Jorge Luis Borges

Jorge Luis Borges DANIEL ROSELL

Letras

Borges, guía del siglo XXI

El escritor argentino, cuyas obras completas resucita Alfaguara en tres tomos monográficos, uno de ellos dedicados íntegramente a sus ensayos, no fue –como se piensa– el notario del secular legado de la literatura, sino el primer impugnador de esta herencia cultural

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“Es sabido que la identidad personal reside en la memoria y que la anulación de esa facultad comporta la idiotez. Cabe pensar lo mismo del universo. Sin una eternidad, sin un espejo delicado y secreto de lo que pasó por las almas, la historia universal es tiempo perdido, y en ella nuestra historia personal –lo cual nos afantasma incómodamente”. En Historia de la eternidad, uno de los textos recogidos en la reciente edición de sus Ensayos completos (Alfaguara), Jorge Luis Borges equipara así la memoria personal con la eternidad, que sería una especie de memoria universal en la que estamos insertos. La idea no solo es persuasiva, sino que funciona incluso como metáfora de toda la obra del escritor argentino, que casi podría considerarse una Cábala secular nacida y ejercitada en un mundo sin Dios, pero necesitado aún de lo eterno.

El infinito que se abisma en los espejos y los laberintos de Borges no deja de ser de hecho un trasunto de esa contracción original que según los cabalistas dio origen al devenir y cuya huella, por tanto, palpitaría aún en lo que llamábamos tradición o canon. En ese sentido, Borges ha venido a cumplir en nuestra época una misión que quizá nunca aventuró. Su magnética e inagotable meditación sobre la cultura universal, sostenida en esa metamorfosis constante de los géneros que en su obra va del cuento al poema o la nota sin apenas variación de tono, nació en su día como consecuencia de la emancipación literaria que en el siglo XX había supuesto la promiscuidad de la traducción, así como la ruptura de los límites con que se había intentado aislar a la cultura occidental. El descubrimiento, por ejemplo, del poema de Gilgamesh acabó con la ilusión de pureza y de originalidad de la Grecia romántica, abriéndonos los ojos a un pasado mucho más complejo y mestizo de identidades inestables y fronteras borrosas.

Borges fue el escritor que con mayor ambición asumió esa nueva constitución de la cultura, instalándose con naturalidad en lo que se consideraba, sobre todo en Europa, el hundimiento de la tradición y convirtiéndose de hecho en el primer explorador de ese nuevo cosmos surgido de las ruinas del viejo orden. La recepción de su obra se resintió por ello de un espejismo del que aún no se ha librado, puesto que lo que era en el fondo un gesto contracanónico se tomó como una afirmación de la transmisión, cuando en realidad Borges ya estaba apuntando a una superación de la herencia. “Nuestra herencia no está precedida por ningún testamento”, decía René Char y glosaba Hannah Arendt, resumiendo de algún modo el estado de la cuestión. Borges, a pesar de su prestigio de último bibliotecario y sabio ciego, no fue el notario de ningún legado sino su primer impugnador.

El escritor Jorge Luis Borges

El escritor Jorge Luis Borges EFE

Y aquí es donde se evidencia la misión que ha venido a cumplir para nosotros y que acaso él mismo nunca contempló. El siglo XXI se está caracterizando culturalmente por el rechazo a la autoridad y la tradición canónica que se empezó a gestar a finales del XX. La denuncia del etnocentrismo occidental se ha terminado imponiendo como criterio hegemónico a la hora de enjuiciar la literatura. La identidad sexual o étnica de los autores ha transmutado su valor moral en un prejuicio estético que determina la aparición del escritor en el escenario público. Pero se supone que, más allá de esos condicionantes, por muy justos y necesarios que sean, sigue importando la complejidad literaria expuesta y arriesgada para dramatizar esa misma diferencia moral que de otro modo se queda en simple representación ingenua. Todo apunta, de todos modos, a que el cuestionamiento, por lo demás muy lícito, del etnocentrismo cultural europeo, así como de la hegemonía masculina en la tradición, se ha constituido en un fin en sí mismo, autosuficiente y válido por su simple negación.

Al haberse emancipado antes que nadie de la herencia, Borges se ha convertido en un modelo para sobrevivir en un mundo sin autoridad ni tradición, con un saber democratizado como nunca gracias a internet pero para el que se necesita, precisamente por la ausencia de orden, no tanto un guía como un modelo de lo que puede hacer uno como guía de sí mismo, una experiencia de la búsqueda, un escandallo de la hondura que se nos ofrece en ese pasado en constante transformación y que, a pesar de ser más abarcable que nunca y estar a disposición del común, no ha dejado de simplificarse por las razones que deberían mover a lo contrario.

