El periodista Jeronimo Andreu, en la entrevista con 'Letra Global'

El periodista Jeronimo Andreu, en la entrevista con 'Letra Global' Òscar Gil Coy Barcelona

Ideas

Jerónimo Andreu: “Antonio Asensio con 'Interviú' fue la metáfora perfecta de la Transición y de la posterior cultura del pelotazo”

El periodista disecciona la historia de 'Interviú', con la convicción de que la publicación de Asensio, fundador del Grupo Zeta, trazó los límites de la incipiente democracia española: "buscó siempre el límite, la raya del fuera de juego. Quería ver hasta dónde se podía llegar, hasta dónde se podía provocar a la censura, a los jueces y a los propios lectores"

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Una sonrisa, un recuerdo agradable, tal vez porque aparecen imágenes de juventud, o, incluso de la niñez. Y aquella revista tuvo una presencia rotunda en millones de casas. Había un desnudo en la portada, sí, pero también artículos de fondo, sobre corrupción y otros repletos de sangre, casos de asesinatos y escándalos políticos. Y la firma, entre muchos otros, de Manuel Vázquez Montalbán. Era Interviú, el artefacto comercial con más éxito en la transición, que se inventó el empresario Antonio Asensio.

El periodista Jerónimo Andreu ha diseccionado la revista, desde sus orígenes hasta un final extraño, que nadie notó. La publicación que rompió moldes y que explica cómo España iba comprobando los límites que podía permitir una democracia, dejó de existir y no está digitalizada. El fondo pertenece hoy al Grupo Moll, que se quedó con el Grupo Zeta, y que tiene como buque insigne El Periódico de Catalunya, el diario de Antonio Asensio que fundó gracias a los beneficios que le aportaba Interviú.

Andreu, en esta entrevista con Letra Global, señala con contundencia: “Asensio con Interviú fue la metáfora perfecta de la Transición y de la posterior cultura del pelotazo”

Para las generaciones que vivieron aquella época, hablar de Interviú arranca inevitablemente una sonrisa. Era una revista que, por una razón u otra, terminaba estando en todas las casas.

Sí, y esa era precisamente la apuesta que hacían tanto Antonio Asensio como José Hilario. Ellos decían que querían tener lectores de derechas, de izquierdas y de centro. Interviú no nació como una revista de tesis ni pretendía fijar una posición ideológica, aunque es verdad que la mayoría de sus periodistas venían de una determinada tendencia. Pero sus fundadores siempre apostaron por la confrontación de ideas para abrir el campo de juego. Fichaban a Manuel Vázquez Montalbán y, al mismo tiempo, a Emilio Romero. Buscaban el debate porque su objetivo era llegar a todos los públicos; en aquel momento había un verdadero hambre por una publicación así.

Jeronimo Andreu, durante la entrevista con 'Letra Global'

Jeronimo Andreu, durante la entrevista con 'Letra Global' Òscar Gil Coy Barcelona

¿Hasta qué punto la revista ayudó a testar los límites del nuevo sistema democrático?

Interviú buscaba siempre el límite, la raya del fuera de juego. Quería ver hasta dónde se podía llegar, hasta dónde se podía provocar a la censura, a los jueces y a los propios lectores. Todo esto ocurrió en un contexto muy determinado: el del llamado "Parlamento de papel". Cuando todavía no se habían constituido las Cortes Constituyentes y el Gobierno de Arias Navarro intentaba contener el país para que no se le escapara, los grandes temas nacionales se testaban en la prensa. Es verdad que Interviú tenía una vocación eminentemente comercial —ellos hacían la revista para vender—, pero empujaron con fuerza por la apertura del país. Una vez consolidada la democracia, continuaron con esa dinámica de estirar la cuerda, y por el camino cometieron también muchos excesos.

Esa pluralidad de la redacción de la que habla debió de generar un ambiente interno explosivo

Había un conflicto interno constante porque las sensibilidades eran radicalmente opuestas. Tenías a periodistas procedentes del diario Pueblo, ligado al sindicato vertical del franquismo y muy connotados ideológicamente, junto a jóvenes progresistas o militantes de extrema izquierda que regresaban del exilio. Discutían por todo, incluso por el uso del desnudo en la revista; a algunos les parecía genial y otros no querían saber nada de ello. Era una redacción muy viva donde los debates a veces se volvían físicos y se tiraban las máquinas de escribir. En esa España, debatir era fundamental y nadie se callaba una opinión. Fue un aprendizaje colectivo: el camino se fue haciendo al andar.

¿Cómo definiría a Antonio Asensio? ¿Fue una especie de aventurero de los negocios que montó un imperio de la nada?

