Luis Martín Santos y la España de los manicomios

Luis Martín Santos y la España de los manicomios DANIEL ROSELL

Letras

Luis Martín-Santos y la España de los manicomios

Seis décadas después de su trágica muerte, y a un siglo de su nacimiento, la figura literaria del psiquiatra y novelista vasco, autor de Tiempo de Silencio, continúa encerrada en una cárcel de lugares comunes y malentendidos

2 febrero, 2024 21:43

No es tarea fácil comprender a Luis Martín-Santos (1924-1964). Mucho menos si, como sucede desde hace ya sesenta años, en vez de prestar atención a su obra, escasa, irregular e interrumpida por una muerte tan trágica como prematura, se confía la comprensión de su anómala figura a los jalones de un mito biográfico que, como ocurre en otros muchos casos de éxito súbito, se concentra en el quién en lugar de explorar –a conciencia– el cómo. Una de las limitaciones de la filología historicista, que es la que todavía habita en las aterciopeladas capillas de las doctas academias, celebrándose a sí misma, consiste en documentar las vinculaciones entre una obra y la vida de su autor, casi siempre enmarcadas sobre un contexto ambiental y un estudio cultural de época. 

Sin restar virtudes a este enfoque, el método, además de previsible, deviene a veces en un esfuerzo inútil que acaba descuidando lo trascendente: los secretos, muchas veces dejados a la vista, que encierra un libro. En el caso de Martín-Santos, al que este año se le celebra al calor del centenario de su nacimiento, el retrato institucional, al que sin duda contribuyó un reconocimiento inmediato, no ajeno a lecturas políticas y generacionales, tan propias de la mitología endogámica de las pandillas, las huellas del hombre, sumadas a su violenta desaparición, y acompañadas por una lectura casi siempre unívoca (y discutible) sobre su trabajo, han ayudado a encerrarlo en un marco estrecho –“como esas fotos con una Ava Gadner dentro”, de lugares comunes y malentendidos. Así, el psiquiatra y novelista vasco (su nacimiento en Larache fue circunstancial) terminó convertido en un capítulo de los manuales escolares sobre literatura. 

Luis Martín-Santos

Luis Martín-Santos

¿Es importante todavía Martín-Santos? ¿Merece la pena leerlo seis décadas después de su desaparición? ¿Nos dice algo todavía su única (gran) novela? Se anuncia ahora –por los conductos habituales– la publicación de su Opera Omnia, al cuidado del profesor Domingo Ródenas de Moya, gracias al meritorio impulso editorial de Galaxia Gutenberg, con el augurio (adjunto) de que los seis tomos donde se reunirán sus cuentos, ensayos médicos, teatro y Grana gris (1945), su libro de poesía –que el propio Martín-Santos hubiera borrado del mapa–, provocará un cambio de perspectiva sobre este novelista al que nadie, y menos aún sus propios amigos, entre los que figuran Juan Benet et alii, hubiera pronosticado un triunfo tan fulgurante como efímero. 

Muerto en la cuarentena, sin poder trazar su porvenir por culpa de un accidente de tráfico en Vitoria, haciendo con resaca un viaje junto a su padre, un médico y general franquista que depuró sin dudarlo un punto, a sus queridos compañeros, desde Topas (Salamanca), de donde procedía parte de su familia, a San Sebastián, donde dirigía el psiquiátrico, su reconocimiento literario descolocó sobre todo a sus iguales, que sólo entonces descubrieron –no sin una molesta y duradera frustración– que ya no lo eran. Ni lo serían nunca más. Había algo en aquella novela que relataba los azares de un médico primerizo en un sórdido Madrid de prostíbulos, cafés ridículamente literarios y chabolas, entre la extrema abyección y la caricatura de la época, que no está –o al menos no igual y por completo– en el resto de su obra, en buena medida inédita o desconocida, y que es una summa de incursiones y arrepentimientos, salvo alguna excepción.

'Apólogos'

'Apólogos' SEIX BARRAL

Sus manuscritos fueron manipulados por quien no podía ni debía hacerlo, empezando por su propio padre, que metió la pluma (y algo más) en los borradores de Tiempo de destrucción (1975), la novela inacabada y en gestación que Seix Barral, tras dejarla en el olvido, encomendó armar –sobre el manuscrito alterado– a José Carlos Mainer, que en una decisión asombrosa para un filólogo de su prestigio optó por hacer una edición crítica y enviar el libro a imprenta huérfano de prefacio, a pesar de ser uno de los escasos fragmentos que Martín-Santos compuso con plena consciencia antes de su muerte. Este prólogo, trascendental para comprender el ánimo que movía al escritor, había aparecido –descontextualizado– unos años antes en la agreste edición de los Apólogos, una miscelánea de prosas que Seix Barral también encomendó, cualquiera puede suponer el motivo, a Salvador Clotas.

Al igual que sucede con El amanecer podrido (restituido por Mauricio Jalón para Galaxia Gutenberg), una gavilla de relatos de juventud escritos en colaboración con Benet, la obra de Martín-Santos es, con la única excepción de Tiempo de silencio, un constructo editorial. Tal circunstancia previene sobre la posibilidad real de llegar a trazar algún día un retrato preciso y diáfano de un escritor que, en términos literarios, no deja de ser un fascinante personaje en sfumato. 

