Roberto Bolaño

Roberto Bolaño DANIEL ROSELL

Letras

Bolaño: materiales de acarreo de una vida fiera y literaria

Alfaguara publica una selección de sesenta entrevistas concedidas por el escritor chileno tras su llegada a España, desde México, hasta su tempranísima muerte

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En sentido estricto, en periodismo únicamente existen dos géneros: la crónica –el relato de un hecho, que admite un mayor o menor grado de profundidad y libertad estilística– y la conversación con un personaje. No hay más: la información sólo es el material en bruto con el que trabaja cualquier periodista, no su resultado, que depende –todavía– del talento de esa clase de escritor (en extinción) que se dedica a hacer periódicos, como otros escriben poemas, novelas, películas de cine o piezas de teatro. La entrevistas, a su vez, pueden ser de dos estirpes: testimoniales o subjetivas, como esos retratos pictóricos que no se limitan únicamente a reproducir una figura, sino que proyectan un carácter.

No son formulas antitéticas: las mejores piezas del género, véase por ejemplo las conversaciones que históricamente han publicado revistas literarias como The Paris Review (tienen ustedes una colosal colección de ellas editada en español por Acantilado) son capaces de combinar ambos registros discursivos. Entrevistas que documentan y que, al mismo tiempo, inmortalizan ese instante decisivo que define una vida; en este caso, la de un escritor. Los entrevistadores con más talento –en contra de lo que suele pensarse– no son quienes registran con fidelidad todo lo que dice el entrevistado, que siempre corre un riesgo al confiar generosamente sus palabras –esto es: su misma identidad pública– a un perfecto extraño.

El escritor chileno Roberto Bolaño

El escritor chileno Roberto Bolaño

Los mejores entrevistadores son aquellos capaces de atrapar la verdadera personalidad de un sujeto a través de un interrogatorio limitado en el tiempo y en el espacio. No es una tarea fácil, ya que la perdurabilidad de este género periodístico depende tanto de la voluntad del protagonista –que nunca debe ser el periodista– como de la creatividad de quien rubrica el encuentro, responsabilizándose así de su fidelidad al modelo.

El libro de entrevistas con el escritor chileno Roberto Bolaño (1953-2003) que acaba de publicar AlfaguaraNotas para una biografía– reúne más ejemplos de esta primera clase de entrevistas (las testimoniales) que de las segundas, que son una fruta más extraña y prodigiosa. Encontramos en este volumen, asombrosamente publicado sin índice (no hay uno general, tampoco otro onomástico) y a cargo de editores anónimos, a un Bolaño que habla a primera sangre sobre su vida, sus libros, su idea de la literatura, sus penurias como inmigrante latinoamericano y sus últimos diez años como acontecimiento editorial, antes de ser llevado en andas al Parnaso de la literatura contemporánea en español.

El volumen reúne distintos materiales de acarreo –un total de sesenta conversaciones: unas circunstanciales; otras, más sustantivas– de una vida fiera y literaria, azarosa e imprevisible. Pero, al margen de los méritos de esta compilación, que no ha querido ser integral, pues prescinde de piezas importantes, como la famosa entrevista con Mónica Maristain, o la antología (previa) hecha por Andrés Braithwaite, y cuyo criterio de composición (suponemos que validado por sus herederos) Alfaguara no desvela en ningún momento, renuncia a hacer un mínimo ejercicio de ordenación e interpretación de la poética del escritor chileno, cosa que hubiera sido muy pertinente para los lectores que todavía no hayan leído ni la narrativa ni la poesía del autor de Los detectives salvajes.

'Los detectives salvajes'.

'Los detectives salvajes'. ANAGRAMA

El libro se nos presenta además con truco: como si fuera una obra salida de la misma pluma de Bolaño, cuando el único autor intelectual de una entrevista es el entrevistador (quien selecciona, compone y reproduce lo que dice su interlocutor), no el entrevistado, que en esta clase de conversaciones no es más que una presa. Encantará, sin duda, a los devotos del autor chileno. Sus conversaciones, ordenadas de forma cronológica, y que empieza tras la llegada de Bolaño a España, procedente de México –periodo del que figuran dos diálogos– hasta su tempranísima muerte, permite vislumbrar la evolución personal del escritor chileno, aunque no ayude tanto a indagar en la progresión de su literatura.

Bolaño responde abiertamente a todo lo que sus distintos interlocutores le preguntan. Lo hace además con suma brillantez y una evidente seguridad. Uno de los méritos de este libro es devolvernos, aunque sea en diferido, a un escritor muy vivo, en plena posesión de sus cualidades y con una indudable capacidad para condensar sus experiencias en frases que parecen saetas. Pero también es un entrevistado que se repite al recordar sus inseguridades, amistades, viajes o vivencias biográficas. No tanto por su voluntad, sino porque los entrevistadores, por norma general, tienden a preguntarle lo mismo una y otra vez. Por eso en estas Notas para una autobiografía encontramos pasajes memorables junto a confesiones pasajeras o reflexiones rutinarias y ya conocidas, que hacen del conjunto una colección de charlas interesante pero también irregular.

Cada bolañista puede pues elegir el plato que prefiera de este menú. Desde los años salvajes en México, capitaneando al minúsculo grupo de los poetas infrarrealistas, al regreso –coincidiendo con el golpe de Estado de Pinochet– a Chile, donde viviría un thriller de terror político; sin olvidar los míticos años setenta, humedad y carne, en la calle Tallers del centro histórico de Barcelona, donde aquel chileno desconocido, que un día podía servirte un café (fue camarero) y al siguiente venderte una baratija de bisutería, quedó subyugado por la libertad de un país que salía de una dictadura y todavía no conocía la ceniza del desengaño.

'Notas para una biografía'.

'Notas para una biografía'. ALFAGUARA

Estas confesiones levantan acta del Bolaño menestral de sus lejanos comienzos españoles, pero no revelan demasiadas cosas sobre su intimidad –conservada en libretas, cuadernos y cartas personales que sus herederos no han querido hasta ahora publicar–, al margen del hecho de vivir cerca (pero no matrimonialmente) de su mujer y su hijo, de la huida de Barcelona en busca de un lugar donde no lo conociera nadie. Así encontró Blanes, una pequeña Atenas, su definitivo paraíso espartano.

Las entrevistas registran también sus preferencias literarias (Borges, Cortázar, Burroughs, Parra, Lihn) y sus descartes poéticos; hablan de su predilección por ser extranjero en cualquier parte antes de ejercer como un ciudadano chileno, de la seducción por la cultura beatnik, de la “imbecilidad” de quienes –fue su caso– en su adolescencia deciden que serán poetas malditos –“la literatura es un campo lleno de falsos prestigios, de pavos hinchados y de mafias”–, de su escepticismo ante las trampas del éxito o acerca de su incapacidad (relativa) para la nostalgia.

El Bolaño más joven tiene mucho del espíritu medieval de los goliardos: juguetón, burlesco, provocador, irresistiblemente inteligente. A medida que pasan los años y se suceden las entrevistas, sin perder su capacidad para la risa, el escritor se torna más grave y seco, acaso debido a la enfermedad y la lógica premonición de la muerte. En este libro oímos decir a Bolaño que no existe la inmortalidad. Nos advierte también que todos (incluidos genios como Cervantes y Shakespeare) estamos condenados al olvido y a la desaparición. Y, sin embargo, es alguien que confiesa: “Lo más hermoso de estar vivo es que tenemos memoria, memoria de lo que nos ha ocurrido a nosotros y memoria de lo ajeno”. Sic transit gloria mundi.