Antonio Asensio tiene un componente de parábola de la España de esos años. Venía de una extracción sociocultural humilde, aunque su familia tenía un taller de fotocomposición. Sin una gran formación académica, detectó las posibilidades de negocio de una España que estaba huyendo hacia adelante. Supo que era el momento de los audaces y se lanzó sin conocer a fondo el mundo editorial, reuniendo a la gente que tenía talento.

Asensio es una metáfora perfecta de la Transición, pero también de la posterior "cultura del pelotazo" de la España socialista y del posterior acercamiento al Partido Popular a través de Jordi Pujol. Define muy bien la evolución de un modelo de empresario: el que empieza con una compañía familiar, un tanto chapucera en su funcionamiento interno, y la va profesionalizando hasta construir un imperio.

Él conocía el ambiente de los periódicos de primera mano gracias al taller de su padre

Claro, él era el que llevaba los fotolitos a las redacciones. Ahí empezó a moverse con Martín Ferrand en el Diario de Barcelona o con el Grupo Mundo. Descubrió que ese estilo de vida le atraía, pero también hubo un frío cálculo empresarial. En aquellos años el periodismo hervía, nacían y morían medios continuamente, y las facturas de los talleres de impresión eran las últimas que se pagaban. Asensio quiso escapar de esa precariedad subiendo en la escala. Pensó: "Es mucho mejor ser el pez gordo que el que se queda sin cobrar". Tenía una capacidad asombrosa para absorber ideas.

En los inicios de la revista, la figura del fotógrafo César Lucas fue determinante. ¿Cómo se fraguó aquella mítica portada de Marisol desnuda que cambió la historia de la publicación?

César Lucas era uno de los primeros fotógrafos modernos de España. Asensio lo conocía porque iba a comprarle material. Cuando se fundó El País —apenas 18 días antes que Interviú—, Lucas se marchó allí. Pero Asensio, que siempre estaba buscando una oportunidad, se enteró de que César Lucas conservaba los negativos de un posado privado de Marisol. Otros medios le habían hecho ofertas antes, pero Lucas temía que la policía se presentara en su casa y lo detuviera. Asensio empujó mucho, le ofreció una gran cantidad de dinero y le garantizó que el debate social del momento permitiría publicarlas de forma segura. A partir de ahí nació una relación casi familiar entre ambos.

Portada con Marisol de Interviú de 1976

Portada con Marisol de Interviú de 1976

Vista con los ojos de hoy, la forma de obtener y publicar esas fotos sin el consentimiento explícito de la actriz habría sido un escándalo absoluto

Hoy sería impensable. Marisol se llevó un disgusto desolador cuando vio las fotos publicadas; eran imágenes de ámbito privado y no sabía que el fotógrafo guardaba copias. Hubo un proceso judicial, pero ella, en un gesto de tremenda generosidad y solidaridad política, terminó apoyando a César Lucas. Interpretó que, por encima de la faena que le habían hecho a nivel personal, aquellas fotos estaban impulsando la relajación de los estrictos hábitos morales del franquismo y defendiendo la libertad de prensa. Puso el interés colectivo por encima del suyo.

Su libro se titula Los desnudos y los muertos. El binomio de corrupción, sucesos y sangre siempre ha funcionado comercialmente, pero en Interviú convivía con la alta literatura, como la sección 'Carvalho y yo' de Vázquez Montalbán. ¿Qué peso real tenían los intelectuales en la revista?

Es una relación compleja. No creo que los intelectuales fueran la esencia de la revista, sino más bien una coartada intelectual. Antonio Asensio sentía desconfianza mutua hacia ellos; no se sentía cómodo en su terreno, algo habitual en este tipo de editores. Vázquez Montalbán, en su libro Mis almuerzos con gente inquietante, relata esa distancia irónica con la que miraba a Asensio.

Para la revista era fundamental contar con voces de su prestigio, y a Montalbán no le parecía mal estar allí, pero siempre marcaba una distancia. Él se consideraba un "obrero del periodismo" y valoraba lo que le pagaban, pero le llamaba la atención la tremenda equidistancia del proyecto. En una de sus primeras columnas llegó a escribir: "Quién me iba a decir que iba a publicar al lado de Emilio Romero", que había sido su enemigo natural y había combatido sus proyectos anteriores. Esa era la Transición real: compartir página con tu rival.

Portada del libro sobre 'Interviú' de Jerónimo Andreu

Portada del libro sobre 'Interviú' de Jerónimo Andreu

Al final, persiguiendo a todos los públicos posibles, ¿la revista acabó convirtiéndose en el referente de una izquierda antiestablishment, casi contracultural?

