'Mujer leyendo un libro' (1628) / GERAD DOU

'Mujer leyendo un libro' (1628) / GERAD DOU

Letras

Grandes lectores, mejores personas

En la naturaleza totémica del libro pesa mucho su condición de soporte del conocimiento y una aureola de superioridad, debida a la perfección del objeto, que linda casi con lo religioso

9 enero, 2023 19:30

Un gran lector no es necesariamente quien acumula libros, pues la bibliofilia puede caer en un coleccionismo de piezas muertas. Lo sabe Andrés Trapiello, que cuando comenzó a adquirir libros viejos no lo hizo por ningún afán de veneración al papel antiguo sino porque esos libros no se podían encontrar entonces en otras ediciones. Por el contrario, hay personas para las que reunir libros de determinado tema tiene más que ver con la cacería (a veces de pieles que encuadernan, despojadas de sus cuerpos) que con la presa en sí, su contenido. Pero los libros dan prestancia, y aunque sus propietarios sean poco lectores, adornan y prestigian salones y bibliotecas a veces espurias, como la compuesta por libros de atrezzo, lomos sin páginas que cubren las paredes de algún hotel muy frecuentado por escritores porque ahí reúnen las editoriales a la prensa para el trámite de las entrevistas de sus más destacadas novedades.

Hay, efectivamente, una fotogenia en los libros, el reconocimiento de que hay algo sexy en ellos hasta el punto de que uno de los sueños más extendidos entre quienes no entienden apenas del comercio de libros sea poner una librería al tiempo que ponen la proa de su economía, la real o la del cuento de la lechera, proa al desastre de ese iceberg llamado realidad. Para sexy, Marilyn Monroe leyendo un ejemplar de Ulises, aunque sabemos que esa instantánea no respondía a posado alguno. Realmente, la actriz sentía interés por el libro, y reunió una discreta biblioteca de aproximadamente cuatrocientos ejemplares, entre los que no faltaba García Lorca. A sus ojos, la lectura y el saber resultaban atractivos, y serían la literatura y la sapiencia las cosas que seguramente hicieron que admirara a Arthur Miller (en una mujer inteligente pesa más, al enamorarse, la admiración que las prendas físicas).

MARYLYN

En esa condición totémica del libro (no me atrevería a decir que fálica, porque también abre las piernas), tiene sin duda un peso importante el conocimiento, la aureola de superioridad que linda casi con lo religioso (la Biblia significa, eso, libro), pero además viene a consagrar la perfección del objeto en papel que es soporte de lo escrito. Ya sea en volúmenes sobrios pero proporcionados, ya en ejemplares de bolsillo con cubiertas llamativas, los libros guiñan, requiebran, interpelan. Llévame, te dicen, y si no siempre dan lo que prometen infaliblemente espolean la curiosidad.

A lo largo de la historia ha habido señaladas figuras que han hecho girar su vida alrededor de los libros. Casi siempre los conocemos porque también han desarrollado labores en algún ámbito en el que han destacado, no pocas veces escribiendo ellos mismos, pero también está la nada desdeñable legión de quienes únicamente leen sin que escribir sea su corolario. Van quedando pocos, porque el prestigio de la escritura ha ido ganando terreno al de la mera lectura y, precisamente por ello, ha surgido un submundo editorial que tiene su razón de ser no en lo que abonan los compradores de los libros al pasar por caja, sino aquellos que quieren ver sus creaciones, buenas o malas, en formato libro, y pagan por esa satisfacción.

Retrato de Francisco de Quevedo

Retrato de Francisco de Quevedo

Una de las mejores páginas sobre la lectura es la de Quevedo en su célebre soneto en el que habla de “pocos pero doctos libros juntos”, donde logra esa cumbre de la paradoja, por otra parte absolutamente real, de aseverar que “Vivo en conversación con los difuntos, / Y escucho con mis ojos a los muertos”. Eso proporciona la lectura. Montaigne se retiró también, más que Quevedo, a la biblioteca de su castillo (la famosa torre). Uno de sus ensayos se intitula precisamente De los libros, y allí delimita el ámbito de su interés, más bien inclinado hacia lo práctico: “Solo busco en los libros el gusto que me proporcione un honrado entretenimiento; o, si estudio, solo busco la ciencia que trate del conocimiento de mí mismo y que me instruya en un bien morir y un bien vivir “ (la traducción es de María Teresa Gallego).  

En su ensayo, Montaigne declara su costumbre de anotar los libros leídos, consignando la fecha de finalización y el juicio merecido. Lo de anotar presenta muchas variantes, desde el lector que no traza un solo signo a quien asaetea las hojas con subrayados y exclamaciones. Una desopilante propuesta de Flann O’Brien fue la de un servicio de simular lecturas para quienes no tenían tiempo y deseaban darse pisto, no ya con la mera exhibición de los tomos de su biblioteca, sino también con la apariencia de que habían leído lo que en realidad nunca hicieran. Según lo que el cliente estuviera dispuesto a desembolsar, el profesional se limitaba a doblar unas cuantas esquinas de hojas, a modo de hitos en la lectura a falta de separador, o intercalaba comentarios muy personalizados.

