Petrarca y Montaigne, por Farruqo

Petrarca y Montaigne, por Farruqo FARRUQO

Letras

Montaigne y Petrarca descorren el velo que cubre la vanidad de Europa

Eduardo Prieto, arquitecto y ensayista, enlaza a Montaigne con Petrarca en su libro 'Los lugares de Petrarca', una versión entusiasmada del peregrinus ubique, el peregrino en todas partes, el que viaja continuamente por las ciudades

La España saturniana y liberal de Francisco de Goya y Rosario Weiss

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No me está permitido polemizar a favor o en contra de los polemistas, sino a favor de la polémica. Ejercito la mente; no me interrogo por la materia sino por la manera; busco el estilo, no su asunto. Así discurre Michel de Montaigne, gigante del pensamiento crítico, nacido en 1533, el noble de la Torre de Burdeos que aprovecha sus paseos para ordenar mentalmente las ideas, vertidas en el texto de Sobre la conversación, un capítulo de sus célebres Ensayos.

En una noche de andares y premoniciones, Montaigne se encuentra sorpresivamente con el gran poeta italiano, Francesco Petrarca, autor del Canzoniere, nacido en 1304, y referente de la literatura renacentista. Separados por una distancia de dos siglos, ambos comienzan un debate astral, cuyos corolarios -la vanidad intelectual y el odio que sienten los enemigos de la Europa civilizada- conducen a nuestros días.

Caminan bajo un cuarto menguante, que bien podría ser la luna del pintor Caspar David Friedrich, la obra señalada por Samuel Beckett, como la inspiración de Esperando a Godot. Están en el corazón del continente, rodeados de bosques y brumas. El Caballero (Michel de Montaigne) pregunta: “¿Qué buscáis en la noche?”. Y Petrarca responde “huyo del vulgo, del ruido de las ciudades, de Aviñón y de sus cardenales”. “¿Huis entonces de la vanidad?” increpa el Caballero. “Cualquier acto de escritura, de fijar en lo eterno una opinión, es un acto de vanidad”, contesta el Poeta.

Retrato de Michel de Montaigne

Retrato de Michel de Montaigne

Así transcurre el diálogo que despliega Eduardo Prieto, arquitecto y ensayista, en su libro Los lugares de Petrarca (Acantilado), una versión entusiasmada del peregrinus ubique, el peregrino en todas partes, el que viaja continuamente por las ciudades. La vida de Petrarca es un trayecto desde los palacios de Aviñón o desde las mansiones de los príncipes italianos, en tiempos de la peste negra, hasta alcanzar los retiros del poeta en Fontaine-de-Vaucluse o Arquà.

La biblioteca interior

Petrarca ha dormido en posadas desde la niñez; a los seis años ya ha cruzado una porción del Mediterráneo. Emprende estancias prolongadas en Montpellier, Bolonia, Roma, París, Parma, Verona, Mantua, Pavía, Venecia o Padua. Recorre la Nápoles devastada por las guerras y las villas de Cicerón y Escipión; la corte de los venenosos Sforza de Milán, la ciudad en la que él anheló vivir como San Ambrosio; la Florencia de su amigo Boccaccio o la dulce Padua. Escoge Aviñón, “la apestosa Babilonia Occidental”, a orillas del Ródano, sede pontifical de Clemente V, que deshonra a Roma contando con la complicidad militar del taimado Felipe El Bello, rey de Francia.

Portada del libro 'Los lugares de Petrarca'

Portada del libro 'Los lugares de Petrarca'

Los movimientos de Aviñón movilizan a Francia en las batallas contra los Estados Pontificios de Bonifacio VIII, que acaban con la entrada en Aviñón del nuevo pontífice, el obispo de Burdeos, por el puente de Saint-Beneze con los veinte arcos que emulan el Pont du Gard romano.

