Adan Kovacsics

Adan Kovacsics SIMÓN SÁNCHEZ Barcelona

Letras

Adan Kovacsics: "En toda traducción siempre existe un punto ciego"

El escritor chileno, narrador, ensayista y traductor de referencia en español de la literatura alemana y húngara, reflexiona sobre la complejidad de verter una obra literaria a otra lengua distinta de aquella en la que fue escrita y reivindica la cultura de la Europa de entreguerras

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Es el gran traductor del alemán y del húngaro al castellano. Gracias a él muchos lectores han accedido a la mejor literatura centroeuropea. Adan Kovacsics los ha traducido a todos: Kafka, Imre Kertész, Karls Kraus, Peter Handke, Béla Hamvas, Péter Nadas, Elfiede Jelinek o el último Premio Nobel, László Krasznahorkai. Narrador -es autor de libros de relatos y novelas como El vuelo de Europa o Invitación a la casona -y ensayista -de imprescindible lectura es El destino de la palabra- reconoce que espera algún día traducir a Jean Paul Richter: “Lo intenté hace años, pero no fue posible. Espero que antes o después llegue esta posibilidad”, comenta frente a la playa de Vilanova i la Geltrú, donde vive.

Lleva tres décadas dedicado a la traducción. ¿Se acuerda de la primera vez que tradujo un libro?

Claro, me acuerdo perfectamente. Por el hecho de vivir en varias lenguas, yo siempre he traducido, aunque fuera solo mentalmente. Pero si me preguntas por un libro te diré que fue en Viena. Mis padres tenían un amigo, un escritor austríaco de origen húngaro que había escrito una obra de teatro sobre Juana de Arco. Creía que esa obra podía tener cierto recorrido en España, y en otros países, así que la traduje al castellano, pero no tuvo mucho éxito. Quizás fue culpa de mi traducción, que debía de ser horrible. Entonces vivía en Viena, así que me había alejado del castellano, una lengua que hablaba con mi hermana y con algún amigo, pero poco más. Recuperé el castellano cuando vine aquí, a Barcelona

Porque usted en casa…

En casa hablábamos principalmente húngaro, pero, cuando estábamos en Chile, el castellano se filtraba. Al trasladarnos a Viena el húngaro y el alemán fueron las dos lenguas principales. Sin embargo, con mi mujer siempre he hablado castellano. La conocí en Viena, pero es argentina, así el español terminó convirtiéndose en la lengua de casa. Y fue con ella como empecé a traducir. El primer texto importante fue un artículo de Sigmund Freud sobre la neurosis de un pintor del siglo XVII. El pintor había escrito una serie de textos y los tradujimos mi mujer y yo.

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Adan Kovacsics SIMÓN SÁNCHEZ Barcelona

Dice que su primera traducción era horrorosa. ¿Relee sus traducciones? ¿Se reconoce en ellas?

Me reconozco en ellas, si bien lo primero que veo al releerme son errores. A veces, para las clases, cojo alguna de mis traducciones y, al revisarlas, las descarto porque no me convencen. Alguna vez he dicho que, si fuera muy muy rico, cogería todas mis traducciones, las compraría de nuevo a los editores y las tiraría para, acto seguido, volverlas a hacer. Evidentemente, no lo voy a hacer.

Pero sí ha revisado traducciones hechas hace mucho tiempo.

Alguna vez. Ahora, por ejemplo, he revisado la traducción de Los últimos días de la humanidad de Karl Kraus, porque la editorial Hurtado y Ortega (HyO) ha reeditado esta obra. Retoqué bastante la traducción de los poemas que Kraus incluye en el libro porque, cuando traduje el ensayo por primera vez, no me manejaba demasiado con el lenguaje poético. Por lo demás, no he cambiado demasiadas cosas. El texto estaba bien traducido gracias a que, en su día, lo revisó Juan del Solar. Juan fue mi maestro, una figura clave para mí. Mis primeras traducciones las revisaba él y es también el caso de Los últimos días de la humanidad que, en retrospectiva, fue mi primera gran traducción.

¿Qué recuerda de Juan del Solar y de sus enseñanzas?

Era un traductor vocacional tremendo. Reflexionaba mucho sobre el texto. Era sinónimo de precisión y de amor por la lengua española. De él aprendí algunas fórmulas, maneras de traducir determinadas palabras del alemán. De él aprendí todo, a darle una y mil vueltas a las frases, el manejo de la sintaxis…

Del Solar decía que traducir a Kafka era como tocar al piano una pieza de Mozart. Si hay un error, enseguida se ve.