“La música, los estados de felicidad, la mitología, las caras trabajadas por el tiempo, ciertos crepúsculos y ciertos lugares, quieren decirnos algo, o algo dijeron que no hubiéramos debido perder, o están por decir algo; esta inminencia de una revelación, que no se produce, es, quizá, el hecho estético”, escribe Borges al final de La muralla y los libros. Borges nunca transmite un sentido unívoco o cerrado de lo que interpreta, sino que nos obliga a suspender los significados heredados para estar en disposición de experimentar esa revelación inminente que cifra su verdad en que nunca llega a producirse.

Como narrador y poeta, Borges practica una especie de simulacro en el que la voz en realidad perdida de la transmisión sapiencial y del canto denuncia su propia desaparición. Sus cuentos invocan el fantasma de la oralidad en un mundo que se ha reducido a la escritura, del mismo modo que sus poemas, con esa prosodia a menudo tan forzada y clásica, son el homenaje al espectro de su música. Como crítico y ensayista, Borges cultiva una misma ambigüedad, situándose en un margen que aparenta centralidad, reestructurando la tradición como si siempre hubiera tenido la forma que le da en sus comentarios, uniendo la literatura gauchesca y criolla, el budismo y la Cábala, con Shakespeare, Goethe, Joyce o Kafka. Desde su primer libro de ensayos, Inquisiciones (1925) hasta los últimos, escritos y dictados en su vejez oracular, Siete noches (1980) y Nueve ensayos dantescos (1982), Borges es el mismo lector que está constantemente creando a sus precursores, deshaciendo el camino mientras parece agradecer y celebrar el privilegio de las influencias.

Su minuciosa forma de leer, capaz de extraer oro de un verso menor o de un accidente filosófico secundario, recuerda mucho al close reading de T. S. Eliot, que también sabía detenerse donde todo el mundo había pasado de largo. Con apenas veintiséis años, por ejemplo, Borges ya era capaz de discurrir en torno a estos versos de Unamuno, pertenecientes a su Rosario de sonetos líricos (LXXXVIII): “nocturno el río de las horas fluye / desde su manantial, que es el mañana eterno…” y relacionarlos con la igualación entre tiempo y espacio de Schopenhauer, sin dejar de admirar la reversión de la dirección tópica del tiempo, que para Unamuno brota del futuro hacia nosotros. Del mismo Unamuno lamenta a la vez otros versos menos felices como “recogí este verano a troche y moche / frescas rosas en campos de esmeralda”, que a pesar de su “metrificada endeblez” le parecen obra de un “hombre bueno” y no “de un asustador grandioso de incautos”.

'Ensayos completos'.

'Ensayos completos'. ALFAGUARA

En una conferencia sobre la pesadilla, recogida en Siete noches, un Borges ya anciano sigue siendo el mismo lector de detalles que de pronto se convierten en una apasionante pesquisa. Comentando la etimología de la palabra nightmare –“pesadilla” en inglés–, recuerda que literalmente la traducción sería “la yegua de la noche” (una imagen que contiene, dice, “algo terrible”). Entonces le viene a la memoria que Shakespeare había jugado con ese significado posible y que alguna vez había hablado incluso de the nightmare and her nine foals, es decir, “la yegua de la noche y sus nueve potrillos”, la pesadilla con sus crías. Aunque no lo dice, la cita procede de El rey Lear y está en boca de Edgar disfrazado de Pobre Tom, una máscara lingüística que constituye de hecho una auténtica pesadilla del lenguaje.

Algunos de los que empezamos a leer a Borges en la adolescencia y crecimos con él soñábamos con llegar algún día a habitar su mundo y movernos por el universo de las lecturas con parecida soltura y seguridad. Pero lo que no sabíamos es que en realidad Borges mismo es una metáfora del mundo que cualquiera puede descubrir. Él mismo, en el ensayo titulado Del culto a los libros concluyó que “ese libro incesante es la única cosa que hay en el mundo: es, mejor dicho, el mundo”.

Antes, comentando la célebre sorpresa de San Agustín al descubrir a San Ambrosio leyendo para sí mismo, en silencio, Borges observa que esa “omisión del signo sonoro” conduciría a consecuencias maravillosas, entre ellas, cumplidos muchos años, al concepto de libro como fin y no “como instrumento de un fin”, algo que, en la literatura profana, daría los “singulares destinos” de Flaubert y Mallarmé, de Henry James y de James Joyce. La reflexión nos permite preguntarnos, en este siglo XXI de libros dispersos y desencuadernados, cuando la literatura parece estar recuperando la oralidad y la voz viva, ojalá el oído, si no será el propio Borges un camino, como lo es Kafka, para salir del atolladero que hizo de la cultura un fin en sí mismo y buscar otra vez otro fin, quizá más modesto y pedagógico.