Retrato de Juan Monegal Vergés
La familia y la memoria fósil
Acantilado publica un sobrio y emocionante ensayo de Antonio Monegal, catedrático de Teoría de la Literatura en la Pompeu Fabra, en el que retrata la España (colonial) del siglo pasado a través de la relación con su padre
La voluntad y el paso del tiempo son los dos mecanismos esenciales con los que, desde el origen de los tiempos, alimentamos ese irremediable conjuro –por otra parte, tan humano– que consiste en crear una mitología privada. Algunos de nuestros héroes particulares, si se dan determinadas circunstancias, acaban convirtiéndose en arquetipos comunales. Pero sólo unos pocos de ellos prosiguen esta rueda infinita de transformaciones hasta erigirse en metáforas culturales universales. Nietzsche sostenía que la sacralización de nuestros propios difuntos es el origen más remoto, la semilla misma, de la religión, nacida para actuar como antídoto (ficcional) ante el pánico que el hombre tiene ante su destino.
Donde la razón no alcanza –explica el pensador alemán en El nacimiento de la tragedia– comienza el dominio de la mitología, que otorga sentido a la vida a través de la ritualización de una colección de verdades íntimas. Sin esta autodefensa los seres humanos quedamos a merced de una ciencia que quizás puede explicar muchas cosas que desconocíamos, pero que también es insuficiente para prepararnos ante la muerte. Debido a esta incapacidad para asumir nuestra condición mortal nace la fe, cuya génesis material –los difuntos lejanos que no conocimos, pero que existieron– hemos ido olvidando con el paso de las sucesivas generaciones.
Friedrich Wilhelm Nietzsche
Hablamos de un proceso natural: todos conocemos el rostro y el nombre exacto de nuestros muertos, pero los hijos, nietos y bisnietos, que ya no podrán conocer a los ancestros de su linaje –salvo por referencias indirectas– inevitablemente irán cortando la ligazón con aquellos que les precedieron. Es la muerte de los seres queridos lo que los transforma, en nuestro corazón, en criaturas sagradas. El curso de los siglos puede borrar toda la memoria de estos personajes. Su idealización sacra, en cambio, puede perdurar porque la religión no es más que una hermosa mentira cuyos referentes carnales se han extinguido.
Los mitos culturales no aparecen por casualidad ni nacen sobre el vacío: se van configurando lentamente a través de la historia terrestre, las necesidades sociales y la manera que las personas tenemos de interpretar el mundo. Nos sirven para desentrañar todo lo que no conocemos, pero intuimos. Establecen una jerarquía del mundo. Postulan una ética. Y narran lo que aspiramos ser. En la vida de cada persona llega un instante en el que debe deshacer la casa de sus padres (quizás también su hogar). Los progenitores se han convertido en recuerdos, humus o humo, y el oficio de difuntos obliga a consumar esta tarea cargada de extrañeza.
Es entonces cuando lo descubrimos: nunca supimos mucho de la vida cierta de quienes son nuestro origen. Esto sucede, en parte, porque no somos capaces de concebir que estas figuras familiares puedan ser absolutos desconocidos. Extraños. Nadie sale incólume del ejercicio de imaginar la vida de sus progenitores –antes de que lo fueran– porque la idea que tenemos de ellos continúa girando alrededor de nosotros. Pero, llegado un cierto punto de la existencia, averiguarlo se torna mandato.
Antonio Monegal
Antonio Monegal (Barcelona, 1957), catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la Universidad Pompeu Fabra, ha hecho este ejercicio en La sombra del padre (Acantilado), un libro sobrio y emocionante en el que, a partir de una serie de los objetos dispersos, heredados de su progenitor, cobijados del tiempo y a salvo de las mudanzas en una caja (o una maleta de viaje), reconstruye el agujero negro que dejó un hombre –Juan Monegal Vergés– cuyo primer apellido heredase el académico catalán hace ahora casi setenta años.
¿Quién fue Monegal Vergés? Nacido en la calle Vergara de Barcelona, fue un hombre absolutamente corriente, aunque nunca pasara hambre, cosa no sencilla en la España de la posguerra. Su familia, acomodada, disfrutaa de los veranos en el Ampurdán, pero su juventud le llevaría al Sáhara y a Andalucía, durante la Guerra Civil. Monegal hijo, que también fue padre tardío, como su ancestro, se encuentra con un muro mudo al indagar en su pasado: ya no queda nadie al que preguntar quién era ese individuo del que la familia había conservado unos cuantos objetos diminutos, fósiles.
