Imagen de Camila Cañeque

Imagen de Camila Cañeque WIKIPEDIA

Letras

Llegar tarde a 'Las últimas frases' de Camila Cañeque

Recomiendo 'La última frase', en la editorial La Uña Rota; entiéndase que no la recomiendo al lector corriente de novelas entretenidas, sino al exigente lector que, cuando toma un libro, espera encontrarse un desafío

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Seamos claros: hay en el fantástico y ampliamente reconocido y difundido (de momento cuatro ediciones y el respeto de la crítica más exigente) libro de la barcelonesa Camila Cañeque (1984-2924) una pulsión de fatalidad que se prolonga luctuosamente, más allá del cuerpo del texto, en el cuerpo mismo de la autora, prematuramente fallecida de un ataque cardiaco, según parece, a la edad de 39 años, y que parece una reverberación de la fascinación de la artista y escritora por los finales de novela, y concretamente por la frase final –en la que converge el libro entero, de cerca de quinientas novelas y también algunos ensayos y manuales, que reúne en sus tensos, graves, comentarios que desliza entre cita y cita. O que cada cita viene a glosar.

Esta meditación breve pero infinita sobre la naturaleza de la frase final y sus resonancias en el discurso que la precede y en el silencio posterior, esa rumia sobre la palabra y el silencio no puedo celebrarla cuando se convierte en algo parecido a metáfora también sobre la vida, pero sí que hay que celebrar y elogiar, aunque aquí lo hagamos con retraso, una aproximación tan original e inesperada al legado literario.

Camila Cañeque y su libro

Camila Cañeque y su libro LIBRERÍA FINESTRES

Es notorio que con frecuencia se ha prestado atención a la primera frase de las novelas, celebrado las mejores, desde la de Ana Karenina y su “todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera”, a la de Cien años de soledad, “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”, pasando por la de Lolita, “Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía” (en el inglés original suena mucho mejor, más melodioso).

Suele citarse la de La metamorfosis, también y más escrupulosamente titulada en español La transformación, “Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, se encontró en su cama convertido en un monstruoso insecto”. O la de Pedro Páramo, “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”.

Sin prisas por llegar allí

Aunque, de toda la historia de la literatura, la más imponente y sugestiva, y mi preferida, sea la del Evangelio de Juan, “En el principio estaba el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios”, casi la iguala para mi gusto la de La doble hélice, la memoria de Watson sobre la investigación que realizaron Crick y él para descubrir la estructura del ADN: “Nunca vi a Francis Crick en una actitud modesta”. Y si no cito también la primera frase de mi propio libro Pronto seremos felices, de la que me siento satisfecho --porque se me ocurrió al despertar y porque reúne en unas pocas líneas un dicho anglosajón, un aforismo presocrático, el aburrimiento, el miedo, el amor y el paso del tiempo, y además sale una zarza-- y que me gustaría reproducir aquí para colocarlo en tan distinguidas compañías, es sólo porque no la recuerdo con exactitud y no tengo la tengo a mano.

Y ahora he de reconocer, mal que me pese, que si me detengo a hablar, por trillado que esté el juego, de las primeras frases de las novelas, es para demorar, mientras me entretengo en redactar estas explicaciones y en citar frases tan sugestivas, el momento de enfrentarme a la última frase, y a las últimas frases. Seamos claros: prisa no tengo por llegar allí.

Ni tampoco de extenderme sobre el libro abisal y tan creativa, artísticamente articulado por Cañeque. De ella había oído hablar por su intervención en la feria de arte ARCO, en Madrid, donde realizó una performance que levantó algún eco en la prensa, y que consistía en comparecer en el vestíbulo de la Feria ataviada con un vestido de faralaes, y tumbarse en el suelo boca abajo, simbolizando la muerte de España ante el capitalismo global (representado por ARCO). Ocurrencia que, cuando me la contaron, olvidé, considerándola sin mayor trascendencia, pero que ahora la entiendo también como símbolo y presagio de su obra y de su destino. Y este párrafo también es una forma de procastrinar.

Recomiendo La última frase, en la editorial La Uña Rota; entiéndase que no la recomiendo al lector corriente de novelas entretenidas, sino al exigente lector que, cuando toma un libro, espera encontrarse un desafío. Es una obra maestra intersticial, que se adentra por un camino antes no transitado, y lo cierra, por él ya ningún otro autor podrá avanzar, por más que, siendo la elección de esas quinientas últimas frases aleatoria o azarosa, al albur de los dispares libros que manejaba la autora, y a los diferentes criterios de ordenación que ensayó, según ella misma cuenta, antes de encontrar el orden definitivo, en principio podría reintentarse muchas veces, como se han hecho versiones del Me acuerdo de Brainard y de Perec pero ya sin atenerse a las normas de su estricta maquinaria literaria. La última frase de Cañeque queda como monumento, redondo, perfecto, yo creo que intocable.