Es cierto. Sobre esto hablé mucho con Juan. Él tradujo a Kafka y luego yo cogí en parte su relevo. Kafka y Canetti son, de hecho, los autores que me legó como traductor. Kafka es pulcro, pulido… Es tan clara su prosa que no puedes tapar nada, porque todo se ve. Tiene un estilo refinadísimo sobre el cual, al menos en mi opinión, no se ha llamado lo suficiente la atención. Nos hemos centrado en su mundo, pero no se ha hablado de él como estilista de la lengua alemana. Desde el punto de vista de la escritura es un autor muy trasparente, a pesar de que la interpretación de su obra implique dificultades. Lo bueno de traducir a los grandes autores es que escriben bien y esto te facilita las cosas.

Adan Kovacsics

Adan Kovacsics SIMÓN SÁNCHEZ Barcelona

Desde el punto de vista sintáctico y léxico el alemán es una lengua muy distinta al castellano.

Sí, pero, al mismo tiempo, están emparentadas porque ambas son lenguas indoeuropeas. En este sentido, son más cercanas de lo que pueda ser el húngaro con respecto al castellano. Es cierto que el alemán utiliza muchas palabras compuestas que, al traducirlas al castellano, tienes que descomponer; de ahí que el concepto ya pueda ser expresado en un único término, sino que debe desdoblarse o, incluso, organizarse con tres palabras. ¿Complica esto la traducción? En toda lengua hay algo intraducible. Sin embargo, tras muchos años dedicándome a esto, creo que hay que pensar las lenguas a partir de la cercanía que pueda existir entre ellas. De hecho, se ha traducido –y bien– a Hegel o a Heidegger, autores de extraordinaria complejidad.

¿En la traducción existen los puntos ciegos?

Siempre. En toda traducción existe un punto ciego. . Unos obras son más complejas otras, pero es inevitable. Lo importante es que el traductor tenga los recursos para afrontar estos desafíos y salir adelante. Para mí, la traducción debe tener un componente de reto, si no ¿para qué?

Empezó traduciendo del alemán, si no me equivoco.

Exacto, empecé en los años ochenta traduciendo del alemán y en los noventa hice mis primeros trabajos a partir del húngaro. Tras la caída del muro de Berlín empezó a haber más curiosidad por la literatura del Este de Europa, aunque este interés ya era notable antes en España, Francia, Italia y en el mundo anglosajón. Todo empezó con el interés por la Viena del Fin de Siglo.

El fenómeno Stefan Zweig

Él fue un autor muy popular; en el periodo de entreguerras era uno de los autores austríacos más leídos. Zweig está en el límite entre la alta literatura y la más accesible. No es ni Musil ni Thomas Mann… No requiere esa entrega total que exige una novela como El hombre sin atributos. Pero, a pesar de su complejidad, Musil sigue vivo. Esa Viena tuvo una extraordinaria riqueza intelectual. Lo que surgió en ella en términos de arte, literatura o filosofía continúa vivo. Esa modernidad no ha muerto y que no ha sido superada. Piensa, por ejemplo, en la vigencia de Karl Kraus: la crítica que él realiza es plenamente actual y aplicable a los nuevos medios de comunicación.

Adan Kovacsics

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Kraus ha marcado su pensamiento. Sus reflexiones, ya sea en ensayos o en relatos, tienen al lenguaje como objeto principal.

Es cierto, el lenguaje es el eje de mis reflexiones. Ha sido siempre así, desde que comencé a leer a Karl Kraus y a Wittgenstein que, a propósito, a su vez era un gran lector Kraus. De hecho, el filósofo pedía que le enviaran Die Fackel, la revista de Kraus, a Noruega, dónde vivía. Eran muy distintos: Wittgenstein prefería las frases minimalistas, mientras que la prosa de Kraus era desbordante. Ambos tenían interés por las palabras, por la palabra exacta, y rechazaban las florituras y los ornamentos. Los dos me han marcado muchísimo.

En El destino de la palabra afirma, en diálogo con Kraus y Wittgenstein, que la verborrea mata a la palabra.

Es así. La verborrea mata el sentido de la palabra porque un día una palabra alude a una cosa y, al día siguiente, con la misma palabra podemos expresar lo contrario con total tranquilidad e impunidad. La responsabilidad moral sobre la palabra es algo que he aprendido de Kraus, una responsabilidad que solo existe si respetamos la palabra, si no la adornamos ni la escondemos entre florituras ni dentro discursos interminables.

También ha traducido a Víctor Klemperer.

Sí, LTI me llegó a través de la editorial, no fue una propuesta mía, pero se inscribía dentro de esta reflexión del lenguaje que tanto me interesa y que, en parte, he continuado.

En su caso, la reflexión del lenguaje se da la mano con la indagación en torno a su condición de extranjero.