En apariencia fue un hombre convencional. Pero la parte jamás es el todo: los objetos en los que todavía reverbera su presencia –papeles, escritos literarios, algunas fotografías, una llave, cosas– sugieren una verdad diferente, alternativa, a la imaginada (por el hijo) y a la contada por el protagonista en su entorno íntimo. El puzzle del padre, muerto cuando el hijo no había cumplido los diez años, ni estudiado en las universidades de Estados Unidos, ni sabía que se dedicaría a dar clases de literatura, está hecho con piezas azarosas y gastadas, lagunas y un aroma de misterio.
Juan Monegal Vergés.
Monegal intenta conectar todas estas huellas (en principio pensando en usar las herramientas de la ficción, cosa que descarta después) hasta que cae en la cuenta de que los silencios ya estaban escritos en la partitura. Su padre, hijo de un prócer catalanista, conservador, seductor vocacional y combatiente en el bando franquista, se alistó como soldado en las colonias españolas en el Norte de África. Terminaría abandonando esta vida secreta y aventurera –fue boxeador, profesor de gimnasia y natación y escritor diletante–, que lo llevaría a Portugal y a Canarias. En esos años inverificables se haría pasar por británico, inventaría un pseudónimo literario (John McMonegal) y, al fin, se rendiría y regresaría a Barcelona.
Lo que Monegal constata en esta pieza de memoria familiar es aquello que ya dijera Jon Juaristi: “Nuestros padres mintieron, eso es todo”. Este hallazgo quiebra el decoro con el que acostumbramos a concebir a nuestros mayores, dada esa falsa creencia de que los padres, o los abuelos, sencillamente por serlo, tienen de forma automática que convertirse en referentes de la ejemplaridad. Ojalá las cosas fueran tan simples.
La verdad del cuento es que, de cerca, nadie es bonito. Y es entonces, al descubrir las elipsis de cualquier novela familiar, cuando descubrimos la verdad: quienes nos antecedieron son como nosotros, y nosotros somos ellos. Monegal no ha escrito este libro con afán terapéutico. A su edad, no tiene heridas que cerrar. La figura que hace del padre en este relato está entrevista desde la edad madura, a través de unos restos que son resultado del azar, igual que la vida misma. Su indagación, por tanto, no tiene pretensiones morales. Tampoco rinde vasallaje al pudor. Diríamos que es peligrosamente sincera. La sombra del padre evidencia que todos los hombres, vengan de donde vengan y hagan lo que hagan, tienen derecho a construirse a sí mismos. Enfrentarse al origen biológico, que es también también sentimental, es una más de las maneras de hacerlo.
'La sombra del padre'.
“Él no fue nadie” –escribe Monegal–. “No se distinguió en ninguna gesta memorable. No ha pasado a anales ni leyendas. Su historia es la de la gente corriente, los destinados al olvido. Vivió su tiempo, el que le tocó, con un espíritu de aventura, que tuvo bastante de soñada y no menos de real. (…) ¿Importa qué queda en pie del mito? Un desengaño más a una edad que empieza a ser avanzada tiene escasa trascendencia. Cuesta cada vez más sorprenderse. En cambio, nunca me había sentido más cerca de mi padre, desde que murió, como al hacer este viaje. Más o menos a su lado, acompañándolo con la imaginación”.
Y prosigue: “Soy mayor de lo que él fue cuando nos dejó y puede que lo vea con la indulgencia con la que miramos a los más jóvenes, incluidos los jóvenes que nosotros mismos fuimos. Las ingenuidades, la vanidades, el deseo de convertirse, aunque sea en la fantasía o en la literatura, en quien a uno le gustaría ser. Las aspiraciones incumplidas, las frustraciones, la inquietud insaciable. Todo es comprensible porque por todo hemos pasado. Quien más y quien menos convive con alguna dosis de mentira”.
Monegal no asistió al funeral de su progenitor. Entonces sólo era un niño, huérfano temprano. Alguien pensó que no hacía falta someterlo a ese trance. Sesenta años después, gracias a este libro, sabemos que acertó: “Su recuerdo me permite, como si fuera ahora mismo, acariciar con dos dedos de niño las cicatrices de los agujeros de bala en su muslo”. No se puede decir más cosas con menos palabras.