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Michael Krüger
La poesía de Michael Krüger
La editorial Tres Molins publica Una parte del día, una antología que reúne poemas del escritor y editor alemán, cuyos versos, dotados de una insólita ingravidez, trascienden la experiencia de lo cotidiano gracias a su atmósfera meditativa
“Quieren una copia de nuestro mundo, / pero expurgado de toda vida”, escribe Michael Krüger (Wittgendorf, 1943) en uno de los poemas incluidos en la antología Una parte del día (Tres Molins), preparada y muy bien traducida por la hispanista alemana Cecilia Dreymüller. El libro nos descubre la poesía de un autor muy celebrado en su país, donde sus lecturas suelen ser atendidas por un público masivo. En España su nombre suena sobre todo como editor de la vieja escuela, responsable durante décadas de Hanser, el sello muniqués donde publicó a autores de la talla de Elias Canetti, entre otros clásicos. Su figura híbrida, difícil de clasificar, pertenece a la estirpe de Carlos Barral o de Roberto Calasso, capaces tanto de construir un catálogo sólido e influyente en sus respectivas tradiciones como de arriesgar una obra propia y genuina.
Krüger ha publicado novelas, relatos y un libro de memorias dedicado sobre todo a su amistad con poetas como Joseph Brodsky, Zbigniev Herbert o Charles Simic, algo que ya da una idea de su particular filiación poética. Una parte del día recoge poemas de todas sus épocas, empezando por los más recientes –dos poemas inéditos en alemán de 2023– hasta los primeros de 1976. Se trata, en general, de una poesía más meditativa que lírica, pero al mismo tiempo con una especial capacidad de ingravidez. A menudo, una descripción somera, un recuerdo fortuito o una opinión pasajera dan lugar al alumbramiento de algo que trasciende poderosamente los límites de lo cotidiano y predecible.
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Michael Krüger
Así, por ejemplo, en la pieza titulada 'De cómo se originan los poemas', se lee: “Todo el mundo conoce ese momento / cuando pisas el claro del bosque / y las liebres, / tras un instante de duda, / desaparecen en la maleza. / No hay palabra / que las pueda retener. / Tú estás mal de la chota, / decía mi padre / cuando se me saltaban las lágrimas. / ¿Cómo imaginar un conjunto / si no se sabe / lo que es un conjunto?”.
En el original, por “claro del bosque”, Krüger escribe Lichtung, que el oído alemán relaciona de inmediato con la ontología de Heidegger, para quien el hombre habita en la verdad del ser, un espacio aligerado (etwas lichten) que termina por conformar la apertura (das offene) propia de la verdadera existencia. María Zambrano definió su propio claro del bosque como un espacio que se encuentra, pero en el que no hay que buscar nada, atentos tan solo a su aparición. Y eso es lo que cuenta este breve e intenso poema, con esa referencia final a un Ganzes –el conjunto, la totalidad– que queda más allá de la imaginación pero que el niño y el poeta intuyen y captan.
Krüger escribe como un superviviente moral, en muchos aspectos, de las catástrofes del siglo XX, desde la posguerra de su infancia hasta los rigores de la conciencia adulta en Sarajevo. En su poema 'Mi escritorio en Allmannhausen', tras recordar los fantasmas de su vecindario –el ministro de exteriores de Mussolini, Hans Johst, el poeta favorito de Hitler–, concluye: “No te dan muchos incentivos / para pensar bien del ser humano. / Cuando se pone el sol, me veo reflejado / en la ventana, pero claro, también los espejos pueden equivocarse”. Así, la reflexión tópica sobre el mal del mundo adquiere un tono más siniestro y ominoso con el propio reflejo en la ventana.
En 'Discurso del liberal' se resume con humor y un punto de amargura la decepción de tantos ciudadanos del siglo XX con la peste de las ideologías: “Vencido por el dolor y el arrepentimiento, / abandoné a los socialistas y me hice / conservador. No resultó fácil / ser fiel a la derecha. / Por agotamiento me volví / sincero y liberal. / Sin embargo, cada vez que estoy en / compañía de liberales, / solo me queda, como única salida, / la fuga. / Un liberal a la fuga / de otros liberales. / Más o menos así / se podría describir mi situación”. 'A la fuga' (Auf der Flucht) es probablemente el único destino político decente que nos queda a muchos en este siglo XXI.
Si pudiera hablarse de un motivo sintomático en buena parte de la mejor poesía escrita a finales del siglo pasado y principios del actual, quizá deberíamos referirnos al tratamiento de la naturaleza o, mejor dicho, a la transformación del problema de la naturaleza. Desde el romanticismo, el mundo natural, tanto en poesía como en pintura y en música, ha sido el reflejo del desahucio humano de la divinidad. El “conjunto de hortalizas sacralizadas” al que se refirió Baudelaire agotó su significación después de la larga despedida que supuso la gran poesía romántica, desde Hölderlin a Leopardi, Wordsworth o Hardy.
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'Una parte del día'
Pero ahora, en el mundo virtual e hipertecnificado en que vivimos, la naturaleza ya no puede ser solo el opuesto absoluto a la ciudad que hemos conocido en los últimos dos siglos. Tampoco, por supuesto, podemos experimentar un retorno inocente o adánico, pero sí se observa en muchos poetas –desde Ted Hughes a Mary Oliver o W. S. Merwin– una atención distinta y más humilde basada en una especie de elisión humana, un esfuerzo por dar espacio a todo aquello eclipsado por la técnica y la razón.
En muchos de los poemas recogidos en esta antología, Krüger parece insertarse en esa corriente. En 'Algo sobre la hierba' dice por ejemplo: “Si uno, tumbado, observa la hierba / largo tiempo, pierde su extrañeza. / Lo mismo vale para los botones de oro, / para los saúcos y los avellanos, / pero sobre todo para la hierba. / Bastante sabemos del mundo, / del amor, de la vergüenza, del orden / del reloj y de todos los pasados. / Sabemos demasiado, de la hierba, en cambio, / casi nada. Los escarabajos todos, / con sus caparazones barnizados de negro, / dedican sus mudas geórgicas / a la bondadosa hierba impasible, / que, valerosa y con fuerza, abraza el mundo”.
La poesía es un resto (“un resto que canta”, según Paul Celan), pero, quizá precisamente por su carácter residual, conserva un poder de resistencia y anticipación que nunca deja de renovarse, como demuestran estos poemas, austeros y a la vez amplios, acogedores, de un europeo ejemplar como Michael Krüger.