Rafael Villalobos / @JAIMEPHOTO

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Letras

Rafael R. Villalobos: “Ser periférico es estupendo. Somos creativos, menos rígidos e impredecibles"

El director y escenógrafo, premio europeo de ópera, que ha estrenado en el Teatro Real y en Bruselas en una coproducción con el Liceo, reflexiona sobre las artes escénicas

26 julio, 2021 00:10

“Cuídate de la furia del manso”, dice un proverbio que pasa por ser bíblico. Y habría que añadir: “También del descaro de los tímidos”. Rafael Villalobos llega en la entrevista vestido de negro –y cuero– mientras confiesa que le teme a las fotos y no se encuentra muy guapo [está radiante]. Con la sonrisa de un niño al que su madre obliga a saludar a las visitas. Esa tarde vuela a Bruselas, capital de las artes escénicas, donde está preparando una Tosca. Después de estrenar en el Teatro Real en Madrid presentó en Sevilla la versión femenina –o feminista– del Woyzeck de  Büchner, en versión de por Lola Blasco. Villalobos ha intervenido en la dirección y la escenografía.

Nacido en 1987, estudió arquitectura, tragó saliva y le dijo a sus padres que lo dejaba todo, al mismo tiempo, que era homosexual. Tiene premios que algunos tardan media vida en conseguir, si es que lo consiguen. Aquella doble salida del armario provocó la advertencia paterna: “A ver dónde te metes porque sólo los mejores lo consiguen”. Y se aplicó el cuento. En su currículo figuran galardones apabullantes con el doble de su edad. El último de sus premios es el Princesa de Girona. La conversación transcurre exactamente como si, efectivamente, Villalobos llevara la batuta con los intermedios, paréntesis y apostillas, que va intercalando en tono alto, algo así como en clave de sol. 

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–¿Puede enseñarme el tatuaje de Benjamin Britten [compositor británico] o es una leyenda urbana?

–Por supuesto, está en la pierna izquierda. (Aquí empieza su primer despelote expansivo: se sube las perneras del pantalón, se levanta la  camisa, se remanga). No sé por qué me lo hice precisamente ahí, pero sí las razones por las que me lo hice. Para mí Britten significa muchísimas cosas profesionales y personales. Él y su pareja –el tenor Peter Pears– son esos tíos mariquitas que nunca tuve, mis padrinos en todos los sentidos. (Cuenta que en su casa no había tradición musical ni homosexual, que se sepa, y que su encuentro con la ópera fue porque un tío lo llevo a ver Turandot, una epifanía en toda regla). Yo les había seguido mucho, a los dos. Cuando gane el Premio Europeo de dirección de ópera, en 2013, con 27 años y sin experiencia, me dieron la oportunidad de dirigir una obra suya. Al volver a España tatué su silueta, el logo de su centenario. Dirigí su Noye´s Fludde y me hice íntimo del director de la Fundación. Fue muy brutal. La gente piensa que es mi padre. Me hace gracia tenerlo en la pierna: el pobre debe estar incomodísimo con el trajín que le doy. Y tengo a Lorca. Y a Isolda.

–Eso se llama llevar la cultura en la piel.

–El de Lorca me lo hice para celebrar mi treinta cumpleaños. Es la firma de la carta que Federico le manda a su padre cuando él le pide que vuelva y que deje de hacer el tonto en Madrid con sus amigachos. Leí esa carta con quince años, me la sé de memoria: “He nacido poeta y artista como el que nace cojo, o ciego, o guapo”. Le pide que le dé alas para volar. Esa carta, años después, me dio fuerzas para hacer lo mismo.

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–¿Le dijo a sus padres de una vez que dejaba arquitectura y que era gay?

–No, bueno, casi. Lo de la homosexualidad fue muy natural. Se lo dije a mi madre en una conversación muy normal, aunque ella tampoco es que aplauda mucho...Lo de dejar arquitectura sí fue traumático, y no solo por ellos. Yo pasaba una época muy oscura (Aprovecha para contar que tiene una memoria obsesiva, que lo recuerda todo al milímetro y pone como ejemplo que la tarde anterior, trabajando Tosca con su asistente intentaron localizar una referencia en una biografía de Puccini que había leído con doce años: llamó a  su madre y le dijo el sitio exacto donde estaba el libro y la página). De esa época no recuerdo nada. Tenía una depresión, estaba asumiendo que era homo o bi o que podía enamorarme de un hombre. No quería seguir estudiando a pesar del prestigio de la carrera y que no se me daba mal. Y solté la bomba. Mi padre me dijo que a las artes escénicas sólo se podían dedicar los mejores y le pedí que me dejara probar. Me presenté a las pruebas de la Escuela de Arte Dramático de Madrid y saqué el número uno. Ahí mi padre se tragó todo, claro. 

–Creo que presentó un proyecto sobre la obra Roberto Zucco de Koltés, la historia real de un asesino en serie. Empezó fuertecito.