Este interés tiene un origen biográfico. Yo nací siendo extranjero. Nací en Chile, era chileno, pero mis padres eran húngaros. En casa se hablaba húngaro y gran parte de los amigos de mis padres eran centroeuropeos. A los catorce años me fui a Viena porque mis padres se trasladaron ahí. Allí soy doblemente extranjero: chileno de padres húngaros, viviendo en Austria. Años después me vine aquí, donde llevo ya más de cuarenta años. Me conocen todos, mi vida está aquí, pero ese sentimiento de extranjería no se ha borrado. Sé lo que es la burocracia para conseguir visados u permisos de residencia… Lo sé desde que era adolescente en Viena. Sé lo que es estar sin nacionalidad y sin documentación. En este sentido, comparto y entiendo todo lo que pasan muchos inmigrantes, entiendo sus angustias y sus miedos.

Adan Kovacsics

Adan Kovacsics SIMÓN SÁNCHEZ Barcelona

Este sentimiento de extranjería ha acompañado a muchos autores centroeuropeos. Pienso en Gregor Von Rezzori que, con el cambio de fronteras, terminó perteneciendo a un país que ya no existía.

Me siento muy identificado con estos autores. Von Rezzori es un buen ejemplo, pero pienso también en Imre Kertész, a quien he traducido. Él se sintió siempre extranjero, a pesar de ser judío. Algo parecido le pasó a Joseph Roth, que nació en Galizia y se fue a Viena y a Berlín, hasta instalarse en París.

¿Hasta qué punto la lengua alemana unía? ¿Era un elemento de confrontación?

Hay una frase que siempre se le atribuye a Kraus, si bien no es suya. Dice así: “Alemania y Austria lo comparten todo menos la lengua”. La percepción sobre la lengua ha ido mutando. Kafka, como Schnitzler, se consideraba parte de la literatura en lengua alemana. Su editor vivía en Leipzig, es decir, no existía la idea de pertenecer a otra tradición. Incluso escritores húngaros como Georg Lukács escribieron en alemán, pues era la lengua franca de mucha gente. Lo que sí es verdad es que, con el tiempo, sobre todo a partir de finales del XIX y ya en el XX, empezó a adquirir fuerza la literatura húngara escrita en húngaro. Algo similar pasó en Chequia, pero, por el aislamiento de estos países, especialmente de Hungría, muchos siguieron aprendiendo otra lengua, el alemán.

Un idioma que, debido a la historia del siglo XX, ha sido muy cuestionado. Pienso en Paul Celan o en Adorno, cuando se preguntaba si era posible escribir poesía después de Auschwitz.

Efectivamente, ha sido una lengua muy escrutada, pero este escrutinio empezó antes de la Segunda Guerra Mundial, a comienzos del siglo XX con Kraus y otros intelectuales. El lenguaje siempre ha formado parte de la guerra. Hoy lo vemos con claridad. Estamos en un momento de guerra - Ucrania, Israel y Hamás,Irán- y nosotros, de alguna manera, también estamos participando. Nadie es totalmente ajeno. Y esto es algo que se percibe en el lenguaje que se está utilizando, principalmente en los medios de comunicación.

¿Cuándo uno lleva toda su vida dedicándose a la traducción se llega a perder la confianza en la palabra?

Diría que no. El mundo es palabra. Aunque estemos en silencio, hay palabra. Pero es verdad que siento la necesidad de sustraerme del lenguaje que me rodea. Es imprescindible. Por eso recurro tanto a la lectura de textos sagrados, a los poetas y a los clásicos. Es mi forma de hacer limpieza

Anna María Iglesia y Adan Kovacsics

Anna María Iglesia y Adan Kovacsics SIMÓN SÁNCHEZ Barcelona

¿Qué lugar ocupa la escritura entre tanta traducción?

Siempre he escrito; empecé a escribir en la adolescencia y sigo haciéndolo. Lo hago sin tener en mente un libro ni pensando en un proyecto en concreto. Simplemente escribo. Entre la escritura y la traducción hay vasos comunicantes. En mi escritura han influido autores como Kraus o Kertész, cuya influencia ha sido grande porque, además de traducirlo, lo conocí.

Usted ensalza a Kertész por su radicalidad.

Kertész era de una lucidez absoluta. Su radicalidad consistía en que acudía como fuente a su experiencia y no se dejaba influir por los cantos de sirena que podía haber a su alrededor ni por el lenguaje que terminó imponiéndose al hablar del Holocausto. Él apelaba a su propia experiencia.

Decía Silvia Molloy que la escritura literaria es siempre una escritura extranjera. En su caso, ¿vale por dos?

Probablemente. Proust dice: “Todas las obras literarias están escritas en una lengua extranjera”. Efectivamente, la literatura es algo extranjero.