El oficial Héctor Benigno Varela

El oficial Héctor Benigno Varela WIKIPEDIA

Letras

Cadena de venganzas

Magris rescata del olvido, en su último libro, 'Cruz del sur', a personajes pintorescos, unos malvados, otros idealistas. Entre los primeros destaca el oficial Héctor Benigno Varela, que fue enviado desde Buenos Aires al frente de doscientos soldados a someter a los huelguistas en lo que se conoció como 'La patagonia rebelde'

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El lector habrá notado que desde la irrupción de la internet, la lectura de libros, especialmente los libros que no son de ficción, sino ensayos, por ejemplo manuales de Historia, se le hace más lenta, porque uno la interrumpe con frecuencia para entrar en la red y complementar con más datos las cosas sobre las que el autor ha pasado demasiado rápido. Si sale un personaje real, uno quiere ver una foto.

Así la lectura de un libro se convierte en una actividad arborescente, se pierde uno en la información diseminada por el ciberespacio. Luego vuelve al libro, pero un nuevo estímulo, la mención de un nombre, lo devuelve al teclado… Somos como niños golosos a los que se deja en la pastelería con permiso para probar todos los dulces… Aunque algunos de esos dulces, ciertamente, saben amargos.

Así me sentí el otro día leyendo el último Magris, del que hablamos aquí, Cruz del Sur (Anagrama), centrado en la figura de tres ciudadanos europeos de finales del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX que, cada uno por su propio motivo, empezaron una nueva vida en La Patagonia.

Asuntos secundarios que el prestigioso germanista y autor menciona al correr de las páginas dan la impresión de que la historia de Argentina abunda en episodios notables y en personajes pintorescos, unos malvados, otros idealistas, de los que uno nunca había oído hablar, cuya peripecia algo nos enseña sobre la historia de ese país tan cercano a nuestros corazones, y que darían para cien novelas.

Banquete

Véase, por ejemplo, la siguiente cadena de asesinatos y venganzas. En 1921 los mal pagados peones de las haciendas de la Patagonia se declararon en huelga, una huelga que ha pasado a la historia como “La Patagonia rebelde”. El oficial Héctor Benigno Varela (1875-1923) fue enviado desde Buenos Aires al frente de doscientos soldados a someter a los huelguistas.

Lo que hizo fue apresar y matar fríamente a los rebeldes. Se ignora todavía hoy si llevaba instrucciones del ministro del interior o si procedió así por propia cuenta. Antes de fusilar o degollar a los prisioneros les hacía cavar sus propias fosas.

Portada del libro de Claudio Magris

Portada del libro de Claudio Magris

Cuando acabó su misión habían muerto entre 1.000 y 1.500 desdichados. Los ganaderos de la región, agradecidos, agasajaron a Varela con un banquete de despedida y copiosos brindis, y el militar regresó a Buenos Aires.

Estaba convencido de que se le recibiría con banda musical y honores, incluso tal vez sería premiado con la gobernación de la región que había pacificado. Pero lo que se encontró fue la frialdad o la repulsa de los estamentos políticos, avergonzados de su proceder, y la denuncia de la prensa. No fue castigado pero lo destinaron a una escuela militar.

Afán justiciero

Pero sus crímenes no quedaron del todo impunes: al cabo de un año, cuando salía de su casa, le estaba esperando un sujeto que le arrojó una bomba. Cayó gravemente herido. El vengador se llamaba Kurt Gustav Vilckens (1886-1923).

Era un anarquista alemán que había sido minero durante varios años en Estados Unidos, y, expulsado del país por alentar huelgas en las minas, se hizo estibador en Buenos Aires.

Había pasado temporadas en las cárceles de EEUU y de Argentina, y luego entrado en la clandestinidad. Para matar a Varela le movía un afán justiciero y vengador. Al estallar la bomba, que hirió y derribó al militar, también él sufrió graves heridas en las piernas, causadas por las esquirlas de la explosión, pero le quedaron fuerzas para arrastrarse hasta su víctima y rematarla a tiros con su revólver Colt.

Vilckens ingresó en la penitenciaría de Buenos Aires. Allí muy pronto fue a buscarlo otro militar, José Ernesto Pérez Millán (1899-1925). Un joven violento, ultracatólico y utranacionalista. Consiguió entrar armado –sus complicidades tendría-- en el penal y colarse en la celda donde aquel dormía, y le descerrajó unos cuantos tiros.

Vilckens murió en el acto. Luego Millán declaró: “Yo he sido subalterno y pariente del coronel Varela. Acabo de vengar su muerte".

Enfermedad mental

Por esta venganza le cayeron ocho años de prisión, pero no los llegó a cumplir, le mataron ese mismo año. Le habían ingresado en una casa de salud, so pretexto de que tenía problemas mentales. Una mañana el preso que le llevaba el desayuno entró con el servicio en la celda donde Millán estaba leyendo.

Cuando éste tomó la bandeja, el sirviente –que había sido adoctrinado y armado por un preso anarquista que no tenía acceso a Millán-- extrajo un revólver de entre sus ropas y diciéndole "esto te lo manda Wilckens" le disparó certeramente en el pecho. Pérez Millán murió al día siguiente.

Su verdugo se llamaba Esteban Lucich (1883-1955) y era un argentino de origen croata. Había trabajado como sirviente del doctor Francisco de la Vega, en Buenos Aires. El médico, al notar que mostraba algunos signos de enfermedad mental, lo despidió de su empleo en 1919. Lucich (entonces de 26 años) lo asesinó.

Fue condenado a 17 años y medio de prisión. Debido a su manifiesto desequilibrio mental, fue trasladado al hospicio en el que, adoctrinado por otro preso, anarquista, liquidó a Millán.

Pasó largos años en la cárcel, y le dio tiempo a matar a una tercera persona antes de fallecer a su vez en un hospicio. Hay una foto suya en la red, es claramente un alunado. Hay fotos también de los otros; es, junto a algunos párrafos, lo que queda de ellos y de sus pasiones.