Luis Martín-Santos: 'Tiempo de silencio', tiempo de teatro

Luis Martín-Santos: 'Tiempo de silencio', tiempo de teatro

Letras

'Tiempo de silencio', tiempo de teatro

El Teatro La Abadía de Madrid lleva al escenario con extraordinario ritmo dramático y potencia literaria la gran novela sobre la posguerra de Martín-Santos

30 mayo, 2018 00:00

Fue el escritor y psiquiatra Luis Martín-Santos quien le puso origen al tifón de lo nuevo en las letras españolas a comienzos de los años sesenta del siglo pasado. “Tu novela es sensacional. Y además va a caer como una bomba en medio del panorama uniforme del joven realismo patrio”, vaticinó Carlos Barral al anunciarle la inminente publicación de Tiempo de silencio, un libro fundacional en esa expedición. Porque había allí un espíritu de lo nuevo, de lo distinto, de lo experimental sin desvaríos. Hablamos de ese momento de excitación en que todas las fórmulas de la literatura se podían refundar. O se debían reinventar, más bien. O, al menos, poner bajo sospecha.

Por entonces, Martín-Santos, nacido en 1924 en la ciudad marroquí de Larache, donde estaba destinado su padre, médico militar, se aupó hasta situarse en la primera línea de combate de una narrativa que buscaba la forma de decir el mundo de otro modo. Era su modo de construir un territorio personalísimo que tomaba impulso en el viento garduño de la picaresca y en las escenas furiosas de Valle-Inclán. Todo armado, claro, alrededor del cinturón de dinamita de Proust, Joyce y Faulkner como vía de escape para tomarle medidas a un momento español en el que la mediocridad, el extravío y la hambruna cultural animaban a un nuevo orden anímico. 

 “¿Qué fines busca al escribir”, le preguntó la hispanista Janet Winecoff. “Modificar la realidad española. También divertirme yo”, aseguró Martín-Santos al poco de anclar su nombre en el mapa de la literatura. Con Tiempo de silencio hizo del idioma palabra bella y violenta. Pero a la vez se configuró como un personaje insólito dotado del antibiótico contra la formalidad. Licenciado en Medicina con premio extraordinario, estudió en Alemania y realizó su tesis con Laín Entralgo. También se aventuró por el lado de la política enganchándose al PSOE de la mano de Antonio Amat. Hay quien dice que hubiera llegado a la dirección del partido si no se estrella con su coche en 1964. 

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Representación de la versión teatral de ‘Tiempo de Silencio’, en  la Abadía de Madrid / SERGIO PARRA / TEATRO DE LA ABADÍA

“Él pasó por la vida como un relámpago: irrumpió, deslumbró y desapareció”, ha asegurado José Lázaro, quien le dedicó la biografía Vidas y muertes de Luis Martín-Santos (Premio Comillas, Tusquets, 2009). “La España franquista era una mezcla de guardería y cuartel: un hombre lúcido y maduro –como él era- sólo podía sentir indignación al ser tratado como un niño o un recluta” asegura sobre Martín-Santos, autor que arrastró adhesiones -Juan Goytisolo, Vargas Llosa, Gil de Biedma y Carmen Martín Gaite-, pero también desprecios, como el de su íntimo amigo Juan Benet, quien despachó lo suyo como “costumbrismo puro, a lo Mesonero Romanos”.

Aquellas páginas revolucionaron la novela española. Rotundamente. Claro que había entonces más autores dispuestos a olfatear novedades, pero fue la publicación de Tiempo de silencio la que reventó en 1962 las costuras de la literatura de posguerra. Era la primera narración capaz de deshacerse de las hipotecas en la intención política y los efectos renovadores fueron inmediatamente alabados y absorbidos: el monólogo interior, el uso de la segunda persona, las perspectivas múltiples, el lenguaje extremado… La narración objetivista y transparente había quedado atrás; llegaba al lector la fábula tupida y barroca. Él lo denominó realismo dialéctico, con toda su carga explosiva. 

Ahora, esa poderosa novela gana otros aires con la versión teatral que de ella propone hasta el 3 de junio el Teatro de la Abadía de Madrid como última etapa de un ciclo dramático sobre la memoria histórica. “Esta obra no es política, pero sí habla de política, de las vidas en aquella España de entonces”, ha explicado el académico José Luis Gómez, quien está a los mandos del espacio escénico madrileño. La propuesta tiene algo de enorme desafío, de aventura monumental. Porque detrás de sus palabras afiladas todos son sombras, como demostró la fallida adaptación cinematográfica de Vicente Aranda (1986), con Imanol Arias y Victoria Abril en los papeles principales.     

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El actor Sergio Adillo, en el papel de don Pedro, protagonista de la novela de Martín-Santos / SERGIO PARRA / TEATRO DE LA ABADÍA

La tarea ha recaído en el dramaturgo suizo-alemán Rafael Sánchez y en el autor austríaco Eberhard Petschinka. Ambos han ajustado al escenario con precisión el hondón del drama que se aloja en ese puñado de folios de Martín-Santos. Y lo han hecho sin restarle complejidad y potencia literaria, que ya es mérito. La versión de Petschinka sabe rescatar los conflictos que recorren la obra y consigue integrar con fluidez los monólogos interiores en las escenas dialogadas. Rafael Sánchez, en su puesta en escena –un muro, una medianera sucia entre edificios apenas-, elimina cualquier distracción para darle todo el protagonismo a los cuerpos y a las voces.  

“Es un texto muy complejo para llevar a escena, la adaptación más complicada que he hecho. Pero me entusiasmó cómo Martín-Santos muestra la lucha de los distintos personajes por la supervivencia y cómo si al individuo le dejan solo, no es capaz de sobrevivir, cómo la sociedad abandona a aquellos que quieren cumplir sus sueños. El sistema político de entonces nunca se ocupó ni del individuo ni de la sociedad, solo se centró en la supervivencia de ese mismo sistema”, ha explicado Sánchez, quien entendió pronto el derrape ideológico de una obra que iba a ser la primera entrega de una trilogía titulada La destrucción de la España sagrada, con continuidad en la inconclusa Tiempo de destrucción, que editó Seix Barral en 1975. 

A partir de ahí, siete actores, cuatro hombres y tres mujeres (Sergio Adillo, Lola Casamayor, Julio Cortázar, Roberto Mori, Lidia Otón, Fernando Soto y Carmen Valverde), que son a la vez narradores y personajes, que van entrando y saliendo durante dos horas en un ágil juego dramatúrgico sin cambios de vestuario y ningún elemento sobre la escena. Son los intérpretes los que conducen la narración de esta historia de marginalidad y sordidez centrada en don Pedro, un médico que se queda sin ratones para proseguir sus experimentos y sale a la búsqueda de nuevos ejemplares en los barrios de chabolas de Madrid. Porque hay condenas que pueden ser contadas sin época. “Aquí estoy. No sé para qué pienso…”.