio imposible de colocar en el canon tradicional, es un memoralista tan eficaz como pueda haberlo sido Julio Caro Baroja, al contar la historia de su familia, menos particularista que Maurici Serrahima y más sofisticado que Javier Varela o Cansinos Assens.

Representa la mirada inteligente y divertida, con atención a los detalles no convertidos en categoría. Lleva con orgullo su silla en la Academia de la Lengua, a la que entra tras negarse el rotundo Rafael Azcona —“ni hablar”—, el gran guionista señalado por el director José Luis Borau, quien ocupó la misma plaza a la muerte de Fernán Gómez. Resulta imposible olvidar el reguero de perlas que este último dejó con Las bicicletas son para el verano, y con la dirección de cintas, como La vida por delante, La vida alrededor, El mundo sigue, El extraño viaje o El viaje a ninguna parte.

Ahora, Sacristán nos ha devuelto el latido de Fernando y una vez más, vamos con inocencia de las musas al teatro.