El escritor Eduardo Mendoza

El escritor Eduardo Mendoza EP

Letras

Grandes tormentas en un vaso de agua

He llegado a la conclusión de que ni Rahola, ni Janer y compañía, se indignan ante las bromas por cálculo, para sacar partido político. No, sencillamente no distinguen el humor y la seriedad, como ha pasado ahora con Eduardo Mendoza. No entienden que se pueda hablar en broma. No le ven la gracia a los chistes.

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Ayer, estando en Barcelona, abrí La Vanguardia y me encontré con una columna de la escritora mallorquina Maria de la Pau Janer reprochando muy seriamente a Eduardo Mendoza que hubiese dicho, durante la presentación de su última novela, que Sant Jordi no tiene nada que ver con el Día del libro, que era un maltratador de animales y seguramente no leyó un libro en su vida.

A la señora Janer le parece que esa broma “pone en cuestión una de las tradiciones más queridas de Catalunya y una de las fiestas más bellas del mundo.” Vaya por dios, hay que ser pérfido y botifler y estar cargado de autoodi para abrigar tan aviesas intenciones.

Es notorio que al señor Mendoza no le gusta pisar charcos y en general procura no opinar mucho sobre asuntos políticos. Probablemente no contó con que una broma sobre el patrón de Bulgaria, de Etiopía, de Georgia, de Inglaterra, de Serbia, de Montenegro, de la corona de Aragón y de Portugal en la Edad Media, de la iglesia ortodoxa rusa, del movimiento Scout, de unas cuantas ciudades, y tema de tantas pinturas renacentistas impresionantes, sobre ellas quizá la de Carpaccio en la Scuola degli Schiavoni, que no hay que perderse si uno tiene la fortuna de estar en Venecia, sería recibida como una intolerable ofensa. (Y no sólo por la señora Janer, sino también por muchos lazis, en la prensa y en las redes sociales, reclamando que se le retire al novelista la Creu de Sant Jordi).

Sulfurosos

Este episodio me recordó el de 2011 con el ex alto cargo socialista Gregorio Peces-Barba, que estaba participando en una mesa redonda en Cádiz y recordó la frase del general Espartero según la cual hay que bombardear Barcelona cada cincuenta años.

Obviamente, aquel político, que no era un energúmeno sino una persona la mar de razonable e inteligente, no lo dijo en serio, no proponía de verdad bombardear la ciudad, pero así fue tomada por los lazis, que no pierden ocasión de escandalizarse y clamar que les queremos anorrear.

Pilar Rahola en aquella ocasión se mostró especialmente sulfurosa. A Peces-Barba le dolieron aquellos ataques torticeros, aquella santa indignación que nos parecía torticera, impostada por puro interés político de retroalimentar el victimismo.

Pero no. Con el paso de los años y pensando mucho en nuestra mentalidad, hoy he llegado a la conclusión de que ni Rahola, ni Janer y compañía, se indignan ante las bromas por cálculo, para sacar partido político. No, sencillamente no distinguen el humor y la seriedad. No entienden que se pueda hablar en broma. No le ven la gracia a los chistes.

Lo de TMB

Parece que bromear en público no está bien visto. Los chistes habrá que contarlos en privado, susurrándoselos al oído a tu interlocutor, o en estancias cerradas con llave. No te olvides de cerrar también la ventana, no sea que se te escape por allí una risita. Parece que una sociedad sólo pueda ser digna y merecedora de respeto si se habla siempre en serio, dentro de los más severos márgenes de la corrección política, y si, en consecuencia, se apuesta por vivir en el máximo aburrimiento. Hemos de ser agelastos (incapaces de reír), según el término griego que Kundera rescató como característica de las sociedades totalitarias.

Vale, me dije, cerrando el diario. Tomo nota.

Lo que tomé fue el metro. Mientras esperaba en el andén sonó por los altavoces el anuncio de una tarjeta que la TMB se ha inventado para el día de Sant Jordi: la tarjeta “T-estimo”. No sirve para hacer un trayecto, sino como punto de libro, con forma de tarjetren. La idea es que en Sant Jordi regales un libro, con este punto de t-estimo, y a cambio recibes un beso de agradecimiento. “Regala petons!”, decían, animosos, los altavoces.

Me pareció triste. Lo que me faltaba, pensé. Dar, o recibir, besos inducidos por la compañía de transportes. Casi preferiría un beso de Judas que un beso municipalizado. No sé exactamente por qué, sentí que la filistea iniciativa de TMB estaba en íntima conexión con la tempestad que se había levantado en un vaso de agua a cuenta de un chiste proferido por un novelista sobre la sacrosanta figura de Sant Jordi.

Hay cosas, pensé, hay una pequeñez de alma, hay una difusa necedad, que no tienen remedio, que están definitivamente taradas.