–¡Ay, había sido tan infeliz! Pero ese era mi camino. De todas maneras, reconozco que la arquitectura me dio muchas herramientas y un sentido práctico, racional. Escogí escenografía y dirección por esa visión general, espacial, tan propia de la arquitectura. Pero dejarla fue la mejor decisión de mi vida. Yo estaba desquiciado y tenía una corrección de proyecto con un profesor que admiraba. Me estaba poniendo nervioso porque era tarde y quería ir a un concierto de María Cristina Kierh, la soprano argentina, y tardaba en atenderme. Me fui, aunque me dijo que suspendería. Cuando lo volví a ver, avergonzado por el numerito, me preguntó si me alegraba del precio que había pagado y le dije que sí. Entonces me dijo que hacía bien y que me preguntara qué puñetas hacía en la Escuela. Años después le reconocí que había sido un alumno capullo y me confesó que se alegraba de haberme dado el empujón. Mis padres se sintieron orgullosos, claro, aunque yo creo que han pasado de fascinarse porque haga estas cosas a preocuparse por las cosas que hago.

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Villalobos, junto a Mercedes de Pablos, durante la entrevista con Letra Global / JAIMEPHOTO

–Más que carrera lo suyo es una estampida. Son impresionantes los premios que ha tenido y tiene. No le alcanza ni la Wikipedia.

–Es verdad, fíjese que hasta en la pandemia no he parado. De hecho, para mí el confinamiento ha sido como abrir una botella de champán, una explosión muy creativa. No quiero frivolizar, esto ha sido y es muy duro para todos, pero personalmente he tenido suerte. En un momento tan malo he tenido la fortuna de estar en el sitio adecuado en el momento preciso. El director de La Monnaie (La Moneda de Bruselas, por donde han pasado talentos como Bejart o Mortieu), Peter de Caluwe, me encargó una Tosca, una coproducción en la que está también el Liceo de Barcelona, después de haber quedado finalista de un concurso. Les gusté, nos conocimos, me llevaron a cenar con directores de Berlín y Montpellier. En plena crisis mundial uno de los mejores teatros del mundo me pide Tosca. Es alucinante.

–Y antes de esta Tosca ha hecho Così Fan Tutte y Marie, una versión de Woyzeck. Tiene 33 años. Igual debería escribir un diario. Su ritmo es frenético.

–Tal vez debería, pero no lo he hecho nunca. Ni en los momentos de vértigo, cuando me fui a Madrid, Barcelona, Londres o Roma. Tengo buena memoria. Eso es magnífico menos por el rencor. Soy un poco rencoroso y no me gusta nada.

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–¿Rencor de vengarse o rencor de reconcomerse?

–Un rencor nada práctico, de comerme la cabeza. Vengativo no soy, más bien tiendo a sufrir. Me pasa igual con los celos, que es algo que estoy trabajando mucho con mi terapeuta. Estoy descubriendo un punto de no posesión. Un novio que tuve decía que la envidia y los celos son los únicos pecados que no se disfrutan. Envidia no he tenido nunca, pero los celos me están sirviendo para proyectarlos en escena. En la creación todo sirve. Muy especialmente, el abismo. Me interesa mucho. Hablaba el otro día con Hugo Fontela (pintor asturiano, otro joven prodigio que vive en Manhattan) de la diferencia en cómo concebimos el arte, por nuestro carácter y por nuestras disciplinas. Para él crear es algo súper íntimo, solitario; para mí es un hecho colectivo. La dirección, la escenografía o el vestuario dependen de un trabajo en equipo y eso me encanta. Me pone las pilas y, al mismo tiempo, me para los pies. Y, a diferencia de la pintura, por ejemplo, no permanece, es un arte efímero. Por eso amo el sentido esencial del barroco. Mi lugar en el mundo son los ensayos, incluso más que las representaciones. Adoro ese momento colectivo lleno de tensión previa, de preparación, de cambio. Son la mejor terapia de grupo del mundo.

–Habla del barroco, pero en Cosí Fan Tutte deja a dos de los cantantes en calzonas.

–A ver…se trata de una ópera bufa, humorística. Intento aplicar el humor con los recursos y la estética actuales, pero no busco la provocación sino la belleza. Con Tosca quiero captar el espíritu de Caravaggio. Una de las cosas más importantes que aprendí en Roma (donde estuvo becado por la Real Academia de España) es que la belleza no tiene un único registro, que se trata de crear una imagen hipnótica. La belleza es el puente perfecto para hablar de lo que nos aterra. Esa idea la plasmé en el Orfeo y Eurídice (ópera de Gluck que dirigió en 2019) que me encargó el teatro Villa Marta de Jerez. Me inspiré en El Amour de Haneke (Palma de Oro en Cannes 2012).

–Haneke es intenso ¿no?