'Grana gris'

'Grana gris'

A lo único que podemos agarrarnos con total fiabilidad es a Tiempo de silencio (1962), que es una novela de síntesis, hecha con acarreos de distintos sitios, agua de fuentes dispares y un atrevimiento y lucidez que en su momento tuvo bastante de impertinencia. Acaso se deba a que Martín-Santos, valiente para unos, soberbio para otros, y que firmaba sus artículos políticos en El Socialista con el mismo seudónimo con el que presentó su novela al Premio Baroja (ese año quedó desierto), no venía del mundillo intelectual y literario, aunque tuviera vagas conexiones con él (había coincidido en Heidelberg con Manuel Sacristán y Carlos Barral), y a que, gracias a su infinita fe en sí mismo, que para muchos fue una de las causas de su muerte, no estaba excesivamente condicionado por modas, tendencias y conveniencias. 

Tiempo de silencio está llena de muchas cosas, igual un inmenso cajón de sastre, volcadas en una narración existencial y torrencial que, en lugar de ser monocorde y grave, compensa el drama del individuo atrapado por su propio marco social con inteligentes dosis de ironía y humor. Más de un siglo después de su publicación, es fácil reducirla a un mero experimento al modo de Joyce, pero perpetrado en clave provinciana, como si el Dublín de 1922 fuera Nueva York.

'Tiempo de silencio'

'Tiempo de silencio'

La influencia del autor del Ulysses es evidente –Martín-Santos tenía la novela del escritor irlandés en el primer lugar de su biblioteca–, lo mismo que la desinhibición de Joyce o la complejidad de Faulkner palpitan en muchas de las obras más tempranas del boom hispanoamericano. Pero ni a García Márquez, ni a Vargas Llosa, ni a Julio Cortázar se les descalifica como meros imitadores del autor de Finnegans Wake. ¿Puede decir alguien por qué a Martín-Santos sí? 

La innovación enunciativa del Ulysses ya era cosa descontada a la altura de 1962, que es cuando sale Tiempo de silencio, cuarenta años después del alarde de Joyce, aunque en la España de la dictadura, hermética ante las influencias culturales extranjeras, todavía fuera una absoluta anomalía. En realidad, el acierto de Martín-Santos consistió en integrar en un solo discurso, inequívocamente suyo, para bien y para mal, una forma de prosa moderna sobre un asunto –la miseria de la condición humana– que es ancestral dentro de la tradición literaria hispánica, violando las normas de coherencia ideológica y formal que exigía la acartonada novela social de aquellos momentos, huyendo como del diablo de cualquier preceptiva sobre el decoro y aplicando un prisma alternativo al documentalismo objetivista de El Jarama de Sánchez Ferlosio.

'Tiempo de destrucción'

'Tiempo de destrucción' GALAXIA GUTENBERG

A su manera, en Tiempo de silencio hay una mirada (piadosa) sobre los hombres y el mundo, no exenta de crueldad, que ya está en Cervantes, Galdós, Clarín y en las trilogías de Baroja, aunque su estilo discurra, en cambio, por la senda del culteranismo de Góngora, la sátira de Quevedo (aplicada sobre la figura de Ortega y Gasset, cuyo espíritu impregna el texto) y el esperpento de Valle-Inclán. Martín Santos hizo su libro a su manera, pero sin dejar de alimentarse tanto de la estirpe literaria ibérica como de influencias ajenas a su contexto cultural.

Ninguno de los mandarines que le reprocharon su condición de émulo de Joyce –entre ellos Umbral, al que a su vez podría reducírsele a una egocéntrica copia de Proust– fue capaz de hacer una novela con la ambición de Tiempo de silencio, aunque para los lectores actuales la enmarcación del prosaísmo sobre un falso fondo mítico, o su lenguaje paródico, alejado de la simple concisión pero altamente expresivo, sean fenómenos incomprensibles. 

'El amanecer podrido'

'El amanecer podrido' GALAXIA GUTENBERG

Más que un demérito del novelista vasco, inevitable (breve) hijo de su propio siglo, la extrañeza que ahora pudiera provocar Tiempo de silencio para algunos lectores contemporáneos procede del empobrecimiento y la incomprensión (colosal) de las posibilidades artísticas del hecho literario. Martín-Santos, en el contexto actual, poblado de novelas planas, autoconfesionales y epidérmicas, sin duda puede parecer una pieza de arqueología literaria, pero siempre será más instructivo contemplar, incluso en su ambición imperfecta, una ruina gloriosa que distraerse con el vuelo rasante de tantos diletantes. 

Es esta combinación entre un lenguaje inesperado, personalísimo, en ocasiones alambicado, y el retrato en crudo de la España de la última sangre, llena de incienso y misas, hambre y miseria, crueldad y manicomios, lo que explica que este libro extraño haya perdurado (como referencia) al curso de las décadas, y que merezca leerse no tanto como un clásico –esas obras que alumbran el presente desde la eterna sabiduría pasado– cuanto como el aguafuerte de un país donde el tribalismo sigue lastrando muchas trayectorias individuales.

Luis Martín Santos

Luis Martín Santos

Habrá quien crea, en un ejercicio de ingenuidad satisfecha, pero engañoso, que esa España queda muy lejos. No es así, aunque el paisaje y buena parte del paisanaje sean hoy diferentes. No es la objetividad, la exactitud o la fidelidad a un tiempo o a una idea lo que hace diferente a una obra literaria. En muchos casos la distinción entre lo extraordinario y lo corriente es la capacidad de condensar a través de la subjetividad –presente aquí en la voz narrativa– el marasmo de una época.

La España de la primera posguerra fue el epítome de la vulgaridad, pero con estos ingredientes tan romos y pedestres, Martín-Santos desacralizó los mitos de su tiempo y contribuyó a que los lectores de su época descubrieran una perspectiva distinta de su misma tragedia íntima. Si su novela les ayudó a comprender la inmensa celada que es la vida, el novelista vasco merece un respeto y, probablemente, algo más que un aplauso.