Poesía completa, Jorge Luis Borges

Borges dejaba para la última página en blanco las microscópicas anotaciones, y a cada una de ellas anteponía el número de página a la que se refería. En la sede de su Fundación en la calle Anchorena de Buenos Aires se podía ver desplegado este sistema. El argentino fue por otra parte comentarista pródigo en prólogos y reincidente en reseñas. Complementaria de esta actividad glosadora es la frase, toda una declaración de principios: “Que otros se jacten de las páginas que han escrito: yo me enorgullezco por lo que he leído”.

La lectura tiene divulgadores que gozan del favor del público. No basta para ello la erudición, tiene que haber además una capacidad de conectar. Si siempre han vendido bien los libros sobre la lectura de Alberto Manguel, discípulo de Borges y con algo de Montaigne, pues fue poseedor durante un tiempo de una biblioteca de 40.000 volúmenes en una antigua rectoría francesa, el fenómenos de los últimos años ha sido Irene Vallejo, quien con El infinito en un junco ha logrado contagiar entusiasmo por la transmisión de la letra escrita.

Retrato anónimo de Michel de Montaigne (1570)

Retrato anónimo de Michel de Montaigne (1570)

Dos grandes lectores también de la estirpe de Borges son Luis Alberto de Cuenca y Fernando Savater, para los que la lectura ha sido siempre motor de sus vidas. De Cuenca, quien fuera director de la Biblioteca Nacional (como los argentinos Borges y Manguel), reúne no solo muchos volúmenes en sus anaqueles; también, virtudes que lo hacen sabio, además de en conocimientos, en aquello por lo que ha de regirse la vida, especialmente en la virtud de la amistad. Suyos son estos versos: “Qué sería de mí sin vosotros, / tiranos y, a la vez, embajadores, / de la imaginación, / verdugos del deseo / y, al mismo tiempo, mensajeros suyos, / libros llenos de cosas deplorables / y de cosas sublimes, / a los que odiar / o por los que morir”.

Savater, como él, es espejo de muchos y ejemplo moral, pero sin estiramiento alguno. Haber leído muchas obras de filosofía y ética le ha servido, entre otras cosas, para plantar cara a la monstruosidad de ETA y la ideología que la sustentó. Ninguno de ambos amantes de los libros los tiene vanamente sacralizados: en sus baldas hay también muñecos, soldados, recuerdos de la infancia. Los había también en las estanterías de Javier Marías, a quien tanto le placía leer que incluso creó una pequeña editorial para poner al alcance de otros algunos de los que a él le gustaban.

Sor Juana Inés de la Cruz / MIGUEL CABRERA

Sor Juana Inés de la Cruz / MIGUEL CABRERA

Los lectores entusiastas son altruistas; quieren compartir con otros los hallazgos de libros ajenos sin caer en el tostón en el que incurren casi todos los que pregonan los suyos. Samuel Johnson, una de las lenguas más afiladas de Inglaterra, a juego con su menos aguda inteligencia, alertó: “Jamás deseo conversar con alguien que haya escrito más de lo que ha leído”. El problema está en aquellos con los que no querría estar, mente preclara, el doctor Johnson. Mario Vargas Llosa dijo en su discurso de recepción del Premio Nobel, titulado Elogio de la lectura, que aprender a leer es lo más importante que le ha pasado en la vida. Y ante el rey de Suecia aún se acordó del hermano Justiniano, en el colegio de La Salle, en Cochabamba (Bolivia). Proseguía el autor de La verdad de las mentiras contando que los primeros textos que escribió fueron continuaciones de las historias que leía, para no acabaran o tuvieran otro final. Fue luego, asistiendo al colegio militar que se refleja en La ciudad y los perros, donde la lectura fue su refugio.

También ha habido grandes lectoras, y en grado superior al de lectores hombres si hablamos de quienes no escriben al mismo tiempo. Quién ignora que las mujeres son mayoría en los clubes de lectura. Por otra parte, muchas mujeres hallaron en los conventos islas de paz en las que poder leer y dedicarse al estudio sin caer en la servidumbre de matrimonios tantas veces impuestos. Sor Juana Inés de la Cruz es un ejemplo. Hombres o mujeres, lo importante es esa comunidad de lectores que da razón de ser a los libros. A menudo nos referimos a Fahrenheit 451 para señalar la persecución de la letra impresa. No olvidemos que en la novela de Bradbury están también esos lectores que, memorizándolos, se conjuran para salvar los textos.