Imagen de la escritora Hye-Young Pyun

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´El pozo´ de Hye-Young Pyun

La escritora Hye-Young consigue con su última novela, ´El pozo´, construir un relato brillante de terror mientras reflexiona sobre el sentido de la vida y la muerte

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Los monstruos, vampiros, trasgos y demás seres infernales están bien para pasar un buen mal rato, pero el terror que se te mete en los huesos es el psicológico. Del Tren de la Bruja al horror que se apodera de ti hay un trecho muy largo, y no es fácil conseguir tus objetivos con historias en las que no se cuela ni un solo elemento paranormal. La coreana Hye-Young Pyun (Seúl, 1972) logró con su novela de 2017 El pozo (Destino) algo extraordinario: meterte el miedo en el cuerpo mientras reflexiona sobre el sentido de la vida (y de la muerte).

Portada de la novela ´El pozo´ de Hye-Young Pyun

Portada de la novela ´El pozo´ de Hye-Young Pyun Planeta

Sin referentes fantásticos y centrándose en la turbia relación entre un hombre confinado a una cama tras un accidente automovilístico provocado por su mujer, que falleció en el mismo, y su suegra, que al principio parece una mujer bondadosa que se agarra a lo único que le queda de su hija, pero que, poco a poco, se va revelando como una extraña sádica que no ha digerido la muerte de su niña y se la va a hacer pagar al miserable de su marido.

La historia remite, inevitablemente, a Misery (1987), la novela de Stephen King llevada al cine por Rob Reiner (asesinado recientemente por su propio y perturbado hijo) y protagonizada por James Caan y Kathy Bates, como el escritor accidentado y condenado a la cama permanente y la enfermera psicótica que se convierte en su carcelera y su peor pesadilla. La principal diferencia entre El pozo y Misery estriba en que en la primera no hay buenos y malos, solo personas que han venido al mundo sin manual de instrucciones y no terminan nunca de orientarse.

En El Pozo nadie está loco

En ese sentido, El pozo es una propuesta mucho más perversa que Misery, pues aquí nadie está loco (del todo) y rige una domesticidad falsa y engañosa entre víctima y verdugo que no fomenta precisamente la empatía hacia el pobre Ogi, aunque éste va viendo como su maldita suegra lo aleja del mundo, de los amigos y de todo mientras supervisa la creación de un pozo en el jardín que parece destinado a acoger los restos del hombre que, según ella, se cargó a su tesorito.

A todo esto, la difunta tampoco era un ángel. En los recuerdos de su marido fue una mujer obsesionada por destacar, pero sin el talento necesario para lograrlo. Lo intenta con la literatura y algunas cosas más, pero de todas se cansa a las primeras de cambio. Al mismo tiempo, le va cogiendo una manía tremenda a Ogi, que se dedica a medrar en lo suyo y se ha hecho con una codiciada plaza de profesor en la universidad.

Ogi va a su bola, y eso incluye una relación amorosa con una amiga y un one night stand con una alumna: dos motivos más para que su mujer lo deteste. Cuando ésta escribe un relato para ponerlo verde y, según ella, desenmascararlo (aunque no hay mucho que desenmascarar) y se lo cuenta en el coche, la rabia mutua va escalando hasta propiciar el accidente fatal. A partir de ahí, Ogi queda en manos de su siniestra suegra.

Un brillante relato de horror

No pasa gran cosa en El pozo. Se puede explicar de qué va en cuatro palabras. Pero es el estilo de su autora, con su peculiar manera de racionar la información desde la mente confusa de un muerto viviente, lo que concede al texto su muy especial valor. Cuando supe de qué iba, pensé: no pienso pasar tres o cuatro días con un tipo atado en la cama y maltratado por la bruja de su suegra. Afortunadamente, cambié de idea y me sumergí en la prosa absorbente de la señora Hye-Young, que consigue tenerte atrapado durante las 224 páginas de su novela.

El pozo ganó en 2017 el premio Shirley Jackson, y eso es algo que tiene toda la lógica del mundo, ya que la autora de Siempre vivimos en el castillo, La maldición de Hill House o el impresionante relato La lotería está presente en todas las páginas del libro. La norteamericana Shirley Jackson (1916-1965) bordó como nadie el terror psicológico y doméstico sin alharacas fantasiosas.

Tardó un tiempo en ser reivindicada, pero hace ya unos años que su obra es apreciada como se merece. Y yo diría que una de sus alumnas más aventajadas es la coreana Hye-Young Pyun, que consigue con El pozo (brillante traducción de Alba Verea Pérez) uno de los mejores relatos de horror alternativo de los últimos tiempos.