–Me gustan los directores que se arriesgan. Tal vez lo que yo sí tengo distinto es el sentido del humor. Procuro rebajar el drama con cierto sentido de la burla, que también está en los clásicos. Me encanta el humor negro. El ser humano es tan complicado que no hay más remedio que tomarlo a broma; macabra incluso. Es la única manera de abordar mi obsesión fundamental: lo cerca que estamos del Mal. Cualquiera de nosotros. El tipo más normal. 

–¿El Mal a palo seco?

–Sí, el Mal. Mo es atributo de psicópatas raros o criminales en serie. Mire, en Roma me pasó de todo, bueno y malo. Y una cosa muy bestia. Un amigo, una persona conocida, próxima, de mi grupo, asesinó a otra. Tres homosexuales tienen un lío una noche de farra y uno termina matando a otro. Esa misma noche, yo había hecho también un trío y me había pasado mucho, ya me entiende. Al día siguiente me entero del asesinato. Me removió entero. Un asesino puede ser alguien como nosotros, uno de los nuestros. El Mal está ahí. Yo estaba haciendo Roma es amor al revés (una adaptación de Calderón de la Barca) y estaba trabajando el concepto de amor de San Agustín y la idea de gracia, de la virtud, de la fe como regalo de dios.

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–¿Es creyente?

–No, pero entiendo y envidio la idea de Dios. Ahora estoy empapándome de Pasolini para Tosca. Es deslumbrante en todos los sentidos, y estaba interesado en la escolástica. Se definía como un no creyente con unas ganas locas de creer. El Mal es la tentación de ser Dios y tener en tu mano la vida del otro. No crea que el crimen del que le ha hablado fue una ida de olla o por cosa de drogas. Fue planificado. No es tan difícil caer en la tentación de atravesar esa línea entre el Bien y el Mal. Por eso me gusta Haneke. Yo jamás justifico el Mal pero trato de entenderlo. Y algo que está muy relacionado con todo esto, la idea del libre albedrío. Otra de mis obsesiones. 

–Cuando estrenó Hansel y Gretel en Hungría (mirada ni infantil ni edulcorada, por cierto) dijo que había querido hacer una obra rotundamente política.

–Completamente, y más en aquel país y en aquel momento de 2017. Fue un escándalo deliberado y buscado. Y para eso la ópera es perfecta: es la heredera directa de la tragedia clásica. A mí me interesa mucho la política, tanto como historia del pensamiento como la política concreta. Toda. La europea, la nacional, la local. Y no es que me atraiga por gusto, es que creo que es mi obligación como ciudadano. No soporto a los que se desentienden. Tú no puedes ser ajeno a la sociedad en la que vives. Para mí la mayor decepción en unas elecciones es la abstención. Se me cae el alma a los pies. 

–En los últimos debates electorales la cultura no ocupó ni un minuto.

–Ya. No me gustó que cesaran a José Guirao, uno de los pocos ministros de Cultura que era del gremio y conoce la gestión cultural.  Pero tengo que decir, a favor del Gobierno español, que hemos sido uno de los pocos países que ha mantenido teatros y salas abiertos durante la pandemia, con prudencia y seguridad. Se ha dado una enorme lección tanto por parte de las instituciones como de los profesionales. Hemos sabido mantener viva la cultura, que es segura. Todo puede mejorarse, pero tengo que decir que mis colegas extranjeros nos envidian

–Recibió encantado el premio Princesa de Girona. ¿No sintió ninguna contradicción?¿Tuvo alguna preferencia a la hora de hacerse la foto? 

–Contradicción, ninguna. Es un Premio del Estado y me sentí muy honrado. Otra cosa son mis ideas. Y lo de la foto…¡Ay que berenjenal! Pero voy a decirle una cosa: me gusta mucho la Reina Letizia. He coincidido con ella y siempre me ha demostrado que se prepara los actos, se informa y –algo que yo valoro– que tiene una enorme curiosidad. No es impostada o protocolaria. Le interesan las cosas y lo demuestra.

–Con Tosca irá al Liceo ¿Tiene buen recuerdo de sus años de Barcelona?

–Muchos y buenos. Allí hice mi trabajo de master sobre Sellars y Mortier y me dieron la nota más alta. Aprendí mucho. Yo soy europolita. Y me siento periférico, que es algo estupendo. Somos más creativos, menos rígidos, más impredecibles. 

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–Dígame una diva. 

–María Bayo. He tenido la enorme fortuna de trabajar con ella. Es la Britney Spears de mi adolescencia. 

–¿Es feminista?

–Uy, eso es lo que creo. Me encanta trabajar con mujeres, pero no me engaño: soy el típico gay blanco occidental que sigue estando en el grupo de los muy privilegiados.

–¿Es feliz?

–No, pero estoy aprendiendo. La felicidad no es la alegría permanente o la seguridad absoluta. Es la serenidad y estoy trabajando para construirla.