El escritor Enrique Vila Matas, firmando libros en Sant Jordi

El escritor Enrique Vila Matas, firmando libros en Sant Jordi

Letras

Nuestros queridos simulacros culturales

Cada Día del Libro se venden miles de libros, pero al día siguiente, en las librerías sigue reinando la paz de los cementerios. La mayoría de compradores del Día del Libro considera que ya ha cumplido con la tradición y que hasta el año que viene no merece la pena comprar ningún otro libro

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Puede que la situación de la cultura en España no sea como para tirar cohetes, pero a la hora de fabricar simulacros más o menos verosímiles, la verdad es que somos insuperables. Hace unos días tuvo lugar nuestro mejor simulacro, el Día del Libro, así llamado, según algunos cínicos, porque es el único día del año en que los españoles compran un libro.

Puede que esto sea una exageración, pero, hasta donde yo sé, quienes compran libros a lo largo de todo el curso suelen encerrarse en sus casas en tan feliz fecha para esquivar, por lo menos en Barcelona, a esa masa de muertos vivientes que caminan con un libro en una mano, una rosa en la otra y la mirada perdida en el horizonte.

Cada Día del Libro se venden miles de libros, pero al día siguiente, en las librerías sigue reinando la paz de los cementerios. La mayoría de compradores del Día del Libro considera que ya ha cumplido con la tradición y que hasta el año que viene no merece la pena comprar ningún otro libro.

Uno se alegra de que los libreros hagan su agosto en abril, pero la relación de ese gran día con la lectura es, digamos, oblicua. A efectos prácticos, el Día del Libro solo sirve para que la gente se sienta más culta (y más humana, si ha habido también la compra de una rosa), pero esa sensación es falsa, por mucho que el simulacro dé el pego para los extranjeros, sobre todo si son escritores, pues se van de España creyendo que esto es la tierra prometida de los literatos.

El día de Sant Jordi de 2026 en Barcelona

El día de Sant Jordi de 2026 en Barcelona SIMÓN SÁNCHEZ Barcelona

Luego llegan, claro está, las ventas reales. Muchos libros no llegan a los 200 ejemplares. Algunos no los compra absolutamente nadie. El Día del Libro ha sido, simplemente, una performance que interpela a miles de ciudadanos, como si los hubiese llamado Spencer Tunick para posar desnudos y en masa en algún entorno idílico. Todos sabemos que el Día del Libro es una engañifa, pero hacemos como que nos la creemos (en Cataluña, además, la envolvemos en una especie de atmósfera patriótica, como si Sant Jordi hubiese nacido en Cataluña y no en la Capadocia y representara, además, la resistencia del noble pueblo catalán ante el dragón, que, como todo el mundo sabe, es español).

El salón del cómic de Barcelona

El salón del cómic de Barcelona

Este mes de mayo se celebrará en Barcelona otro de nuestros grandes simulacros culturales, el Salón del Cómic, Volveremos a batir récords de asistencia, pero, cuando acabe el certamen, la historieta de autor seguirá teniendo unas ventas lamentables en comparación con las de los súper héroes americanos y el manga japonés.

Los primeros años del Salón parecieron afirmar la industria y la situación del comic adulto, pero hace años que los lectores de tebeos sabemos que las cifras de asistencia no tienen nada que ver con la auténtica realidad de la industria del comic.

No engañar a los incautos

Ya fuera del mundo de la lectura, se da también otro glorioso simulacro con la ceremonia de entrega de los premios Goya, supuesta gran fiesta del cine español que juega a ser Hollywood por un día. Se entregan galardones a troche y moche y se da la impresión de que la industria del cine español va viento en popa.

Nada más lejos de la realidad: la gente se muestra remisa a ver cine español y los taquillajes de nuestras películas rozan a menudo lo ridículo, lo que evidencia una falta de conexión entre autores y público que debería inquietar a nuestro ministro de Cultura y a replantearse la política de subvenciones (cosa imposible si el ministro es Ernest Urtasun, cuya idea de lo que tiene que hacer consiste en devolverles a los indios lo que les soplamos cuando la conquista).

Libros, cómics y películas son solo tres simulacros, a los que supongo que podríamos añadir algunos más en temas que no controlo tanto. Son unos fakes muy bien hechos, como esas copias de los relojes Rolex que fabrican en China. Casi dan el pego: en España todo el mundo lee, los comics son un sector cultural tan adulto y relevante como cualquier otro, los españoles se identifican con su cine (se nos informa de subidas en la taquilla, pero obviando que el grueso de la recaudación corresponde a la última de Torrente).

La verdad es que fingimos muy bien. Pero solo podemos engañar a los incautos.