Sí, porque en esos años la fiscalización del poder la encarnaba la izquierda. Interviú dinamitó la idea de la Transición como un pacto exclusivo entre élites, porque democratizó el acceso a la información política. Por ejemplo, ellos filtraron en exclusiva el memorándum secreto de la incorporación de España a la OTAN. Fue un escándalo tal que Rodrigo Rato subió a la tribuna del Congreso con la revista en la mano para interrogar al Gobierno. Había fotos de los diputados leyendo Interviú en sus escaños. La Unión de Centro Democrático (UCD) detestaba la revista porque acusaba a Asensio de rebajar el discurso político a base de sensacionalismo, pero el hecho indiscutible es que Interviú metió la política en los bares de los pueblos, llegando a un público que jamás habría abierto un diario serio.

A diferencia de otros países como Francia o Italia, donde los semanarios de información aguantaron mejor, en España la prensa semanal sufrió una estocada mortal. ¿Por qué ocurrió esto?

He hablado mucho de esto con José Hilario, que es un auténtico sabio de las revistas y una persona que conectaba rapidísimo con las tendencias de la prensa europea para reproducirlas aquí. Él me explicaba que en el extranjero no irrumpieron suplementos dominicales tan potentes en los diarios como ocurrió en España. En otros países, cabeceras semanales como Vogue o Playboy retuvieron a su público porque mantenían una apuesta diferencial y de calidad muy clara. Aquí, en cambio, la prensa diaria se propuso devorar el mercado del fin de semana haciendo productos dominicales mastodónticos, transatlánticos de papel que podías estar leyendo hasta el jueves si querías. Eso fagocitó a las revistas semanales e informativas convencionales.

Siempre ha existido el mito de los cajones llenos de exclusivas que nunca se publicaban para extorsionar o ganar influencia. Se habla de las famosas fotos del rey Juan Carlos desnudo en su barco que terminaron saliendo en Italia. ¿Por qué no se publicaron aquí?

Con eso hay mucha mitología. Se dice que Asensio comentó en una ocasión: "No quiero ni ver esas fotos, porque si las veo me veré obligado a comprarlas y no las voy a poder publicar, lo que me costará una fortuna y mil problemas". Comprar exclusivas para guardarlas en un cajón era un dolor de cabeza y un pozo sin fondo financiero. Además, Asensio tenía ambición para escalar socialmente; a él le gustaba llevarse bien con el monarca y no le apetecía presentarse en Zarzuela diciendo que tenía fotos suyas desnudo. El rey era un personaje intocable en toda la prensa española de la época, no solo en Interviú. El vendedor de los negativos sabía que Asensio era el único con el músculo para comprarlas, pero la jugada acabó en Italia y en España el impacto fue mínimo porque los medios nacionales no se hicieron eco.

Otra de las marcas de la casa fueron las escuchas y filtraciones, como las famosas cintas de Txiki Benegas o de Isabel Pantoja obtenidas por supuestos "radioaficionados". ¿Eran reales o espionaje puro y duro?

Hay que ser muy escépticos con la historia de los radioaficionados. Yo he hablado con muchos paparazis de la época y lo que tenían eran "chicharras" y pinchazos telefónicos ilegales. Me han llegado a contar cómo tiraban un cable en la finca de la Pantoja para conectarle una grabadora y luego vendían las cintas bajo la coartada de un "radioaficionado" para protegerse legalmente. Eran los años del boom de los primeros teléfonos portátiles, cuyas emisiones eran increíblemente fáciles de interceptar. En el caso de los audios de la Pantoja, el confidente citó al periodista en la sección de maletas de El Corte Inglés de Madrid para hacer el intercambio del material. Era el espionaje de la época.

Jeronimo Andreu, en la entrevista con 'Letra Global'

Jeronimo Andreu, en la entrevista con 'Letra Global' Òscar Gil Coy Barcelona

¿Qué factores pesaron más en el declive y desinterés final de la revista? ¿Fue el acceso masivo a la pornografía, el cambio de hábitos o sus propias contradicciones?

Son muchas cosas alineadas. Cuando estos productos entran en crisis, se descapitalizan: cada vez tienen menos páginas, peores reporteros y reportajes más flojos. Pero el problema de fondo es que Interviú ofrecía una propuesta estética y moral que dejó de ser interesante para la sociedad. Se quedó fuera de lo permisible. Me lo contaban los propios redactores que en los últimos años ya ni se llevaban a casa los ejemplares gratuitos a los que tenían derecho por contrato; se sentían incómodos si los leían en el metro por culpa de las portadas. El consumidor de contenidos eróticos ya tenía vías digitales directas para el consumo, las portadas ya no contaban con figuras de primer nivel y la propuesta generaba hostilidad.

A la revista le lastró enormemente su imagen kitsch y cutre. Incluso compañeros de la profesión, de medios como El País, miraban a Interviú de reojo y con desdén especializado. Hojeaban la revista a escondidas para robar enfoques o verificar fuentes potentes, pero en público renegaban de ella.

Sin embargo, usted defiende que es un pilar histórico indispensable.