En el cruce entre Montaigne y Petrarca, titulado Diálogo de los dos noctámbulos, contenido en el citado libro de Eduardo Prieto, el Caballero deja constancia de que también ha viajado mucho, tratando de “descubrir pompas señoriales o fuentes adornadas con autómatas”. El poeta, por su parte, no da por terminada su narración de correcaminos: “mis lugares de paso y estancia no tienen fin”. Ambos acaban delante de sus fuentes de inspiración: sus respectivas bibliotecas, “que deben ser bellas, además de útiles” (dice el Caballero); pero Petrarca lo refuta: “No, mi mirada se vuelca en mi biblioteca interior, la que se lee con la memoria”. Después, la conversación salta a los laberintos. “¿Salís a pasear para escapar de los laberintos?”, pregunta el Caballero; “Salgo para escuchar lo que dicen las cosas quietas”, responde el Poeta.

La finitud de la eternidad

El diálogo coloca al intelecto profundo por encima del tiempo. Sus dos protagonistas acompañan al lector; no son ninguna carga, glosan el análisis a contracorriente y respetan la elocuencia de su contrincante. Se muestran astutos en la digresión: “Tengo también un jardín, el más bello del mundo” (Petrarca). “Yo me canso de caminar entre flores y arrayanes. La mía es una afición de caballero” (Montaigne).

“El jardinero cuida el jardín como los sabios cuidan su vida, poniendo todo el empeño, como si su obra fuera a durar para siempre, aunque sabe que su trabajo será borrado por el tiempo” (Petrarca en el rol de cultivador de laureles, en homenaje a Laura, su musa). Frente a él, el ensayista francés decide mostrar la impenetrabilidad de su firmeza como prosista; no busca verdades absolutas; se pregunta mil veces el Qu’est-ce que je sais, la frase convertida en mito y grabada en las vigas de su castillo. Vive en la incertidumbre, pero sin rendirse al caos.

Petrarca

Petrarca WIKIPEDIA

Petrarca inicia la que considera anticipadamente su última etapa. Busca “un bel morir tutta la vita onora”, el verso más celebrado del Canzoniere, que él imagina cubierto de tres coronas entrelazadas: la finitud, la eternidad y la posteridad. Abandona Roma, donde había pensado depositar sus cenizas junto a la Antigüedad, como inmejorable “acomodo alegórico”, soñado tras la publicación de África, una epopeya en latín sobre Escipión el Africano que le convierte en laureado de la antigüedad clásica por Giordano Orsini, en los jardines del Capitolio romano.

Enamorado de Venecia

Y llega el momento de viajar por placer, no por un encargo diplomático. Es el Petrarca civilizador que gestiona embajadas de las repúblicas latinas y hace que su trabajo sea compatible con su ascenso discutido al Mont Ventoux, por el que le llaman "el primer turista". Colecciona manuscritos latinos en ruinas y aconseja la traducción de Homero de Leontius Pilatus. Descubre una colección de cartas de Cicerón, cuya existencia no se conocía, en la Biblioteca Capitular de la Catedral de Verona.

Gran Canal de Venecia

Gran Canal de Venecia WIKIPEDIA

En su penúltima gran etapa, Petrarca se enamora de Venecia, la Serenísima, la más bella, cuya República le regala al poeta el Palazzo Navager a cambio de su promesa -probablemente incumplida- de entregar su biblioteca a las autoridades del Dogo. Llegado el momento elige Arquà, un pueblo del Veneto, que ha frecuentado tras conocer a il Vecchio da Carrara, un condotiero, entre asesino y poeta, de los que “comían para no ser comidos” en la Italia convulsa de las ciudades estado.

La cercanía del fin suena como un nuevo argumento en el diálogo de noctámbulos. Petrarca asegura que la “escritura es una infección tan peligrosa como la peste”. “En ninguna otra época ha habido tanta abundancia de escritores y comentaristas, ni tanta falta de hombres sabios”.

La vanidad impone su ley. Los dos polemistas, como se hacía en la antigua Grecia se acercan a un escenario de futuro que les confirma como precursores de centurias. Ellos, sin decirlo, hablan de una Europa en ciernes: la fortaleza frágil desprovista de las naves victoriosas que Petrarca veía llegar a la Laguna veneciana, desde una terraza del antiguo Lido.

“Tal vez esta conversación sea fruto de la locura”, dice Montaigne. “Aristóteles certificó que las fantasías son buenas en el sueño del sabio” (Petrarca) “Estáis soñando entonces ¡Afortunado! A mí, la escritura me ha quitado el sueño” (Caballero). “La muerte, su vecina, os lo devolverá” (Poeta).