Completamente. Si alguien joven quiere acercarse hoy en día a comprender cómo fue realmente la Transición española, tiene que pasar obligatoriamente por un número de Interviú. Yo empecé con esta investigación porque, haciendo documentales históricos, todas las líneas de investigación importantes acababan desembocando en una exclusiva de la revista: los papeles de Socoa contra ETA, las grabaciones del exministro Barrionuevo, las entrevistas a policías franceses que colaboraron con los GAL... Interviú estaba metida en el ajo de toda la guerra sucia del Estado. Da muchísima pena que todo ese valor periodístico haya quedado sepultado bajo el recuerdo único de los desnudos de portada.

¿Y por qué no es posible consultar esa inmensa base de datos periodística hoy en día?

Ese lastre la ha matado hasta el punto de que hoy es imposible encontrar las historias de Interviú en internet. La revista no está digitalizada de manera pública porque el editor no quiere que esos contenidos estén online. Existen 39 portadas secuestradas por los tribunales e infinitos litigios prohibidos por los jueces. Si todo ese corpus se colgara en la red de golpe, imagínate la cantidad de problemas legales que despertaría en el presente. Por culpa de los desnudos y los problemas judiciales anexos, se ha empaquetado y escondido todo el archivo, dejando un hueco enorme para comprender el pasado reciente de este país.

¿Cómo funcionaban los tránsitos de profesionales en la redacción? ¿Había flujo con otros medios serios o la cabecera quemaba a sus firmas?

Al principio, Asensio pescó mucho talento del Grupo Mundo y de agencias de fotografía. El problema de la redacción de Interviú es que se renovaba muy poco; se creó un núcleo duro de periodistas veteranos que hacía que aquello oliera un poco a cerrado. Las pocas incorporaciones que se producían solían venir de procesos traumáticos, de despidos fulminantes. Cabeceras como El Mundo o El País rara vez fichaban a gente de Interviú —hubo excepciones de reporteros de investigación brutales como Antonio Rubio o Manuel Cerdán—, porque los periodistas sentían que sus exclusivas nacían muertas. El circuito de "medios serios" de Madrid, la COPE o la SER, no se hacía eco de lo que destapaba una revista de quiosco erótica.

Jeronimo Andreu, autor de 'Los desnudos y los muertos', en la entrevista con 'Letra Global'

Jeronimo Andreu, autor de 'Los desnudos y los muertos', en la entrevista con 'Letra Global' Òscar Gil Coy Barcelona

Donde sí se convirtió en una cantera colosal fue en el nacimiento de las televisiones privadas. Programas como El reencuentro o Esta noche cruzamos el Mississippi de Pepe Navarro construyeron sus equipos de redacción importando masivamente a periodistas de Interviú. El lenguaje y el ritmo de esa televisión heredó directamente el ADN de la revista.

Antonio Asensio falleció muy joven (en el año 2001). ¿Qué cree que habría hecho empresarialmente de seguir vivo en el ecosistema actual de medios?

Estaría dando guerra en primera línea, sin duda. Asensio era un editor puro, de los que ya no quedan, un empresario que amaba montar proyectos y el lío periodístico, hablar con políticos y estar en el meollo. Hasta el final de su vida estuvo batallando. Cuando se quedó fuera de la televisión, fundó el diario La Razón porque estaba obsesionado con poseer una cabecera diaria en Madrid.

De seguir vivo, habría acudido a todos los concursos de la TDT y tendría varios canales de televisión. Aunque la vieja guardia de Zeta era muy reacia a la digitalización, él habría lanzado cabeceras digitales potentes. A él le gustaba hacer negocios en cualquier ámbito —produjo películas eróticas, juguetes, la agencia de viajes de Antena 3, organizaba corridas de toros, partidos de fútbol y hasta explotó los caramelos Peta Z—, pero su debilidad era la edición.

Se rodeaba de directores fuertes como Antonio Franco, directo de El Periódico de Catalunya, pero de Interviú se decía que era ingobernable.

Es que Asensio sabía delegar y fiarse de los periodistas de raza porque era humilde y conocía sus propios límites formativos. Se dejaba llevar de la mano en proyectos nuevos, como hizo en la televisión con Manuel Campo Vidal. Sabía perfectamente que cada producto era un mundo. Un perfil como el de Antonio Franco en Interviú habría sido imposible. La revista era una auténtica silla eléctrica que exprimía y fundía a sus directores por el nivel intolerable de presiones políticas y judiciales que soportaban. En la época de oro, Asensio los quemaba y los relevaba de forma ágil cada tres o cuatro años para refrescar el producto. El único que duró casi una década fue Alberto Pozas, pero eso ocurrió cuando Asensio ya había fallecido. Si Antonio hubiese estado vivo, jamás habría permitido que un director se eternizara en esa silla eléctrica.